
Por Robert Graves
PROMETEO y PANDORA
Prometeo,
el creador de la humanidad, que algunos incluyen entre los Titanes, era hijo o
bien del Titán, Eurimedonte, o bien de Jápeto y de la ninfa Clímene; y sus
hermanos fueron Epimeteo, Atlante y Menecio.
Atlante
y Menecio se unieron a Crono y a los Titanes en su guerra infructuosa contra
los dioses olímpicos. Zeus mató a Menecio con un rayo, pero perdonó a Atlante,
a quien condenó a soportar el peso de los cielos sobre sus espaldas para toda
la eternidad.
Atlante
era, el padre de las Pléyades, de las Híades, y de las Hespérides; y ha sostenido
los cielos desde entonces, excepto cuando Heracles lo relevó temporalmente en
la tarea. Algunos dicen que Perseo petrificó a Atlante, convirtiéndole en el
monte Atlas, cuando le enseñó la cabeza de la Gorgona.
Prometeo,
que era más sensato que Atlante, previó el resultado de la rebelión contra
Crono, y por lo tanto prefirió luchar del lado de Zeus, persuadiendo a Epimeteo
a hacer lo mismo. Desde luego, era el más sabio de su raza, y Atenea le enseñó
arquitectura, astronomía, matemáticas, navegación, medicina, metalurgia y otras
artes útiles, que él transmitió a la humanidad. Pero Zeus, que había decidido
extirpar a toda la raza humana, y sólo la perdonaba debido a la insistente
petición de Prometeo, empezó a enfadarse por sus crecientes poderes y talentos.
Un
día en que tuvo lugar una disputa en Sición sobre cuáles de las porciones de -
un toro sacrificado había que ofrecer a los dioses, y cuáles había que reservar
para los hombres, Prometeo fue elegido para actuar como árbitro. Para ello
desolló y descuartizó un toro, y cosió su pellejo para formar dos bolsas
abiertas, que luego llenó con lo que había cortado. Una bolsa contenía toda la
carne, pero ésta estaba oculta debajo del estómago, y la otra contenía los
huesos, ocultos bajo una buena capa de grasa. Cuando le dio a Zeus a elegir
entre ambas, Zeus eligió la bolsa que contenía los huesos y la grasa (todavía
considerada como la porción divina) pero castigó a Prometeo negándose a
entregar el fuego a la humanidad.
Prometeo
se dirigió inmediatamente a Atenea, rogándole que le permitiera entrar clandestinamente
en el Olimpo, cosa que ella le otorgó. A su llegada, encendió una antorcha con-
el carro de fuego del Sol y seguidamente partió un trozo de carbón candente,
que metió en el hueco formado por la médula de una gigantesca rama de hinojo.
Luego, después de apagar su antorcha, salió sigilosamente de allí, sin ser
descubierto, y entregó el fuego a la humanidad.
Zeus
juró que se vengaría. Ordenó a Hefesto que fabricara una mujer de barro, y a
los cuatro Vientos que le infundieran aliento, y a todas las diosas que la
adornaran. Esta mujer, llamada Pandora, la más hermosa jamás creada, fue
enviada por Zeus como regalo a Epimeteo, pero Epimeteo, a quien su hermano
había advertido que no aceptara ningún obsequio de Zeus, se excusó
respetuosamente. Más encolerizado que nunca, Zeus mandó encadenar a Prometeo,
desnudo, a un pilar en las montañas Cáucasas, donde un ávido buitre le iba
arrancando trozos del hígado durante todo el día, causándole un dolor que no
tenía fin porque cada noche el hígado volvía a crecer hasta estar nuevamente
entero.
Pero
Zeus excusó su salvajismo haciendo circular un rumor falso: Atenea, dijo, había
invitado a Prometeo al Olimpo para una aventura amorosa secreta.
Epimeteo,
alarmado por la suerte de su hermano, se apresuró a casarse con Pandora, a
quien Zeus había creado tan insensata, traviesa y perezosa como bella.
Al
poco tiempo abrió una jarra que, según Prometeo había advertido a Epimeteo,
debía mantenerse cerrada, y en la cual había encarcelado con dificultad a todos
los Males que podrían plagar a la humanidad, tales como la Vejez, la Fatiga, la Enfermedad, la Demencia, el Vicio y la Pasión. Todos
salieron en una nube, picando a Epimeteo y a Pandora y atacando luego a la raza
de los mortales. No obstante, la engañosa Esperanza, a quien Prometeo también
había encerrado en la jarra, los disuadió con sus mentiras de cometer un
suicidio colectivo.