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30 de Julio, 2007    General

LA FIACA


El Derecho a la pereza

 

Paul Lafargue

 

Prólogo

 

Enel seno de la Comisiónsobre Educación Primaria de 1849, el señor Thiers decía: "Quiero recuperarcon toda su fuerza la influencia del clero, porque cuento con él para propagaresa buena filosofía que enseña al hombre que está aquí para sufrir, y oponerlaa esa otra filosofía que dice al hombre lo contrario: 'Disfruta"'. Elseñor Thiers formulaba así la moral de la clase burguesa, cuyo feroz egoísmo yestrecha inteligencia él encarnaba.

Mientrasluchaba contra la nobleza, sostenida por el clero, la burguesía enarbolaba ellibre examen y el ateísmo; pero, una vez triunfante, cambió de tono y deconducta y hoy pretende apuntalar con la religión su supremacía económica ypolítica. En los siglos XV y XVI, había retornado alegremente la tradiciónpagana y glorificaba la carne y sus pasiones, reprobadas por el cristianismo;en nuestros días, saciada de bienes y de placeres, reniega de las enseñanzas desus pensadores -los Rabelais, los Diderot- y predica la abstinencia a losasalariados. La moral capitalista, lastimosa parodia de la moral cristiana,anatemiza la carne del trabajador; su ideal es reducir al productor al mínimode las necesidades, suprimir sus placeres y sus pasiones y condenado al rol demáquina que produce trabajo sin tregua ni piedad.

Lossocialistas revolucionarios deben recomenzar el combate que han librado en otrotiempo los filósofos y los panfletarios de la burguesía; deben embestir contrala moral y las teorías sociales del capitalismo; deben desterrar de las cabezasde la clase llamada a la acción, los prejuicios sembrados por la clasedominante; deben proclamar, ante los hipócritas de todas las morales, que latierra dejará de ser el valle de

Lágrimasdel trabajador; que, en la sociedad comunista del porvenir, que construiremos"pacíficamente si es posible, y si no violentamente", se dará riendasuelta a las pasiones de los hombres;' y ya que "todas son buenas pornaturaleza, nosotros sólo tenemos que limitamos a evitar su mal uso y su exceso").Estos serán evitados por su mutuo equilibrio, por el desarrollo armónico delorganismo humano, pues, como dice el Dr. Beddoe, "una raza alcanza su másalto punto de energía y de vigor moral en el momento en que alcanza su máximodesarrollo físico". Tal era también la opinión del gran naturalistaCharles Darwin (2).

Larefutación del Derecho al Trabajo, que reedito con algunas notas adicionales,fue publicada en el semanario L'Égalité, segunda serie, 1880.

 

P.LPrisión de Sainte-Pélagie, 1883.

 

 

Undogma desastroso

 

"Seamosperezosos en todas las cosas, excepto al amar y al beber, excepto al ser perezosos".

Lessing

 

Unaextraña locura se ha apoderado de las clases obreras de las naciones donde dominala civilización capitalista. Esta locura trae como resultado las miseriasindividuales y sociales que, desde hace siglos, torturan a la triste humanidad.Esta locura es el amor al trabajo, la pasión moribunda por el trabajo, llevadahasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y de sus hijos. En vezde reaccionar contra esta aberración mental, los curas, los economistas y losmoralistas han sacralizado el trabajo. Hombres ciegos y de escaso talento,quisieron ser más sabios que su dios; hombres débiles y despreciables,quisieron rehabilitar lo que su dios había maldecido. Yo, que no me declarocristiano, economista ni moralista, planteo frente a su juicio, el de su Dios;frente a las predicaciones de su moral religiosa, económica y libre pensadora,las espantosas consecuencias del trabajo en la sociedad capitalista.

Enla sociedad capitalista, el trabajo es la causa de toda degeneraciónintelectual, de toda deformación orgánica. Comparen, por ejemplo, el purasangre de las caballerizas de Rothschild, atendido por una turba de lacayosbimanos, con la tosca bestia de los arrendamientos normandos, que trabaja latierra, recoge el estiércol y cosecha.

observenal noble salvaje que los misioneros del comercio y los comerciantes de la religiónno corrompieron todavía con el cristianismo, la sífilis y el dogma del trabajo,y observen luego a nuestros miserables sirvientes de máquinas (3).

Cuandoen nuestra civilizada Europa se quiere volver a encontrar un rastro de bellezanatural del hombre, debe írsela a buscar a las naciones donde los prejuicioseconómicos todavía no extirparon el odio al trabajo. España, quelamentablemente se está degenerando, puede todavía vanagloriarse de poseermenos fábricas que nosotros prisiones y cuarteles; el artista se regocijaadmirando al atrevido andaluz, moreno como las castañas, derecho y flexiblecomo una vara de acero; y el corazón del hombre se conmueve al oír al mendigo,soberbiamente envuelto en su capa agujereada, tratar de amigo (4) a los duquesde Os una. Para el español, en el que el animal primitivo no está aún atrofiado,el trabajo es la peor de las esclavitudes (5). También los griegos de la épocadorada despreciaban el trabajo: sólo a los esclavos les estaba permitido trabajar,el hombre libre sólo conocía los ejercicios corporales y los juegos de lainteligencia. Era también el tiempo en que se caminaba y se respiraba en unpueblo de hombres como Aristóteles, Fidias, Aristófanes, era el tiempo en elque un puñado de valientes aplastaba en Maratón a las hordas del Asia queAlejandro iba luego a conquistar. Los filósofos de la antigüedad enseñaban eldesprecio al trabajo, esa degradación del hombre libre, los poetas cantaban ala pereza, ese regalo de los dioses:

 

OMelibae, Deus nobis haec otia fecit (6).

 

Cristo,en su sermón de la montaña, predicó la pereza: "Miren cómo crecen loslirios en los campos; ellos no trabajan ni hilan, y sin embargo, yo les digo:Salomón, en toda su gloria, no estuvo nunca tan brillantemente vestido, (7).

Jehová,el dios barbado y huraño, dio a sus adoradores el supremo ejemplo de la perezaideal: después de seis días de trabajo, descansó por toda la eternidad.

Porel contrario, ¿cuáles son las razas para las que el trabajo es una necesidadorgánica? Los auverneses; los escoceses, esos auverneses de las islasbritánicas; los gallegos, esos auverneses de España; los pomeranios, esosauverneses de Alemania; los chinos, esos auverneses del Asia.

Ennuestra sociedad, ¿cuáles son las clases que aman el trabajo por el trabajomismo? Los campesinos propietarios y los pequeños burgueses: unos inclinadossobre sus tierras, los otros apasionados en sus tiendas, se mueven como el topoen su galería subterránea, sin enderezarse jamás para observar a gusto lanaturaleza.

Ysin embargo, el proletariado, la gran clase que abarca a todos los productoresde las naciones civilizadas, la clase que, al emanciparse, emancipará a lahumanidad del trabajo servil y hará del animal humano un ser libre; elproletariado, traicionando sus instintos y olvidando su misión histórica, sedejó pervertir por el dogma del trabajo. Rudo y terrible fue su castigo. Todaslas miserias individuales y sociales nacieron de su pasión por el trabajo.

 

Bendicionesdel trabajo

 

En1770 apareció en Londres un escrito anónimo titulado An Essay on Trade andCommerce, que provocó en la época un cierto alboroto. Su autor, granfilántropo, se indignaba por el hecho de que "a la plebe manufacturera deInglaterra se le había metido en la cabeza la idea fija de que por seringleses, todos los individuos que la componen tienen, por derecho de nacimiento,el privilegio de ser más libres y más independientes que los obreros decualquier, otro país de Europa. Esta idea puede tener su utilidad para lossoldados, dado que estimula su valor; pero cuanto menos estén imbuidos de ellalos obreros de las manufacturas, mejor será, para ellos mismos y para elestado" Los obreros, no deberían jamás considerarse independientes de sussuperiores. Es extremadamente peligroso estimular semejantes caprichos en unestado comercial como el nuestro, donde, quizás, siete octavos de la poblacióntienen poca o ninguna propiedad. La cura no será completa en  tanto que nuestros pobres de la industria nose resignen a trabajar seis horas por la misma suma que ganan ahora encuatro?"

Deesta manera, cerca de un siglo antes de Guizot se predicaba abiertamente en Londresel trabajo como un freno a las nobles pasiones del hombre.

“Cuantomás trabajen mis pueblos, menos vicios habrá”,  escribía Napoleón desde Osterode el 5 de mayode 1807. “Yo soy la autoridad… y estaría dispuesto a ordenar que el domingo,luego de la hora de la misa, las tiendas reabrieran y los obreros volvieran a sutrabajo".

Paraextirpar la pereza y doblegar los sentimientos de arrogancia e independenciaque ella engendra el autor del Essay on Trade... proponía encarcelar a lospobres en las casas de trabajo ideales (ideal workhouses) que se convertirían en“casas de terror donde se haría trabajar catorce horas por día, de tal manera querestando el tiempo de la  comida,quedarían doce horas de trabajo plenas y completas" doce horas de trabajo  por día: he ahí el ideal de los filántropos delsiglo XVIII.

¡Lostalleres modernos se han convertido en casas ideales de corrección donde se encarcelaa las masas obreras donde se condena a trabajos forzados durante doce y catorcehoras, no solamente a los hombres, sino también a las mujeres y a los niños ¡Ypensar que los hijos de los héroes del Terror se dejaron degradar por la religióndel trabajo al punta de aceptar después de 1848, como una conquista revolucionaria,la ley que limitaba a doce horas el trabajo en las fábricas! Proclamaban, como unprincipio revolucionario, el derecho al trabajo. ¡Vergüenza al proletariadofrancés! Sólo los esclavos, hubiesen sido capaces de tal bajeza. Hubieran sidonecesarios veinte años de civilización, capitalista para un griego de lostiempos heroicos para concebir tal envilecimiento.

Ysi las penas del trabajo forzado, si las torturas del  hambre se abatieron sobre el proletariado, enmayor cantidad que las langostas de la Biblia, es él quien las ha llamado.

Estetrabajo, que en junio de 1848 los obreros reclamaban con las armas en la mano,lo impusieron a sus familias; entregaron a sus mujeres y a sus hijos a losbarones de la industria. Con sus propias manos demolieron su hogar; con suspropias manos secaron la leche de sus mujeres; las infelices, embarazadas yamamantando a sus bebés, debieron ir a las minas y a las manufacturas a estirarsu espinazo y fatigar sus músculos; con sus propias manos, quebrantaron la viday el vigor de sus hijos. ¡Vergüenza a los proletarios! ¿Dónde están esascomadres de las que hablan nuestras fábulas y nuestros viejos cuentos, osadasen la conversación, francas al hablar, amantes de la divina botella? ¿Dóndeestán esas mujeres decididas, siempre correteando, siempre cocinando, siemprecantando, siempre sembrando la vida y engendrando la alegría, pariendo sindolor niños sanos y vigorosos? ¡Hoy tenemos niñas y mujeres de fábrica,enfermizas flores de pálidos colores, de sangre sin brillo, con el estómago destruido,con los miembros debilitados! ¡Ellas no conocieron jamás el placer robusto y nosabrían contar gallardamente cómo perdieron su virginidad! ¿Y los niños? Docehoras de trabajo para los niños. ¡Oh, miseria! Pero todos los Jules Simon de la Academia de CienciasMorales y Políticas, todos los Germinys de la jesuitería, no habrían podidoinventar un vicio más embrutecedor para la inteligencia de los niños, más corruptorde sus instintos, más destructor de su organismo, que el trabajo en la atmósferaviciada del taller capitalista.

Nuestraépoca es, dicen, el siglo del trabajo; es en efecto el siglo del dolor, de lamiseria y de la corrupción.

Ysin embargo, los filósofos, los economistas burgueses -desde el penosamenteconfuso Augusto Comte hasta el ridículamente claro Leroy-Beaulieu; los hombresde letras burguesas -desde el charlatanescamente romántico Víctor Hugo hasta elingenuamente grotesco Paul de Kock-, todos han entonado sus cánticosnauseabundos en honor del dios Progreso, el hijo primogénito del Trabajo. Alescucharlos, puede pensarse que la felicidad reinará sobre la tierra: ya sesiente su llegada.

Ellosfueron a indagar en el polvo y la miseria feudales de los siglos pasados para recuperarde la oscuridad las delicias de los tiempos presentes.

¿Noscansaron los bien alimentados, los satisfechos, hasta hace poco todavía miembrosde la servidumbre de grandes señores, y hoy sirvientes literarios de laburguesía, muy bien pagos? ¿Nos cansaron con la rusticidad del retórico La Bruyere? Y bien, he aquíel brillante cuadro de los gozos proletarios en el año del progreso capitalistade 1840, pintado por uno de ellos, el Dr. Villermé, miembro del Instituto, elmismo que, en 1848, formó parte de esa sociedad de sabios (Thiers, Cousin,Passy, Blanqui, el académico, etc.) que propagaba en las masas las tonterías dela economía y de la moral burguesas.

 

I

 

ElDr. Villermé habla de la Alsacia manufacturera, de la Alsacia de Kestner, de Dollfus,la flor y nata de la filantropía y del republicanismo industrial. Pero antes deque el doctor muestre ante nosotros el cuadro de las miserias proletarias,escuchemos a un manufacturero alsaciano, el señor Th. Mieg, de la casa Dollfus, Mieg y Compañía, describiendo la situación del artesano de la antiguaindustria:

"EnMu1house, hace cincuenta años (en 1813, cuando nacía la moderna industriamecánica), los obreros eran todos naturales del territorio, que habitaban laciudad y los pueblos circundantes y que poseían casi todos una casa y a menudoun pequeño campo, (8)

Erala edad de oro del trabajador. Pero, entonces, la industria alsaciana noinundaba el mundo con sus telas de algodón y no enriquecía a sus Dollfus y susKoechlin. Pero veinticinco años después, cuando Villermé visitó a Alsacia, elminotauro moderno -el taller capitalista-, había conquistado la región; en suhambre de trabajo humano, había arrancado a los obreros de sus hogares pararetorcerlos mejor y para exprimir mejor el trabajo que ellos contenían. Losobreros acudían por millares al silbido de la máquina.

"Ungran número", dice Villermé, "cinco mil sobre diecisiete mil, fueronobligados, por la carestía de los alquileres, a alojarse en los pueblosvecinos. Algunos habitaban a dos leguas y cuarto de la manufactura dondetrabajaban.

EnMulhouse, en Dornach, el trabajo comenzaba a las cinco de la mañana y terminabaa las cinco de la tarde, tanto en verano como en invierno [...] Hay que verlosllegar cada mañana a la ciudad y partir cada tarde. Hay entre ellos unamultitud de mujeres pálidas, flacas, caminando descalzas en medio del barro yque, a falta de paraguas, se protegen la cara y el cuello con sus delantales ysus enaguas, volcados sobre la cabeza, tanto si llueve como si nieva; y unnúmero más considerable aún de pequeños niños no menos sucios, no menospálidos, cubiertos de harapos, todos engrasados de aceite de los telares quecae sobre ellos mientras trabajan. Estos últimos, mejor protegidos de la lluviapor la impermeabilidad de sus vestimentas, no tienen en el brazo, como lasmujeres de las que se acaba de hablar, una cesta con las provisiones de lajornada; pero llevan en la mano, o cubren bajo su chaleco o como pueden, elpedazo de pan que debe alimentarlos hasta la hora de su vuelta a casa.

Deesta manera, a la fatiga de una jornada desmesuradamente larga ya que es de porlo menos quince horas-, se suma para estos infelices la fatiga de las idas yvenidas tan frecuentes, tan penosas. El resultado es que a la noche llegan asus casas abrumados por la necesidad de dormir, y que a la mañana salen antesde estar completamente descansados, para encontrarse en el taller a la hora desu apertura".

Veamosahora los cuartuchos donde se amontonaban aquéllos que habitaban en la ciudad:

"Vien Mulhouse, en Dornach y en las casas vecinas, esos miserables alojamientosdonde dos familias se acostaban cada una en un rincón, sobre la paja arrojadasobre el piso y sostenida por dos tablas. Esta miseria en la que viven losobreros de la industria del algodón en el departamento del Alto Rin es tanprofunda que produce este triste resultado: mientras que en las familias de losfabricantes negociantes, fabricantes de paños, directores de fábricas, etc., lamitad de los niños alcanzan los 21 años, esa misma mitad deja de existir antesde cumplir los dos años en las familias de tejedores y de obreros de lashilanderías de algodón".

Refiriéndoseal trabajo en el taller, Villermé agrega: "No es un trabajo, una tarea,sino una tortura, y se la inflige a los niños de seis a ocho años. [u.] Es estelargo suplicio de todos los días el que mina principalmente a los obreros delas hilanderías de algodón". Y a propósito de la duración del trabajo,Villermé observaba que los presidiarios de las mazmorras no trabajaban más quediez horas, los esclavos de las Antillas nueve horas promedio, mientras que en la Francia que había hecho larevolución del '89 y que había proclamado los pomposos Derechos del Hombre,existían manufacturas donde la jornada era de dieciséis horas, sobre las que seotorgaba a los obreros una hora y media para comer. (9)

¡Ohmiserable aborto de los principios revolucionarios de la burguesía! ¡Oh lúgubreregalo de su dios Progreso! Los filántropos aclaman como benefactores de lahumanidad a los que, para enriquecerse holgazaneando, dan su trabajo a lospobres; mejor valdría sembrar la peste o envenenar las fuentes que levantar unafábrica en medio de una población rural. Introduzcan el trabajo fabril, y adiósalegría, salud, libertad; adiós todo lo que hace la vida bella y digna de servivida. (10)

Ylos economistas siguen repitiendo a los obreros: ¡trabajen para aumentar lariqueza social! Y sin embargo un economista, Destut de Tracy, les responde: "Esen las naciones pobres donde el pueblo vive con comodidad; es en las nacionesricas donde es, comúnmente, pobre". Y su discípulo Cherbuliez continúa: "Lostrabajadores mismos, cooperando en la acumulación de capitales productivos,contribuyen al hecho que, tarde o temprano, debe privarlos de una parte de susalario".

Peroaturdidos e idiotizados por sus propios alaridos, los economistas responden:¡Trabajen, trabajen siempre para crear su propio bienestar) Y en nombre de lamansedumbre cristiana, un cura de la iglesia anglicana, el reverendo Townshend,salmodia: Trabajen, trabajen noche y día; trabajando, ustedes hacen crecer sumiseria, y su miseria nos dispensa de imponerles el trabajo por la fuerza de laley. La imposición legal del trabajo" es demasiado penosa, exige demasiadaviolencia y hace demasiado ruido; el hambre, por el contrario, es no sólo unapresión apacible, silenciosa, incesante, sino que, en tanto el móvil másnatural del trabajo y de la industria, provoca también los esfuerzos máspoderosos".

Trabajen,trabajen, proletarios, para aumentar la riqueza social y sus miserias individuales;trabajen, trabajen, para que, volviéndose más pobres, tengan más razones paratrabajar y ser miserables. Tal es la ley inexorable de la produccióncapitalista.

Prestandooído a las falsas palabras de los economistas, los proletarios se han entregadoen cuerpo y alma al vicio del trabajo, precipitando así a toda la sociedad enlas crisis industriales de sobreproducción que convulsionan el organismosocial. Entonces, debido a que hay una plétora de mercancías y escasez decompradores, los talleres se cierran y el hambre azota las poblaciones obrerascon su látigo de mil tiras. Los proletarios, embrutecidos por el dogma deltrabajo, no comprenden que el sobre trabajo que se infligieron en los tiemposde pretendida prosperidad es la causa de su miseria presente; no corren al granerode trigo y gritan: "¡Tenemos hambre y queremos comer! Cierto, no tenemosun centavo pero por más pobres que seamos, sin embargo: Somos nosotros los quesegamos el trigo y recolectamos la uva...". No asedian los almacenes delseñor Bonnet, de Jujuriex, el inventor de los conventos industriales y exclaman:"Señor Bonnet, he aquí a sus obreras ovalistas, torcedoras, hilanderas,tejedoras; tiritan bajo sus telas de algodón, que están tan remendadas que perturbaríanhasta a un judío y sin embargo, son ellas las que hilaron y tejieron losvestidos de seda de las mujerzuelas de toda la cristiandad. Las pobres,trabajando trece horas por día, no tenían tiempo de pensar en acicalarse; hoy, holgazaneany pueden hacer crujir los vestidos que hicieron. Desde que perdieron susdientes de leche, se han dedicado a vuestra riqueza y han vivido en laabstinencia; ahora, tienen tiempo libre y quieren gozar un poco de los frutosde su trabajo. Vamos, señor Bonnet, entregue sus vestidos; el señor Harmelproporcionará sus muselinas, el señor Pouyer-Quertier sus telas de algodón, elseñor Pinet sus botines para sus queridos piececitos fríos y húmedos. Vestidasde pies a cabeza y vivaces, será un placer contemplarlas. Vamos, nada detergiversaciones: ¿usted es amigo de la humanidad, verdad? ¿Y cristiano antesque mercader, no? Ponga entonces a disposición de sus obreras la riqueza queellas le construyeron con la carne de su carne. ¿Usted es amigo del comercio?Facilite la circulación de las mercancías; he aquí a los consumidores todosjuntos; ábrales créditos ilimitados. Usted está obligado a dárselo anegociantes que no conoce, que no le han dado nada, ni siquiera un vaso conagua. Sus obreras cumplirán como puedan: si el día del vencimiento, ellas dejanque protesten su firma, usted las declarará en quiebra, y si ellas no tienennada que pueda ser embargado, usted les exigirá que le paguen con plegarias:ellas lo enviarán al paraíso, mejor que sus "bolsas negras" con sunariz llena de tabaco".

Envez de aprovechar los momentos de crisis para una distribución general de losproductos y una holganza y regocijo universales, los obreros, muertos dehambre, van a golpearse la cabeza contra las puertas del taller. Con rostrospálidos, cuerpos enflaquecidos, con palabras lastimosas, acometen a losfabricantes: "¡Buen señor Chagot, dulce señor Schneider, den nos trabajo;no es el hambre sino la pasión del trabajo lo que nos atormenta!". Y estosmiserables, que apenas tienen la fuerza como para mantenerse en pie, vendendoce y catorce horas de trabajo a un precio dos veces menor que en el momentoen que tenían pan sobre la mesa. Y los filántropos de la industria aprovechanla desocupación para fabricar a mejor precio.

Silas crisis industriales siguen a períodos de sobre trabajo tan fatalmente comola noche al día, arrastrando tras ellas el descanso forzado y la miseria sinsalida, ellas traen también la bancarrota inexorable.

Mientrasel fabricante tiene crédito, da rienda suelta al delirio del trabajo, pidiendomás y más dinero para proporcionar la materia prima a los obreros. Hay queproducir, sin reflexionar que el mercado se abarrota y que, si sus mercancíasno se venden, sus pagarés se vencerán.

Aguijoneado,va a implorar al judío, se arroja a sus pies, le ofrece su sangre, su honor."Una pequeña pieza de oro haría mejor mi negocio", responde elRothschild; "usted tiene 20.000 pares de medias en su tienda; valen veintemonedas de cobre, yo los tomo a cuatro".

Obtenidaslas medias, el judío las vende a seis u ocho monedas de cobre y se embolsa lasinquietas cien monedas de cobre que no le deben nada a nadie: pero elfabricante retrocedió para saltar mejor. Finalmente llega la debacle y lastiendas estallan; se arrojan entonces tantas mercancías por la ventana, que nose sabe cómo entraron por la puerta. El valor de las mercancías destruidas secalcula en centenas de millones; en el siglo XVIII, se las quemaba o se lastiraba al agua. (11)

Peroantes de llegar a esta conclusión, los fabricantes recogen el mundo en busca desalida para las mercancías que se amontonan; obligan a su gobierno a anexar elCongo, a apoderarse de Tonkin, a demoler a cañonazos las murallas de la China, para esparcir allísus telas de algodón. En los siglos pasados, hubo un duelo a muerte entreFrancia e Inglaterra para definir quién tendría el privilegio exclusivo devender en América y en las Indias. Miles de hombres jóvenes y fuertesenrojecieron los mares con su sangre durante las guerras coloniales de lossiglos XVI, XVII y XVIII.

Loscapitales abundan tanto como las mercancías. Los rentistas ya no saben dóndeubicarlos; van entonces a las naciones felices que se tiran al sol a fumarcigarrillos, para construir líneas férreas, levantar fábricas e importar lamaldición del trabajo. Hasta que esta exportación de capitales franceses setermina una mañana por complicaciones diplomáticas; en Egipto, Francia,Inglaterra y Alemania estuvieron a punto de tomarse de los cabellos para sabera qué usureros les pagarían primero; o por las guerras de México, donde seenvía a soldados franceses para hacer el trabajo de alguaciles para cobrar lasdeudas impagas. (12)

Estasmiserias individuales y sociales, por grandes e innumerables que sean, poreternas que parezcan, desaparecerán como las hienas y los chacales ante laproximidad del león, cuando el proletariado diga: "Yo quiero queterminen". Pero para que tome conciencia de su fuerza, el proletariadodebe aplastar con sus pies los prejuicios de la moral cristiana, económica ylibrepensadora; debe retornar a sus instintos naturales, proclamar los Derechosde la Pereza,mil veces más nobles y más s que los tísicos Derechos del Hombre, proclamadospor los abogados metafísicos de la revolución burguesa; que se limite atrabajar no más de tres horas por día, a holgazanear y comer el resto del día yde la noche.

Hastaaquí, mi tarea fue fácil: no tenía más que describir los males reales bienconocidos, lamentablemente, por todos nosotros. Pero convencer al proletariadode que la palabra que se les inoculó es perversa, de que el trabajodesenfrenado al que se entregó desde comienzos del siglo es la calamidad másterrible que jamás ha golpeado a la humanidad, de que el trabajo sólo seconvertirá en un condimento de placer de la pereza, un ejercicio benéfico parael organismo humano, una pasión útil para el organismo social en el momento enque sea sabiamente reglamentado y limitado a un máximo de tres horas por día,es una tarea ardua superior a mis fuerzas; sólo los médicos, los higienistas,los economistas comunistas podrían emprenderla. En las páginas que siguen, melimitaré a demostrar que estando dados los medios de producción modernos y supotencia reproductiva ilimitada, hay que debilitar la pasión extravagante delos obreros por el trabajo y obligarlos a consumir las mercancías que producen.

 

Lasconsecuencias de la sobreproducción

 

Unpoeta griego de la época de Cicerón, Antípatro, celebraba así la invención delmolino de agua (para la molienda del grano), que iba a emancipar a las mujeresesclavas y a recuperar la edad de oro:

"¡Ahorrenla fuerza del brazo que hace girar la piedra del molino, oh molineras, yduerman apaciblemente! ¡Que el gallo les advierta en vano que ya es de día! Daoimpuso a las ninfas el trabajo de las esclavas y miren cómo saltan alegrementeen el callillo y cómo el eje del carro rueda con sus rayos, haciendo girar lapesada piedra rodante. ¡Vivamos la vida de nuestros padres y, ociosos,regocijémonos de los dones que la diosa otorga!" Lamentablemente el ocioque el poeta pagano anunciaba no llegó;

Lapasión ciega, perversa y homicida del trabajo transforma la máquina liberadoraen un instrumento de servidumbre de los hombres libres: su productividad losempobrece.

Unabuena obrera hace con el huso sólo cinco mallas por minuto;

Algunostelares circulares hacen treinta mil en el mismo tiempo. Cada minuto a máquinaequivale entonces a cien horas de trabajo de la obrera; o bien cada minuto detrabajo de la máquina da a la obrera diez días de descanso. Lo que es ciertopara la industria del tejido es más o menos cierto para todas las industriasrenovadas por la mecánica moderna.

¿Peroqué vemos nosotros? A medida que la máquina se perfecciona y quita el trabajodel hombre con una rapidez y una precisión constantemente crecientes, elobrero, en vez de prolongar su descanso en la misma proporción, redobla suactividad, como si quisiera rivalizar con la máquina. ¡Qué competencia absurday mortal!

Paraque la competencia del hombre y de la máquina se acelerara, los proletarios abolieronlas sabias leyes que limitaban el trabajo de los artesanos de las antiguas corporaciones;suprimieron los días feriados (13). Puesto que los productores de entoncestrabajaban sólo cinco días sobre siete, ¿creen pues, tal como dicen loseconomistas mentirosos, que no vivían más que del aire y del agua fresca?¡Vamos! Tenían tiempo libre para disfrutar de las alegrías de la tierra, parahacer el amor y divertirse; para hacer banquetes jubilosamente en honor delalegre dios de la Holgazanería. La melancólica Inglaterra, hoy sumida en elprotestantismo, se llamaba entonces la "alegre Inglaterra" (MerryEngland). Rabelais, Quevedo, Cervantes, los autores desconocidos de novelaspicarescas, hacen que se nos haga agua la boca con sus pinturas de esas monumentalesfrancachelas (14), con las que se regalaban entonces entre dos batallas y entredos devastaciones, y en las cuales "se tiraba la casa por laventana". Jordaens y la escuela flamenca las han plasmado en susdivertidas pinturas. Sublimes estómagos gargantuescos, ¿en qué se han convertido?Sublimes cerebros que abarcaban todo el pensamiento humano, ¿en qué se hanconvertido? Ahora estamos muy disminuidos y muy degenerados. La carne en malestado (15), la papa, el vino adulterado y el aguardiente prusiano sabiamentecombinados con el trabajo forzado debilitaron nuestros cuerpos y redujeronnuestros espíritus. ¿Y es precisamente cuando el hombre ha achicado su estómagoy la máquina ha agrandado su productividad, que los economistas nos predican lateoría malthusiana, la religión de la abstinencia y el dogma del trabajo?Habría que arrancarles la lengua y arrojársela a los perros.

Puestoque la clase obrera, con su buena fe simplista, se dejó adoctrinar; puesto que,con su impetuosidad natural, se precipitó ciegamente en el trabajo y laabstinencia, la clase capitalista se vio condenada a la pereza y al disfruteforzados, a la improductividad y al sobre consumo.

Perosi el sobre trabajo del obrero martiriza su carne y atormenta sus nervios,también es fecundo en dolores para la burguesía.

Laabstinencia a la que se condena la clase productiva obliga a los burgueses adedicarse al sobre consumo de los productos que ella produce en formadesordenada. Al comienzo de la producción capitalista, cace uno o dos siglos,el burgués era un hombre ordenado, de costumbres razonables y apacibles; secontentaba casi exclusivamente con su mujer; sólo bebía cuando tenía sed ycomía cuando tenía hambre.

Dejabaa los cortesanos y a las cortesanas las nobles virtudes de la vida libertina.Hoy en día, no hay hijo de cualquier advenedizo que no se crea obligado adesarrollar la prostitución y mercurializar su cuerpo para darle un objetivo altrabajo que se imponen los obreros de las minas de mercurio; no es un burguésque se precie el que no se atraque con capones trufados y con vinos exquisitospara alentar a los ganaderos de La Fleche y a los viñateros de Bordelais. En este trabajo, elorganismo se arruina rápidamente: se cae el pelo, los dientes se descarnan, eltronco se deforma, el vientre se hincha, la respiración se altera, losmovimientos se hacen más pesados, las articulaciones se anquilosan, lasfalanges se traban. Otros, demasiado débiles para soportar las fatigas de lavida libertina, pero dotados de la joroba del proudhonismo, consumen sus sesoscomo los Garnier de la economía política y los Acallas de la filosofíajurídica, elucubrando gruesos libros soporíferos para ocupar el tiempo libre delos tipógrafos e impresores.

Lasmujeres de mundo viven una vida de martirio. Para probar y hacer valer lastelas maravillosas que las costureras se matan para fabricar, ellas se pasan eldía y la noche cambiándose constantemente de vestido; durante horas, entregansu cabeza hueca a los artistas peluqueros que, a toda costa, quieren satisfacersu pasión por edificar postizos.

Apretadasdentro de sus corsés, incómodas en sus zapatos, con escotes que hacen enrojecerhasta a un granadero, giran durante noches enteras en sus bailes de caridad afin de recolectar algunas monedas de cobre para los pobres. ¡Santas almas!

Paracumplir su doble función social de no productor y de sobre consumidor, el burguésdebió no solamente violentar sus gustos modestos, perder sus hábitos laboriososde hace dos siglos y entregarse al lujo desenfrenado, a las indigestionestrufadas y a libertinajes sifilíticos, sino también sustraer al trabajoproductivo una masa enorme de hombres a fin de procurarse ayudantes.

Heaquí algunas cifras que prueban cuán colosal es esté: desperdicio de fuerzas productivas:

 

"Segúnel censo de 1861, la población de Inglaterra y del país de Gales comprendía20.066.224 personas, de las cuales 9.776.259 eran del sexo masculino y10.289.965, del sexo femenino. Si se restan aquéllos que son demasiado viejos odemasiado jóvenes para trabajar, las mujeres, los adolescentes y los niñosimproductivos, más las profesiones ideológicas como el gobierno, la policía, elclero, la magistratura, el ejército, los eruditos, artistas, etc., luego laspersonas exclusivamente dedicadas a comer del trabajo de otros, bajo la formade renta de la tierra, de intereses, de dividendos, etc., y finalmente, lospobres, los vagabundos, los criminales, etc., quedan aproximadamente ochomillones de individuos de los dos sexos y de todas las edades, incluyendo a loscapitalistas ocupados en la producción, el comercio, las finanzas, etc. Entreestos ocho millones, se cuentan:

 

Trabajadoresagrícolas (incluyendo pastores, criados y criadas que habitan en el establecimientoagrícola) 1.098.261;

Obrerosde las fábricas de algodón, de lana, de worsted, de lino, de cáñamo, de seda,de encajes y otros 642.607;

Obrerosde las minas de carbón y de metal 565.835;

Obrerosempleados en las fábricas metalúrgicas (altos hornos, laminados, etc.) y en lasmanufacturas de metal de todo tipo 396.998;

Clasedoméstica 1.208.648

 

Sisumamos los trabajadores de las fábricas textiles y los de las minas de carbóny de metal, obtenemos la cifra de 1.208.442; si sumamos los primeros y elpersonal de todas las fábricas y de todas las manufacturas metalúrgicas,tenemos un total de 1.039.605; es decir, en ambos casos un número más pequeñoque el de los esclavos domésticos modernos.

Heaquí el magnífico resultado de la explotación capitalista de las maquinas (16).

 

Atoda esta clase doméstica, cuya extensión indica el grado alcanzado por lacivilización capitalista, debe agregarse la numerosa clase de los infelicesdedicados exclusivamente a la satisfacción de los gustos dispendiosos y fútilesde las clases ricas: tallado res de diamantes, encajeras, bordadoras,encuadernadores de lujo, costureras de lujo, decoradores de mansiones deplacer, etc. (17)

Unavez acurrucada en la pereza absoluta y desmoralizada por el goce forzado, la burguesía,a pesar del mal que le acarreó, se acomodó a su nuevo estilo de vida. Consideracon horror todo cambio. La visión de las miserables condiciones de existenciaaceptadas con resignación por la clase obrera y de la degradación orgánicaengendrada por la pasión depravada por el trabajo aumentaban también surepulsión por toda imposición de trabajo y por toda restricción del goce.

Esprecisamente entonces que, sin tener en cuenta la desmoralización que la burguesíase había impuesto como un deber social, a los proletarios se les puso en lacabeza infligir el trabajo a los capitalistas.

Losingenuos tomaron en serio las teorías de los economistas y de los moralistassobre el trabajo y se empeñaron en imponer la práctica a los capitalistas. Elproletariado enarboló la consigna "el que no trabaja, no come"; Lyon,en 1831, se rebeló por "trabajo o plomo"; las guardias nacionales demarzo de 1871 declararon a su levantamiento la Revolución del Trabajo.

Aeste arrebato de furor bárbaro, destructor de todo goce y de toda perezaburgueses, los capitalistas no podían responder más que con la represión feroz;pero sabían que, si habían podido reprimir esas explosiones revolucionarias, nohabían ahogado en la sangre de sus masacres gigantescas la absurda idea delproletariado de querer imponer el trabajo a las clases ociosas y mantenidas, y espara evitar esta desgracia que se rodean de pretorianos, policías, magistradosy carceleros mantenidos en una improductividad laboriosa. Ya no se puedeconservar la ilusión sobre el carácter de los ejércitos modernos. Ellos sonmantenidos en forma permanente sólo para reprimir al "enemigointerno"; es así que los fuertes de París y de Lyon no fueron construidospara defender la ciudad contra el extranjero, sino para aplastar una revuelta.Y si fuera necesario un ejemplo irrefutable, podemos mencionar al ejército deBélgica, ese paraíso del capitalismo; su neutralidad está garantizada por laspotencias europeas, y sin embargo su ejército es uno de los más fuertes enproporción a la población. Los gloriosos campos de batalla del valienteejército belga son las planicies de Borinage y de Charleroi; es en la sangre delos mineros y de los obreros desarmados que los oficiales belgas templan susespadas y aumentan sus charreteras. Las naciones europeas no tienen ejércitosnacionales, sino ejércitos mercenarios, que protegen a los capitalistas contrala furia popular que quisiera condenados a diez horas de trabajo en las minas oen el hilado.

Entonces,al ajustarse el cinturón, la clase obrera desarrolló con exceso el vientre dela burguesía condenada al sobre consumo.

Paraser aliviada de su penoso trabajo, la burguesía retiró de la clase obrera unamasa de hombres muy superior a la que permanece dedicada a la producción útil,y la condenó a su vez a la improductividad y al sobre consumo. Pero este rebañode bocas inútiles, a pesar de su voracidad insaciable, no basta para consumirtodas las mercancías que los obreros, embrutecidos por el dogma del trabajo,producen como maníacos, sin quererlas consumir y sin siquiera pensar si seencontrará gente para consumirlas.

Anteesta doble locura de los trabajadores -matarse de sobre trabajo y vegetar en laabstinencia-, el gran problema de la producción capitalista ya no es encontrarproductores y duplicar sus fuerzas, sino descubrir consumidores, excitar susapetitos y crearles necesidades artificiales. Puesto que los obreros europeos,tiritando de frío y de hambre, se niegan a vestir los tejidos que producen yabeber los vinos que elaboran, los pobres fabricantes, rápidos como galgos,deben correr a las antípodas para buscar a quien los vestirá y beberá: son lascentenas y miles de millones que Europa exporta todos los años, a los cuatrorincones del mundo, a pueblos que no las necesitan (18). Pero los continentesexplorados no son lo suficientemente vastos; se necesitan regiones vírgenes.

Losfabricantes de Europa sueñan noche y día con el África, con el lago sahariano,con el ferrocarril de Sudán; siguen con ansiedad los progresos de losLivingstone, de los Stanley, de los Du Chaillu, de los de Brazza; escuchan lashistorias maravillosas de esos valientes viajeros con la boca abierta. ¡Cuántasmaravillas desconocidas encierra el "continente negro"! Los camposestán sembrados de dientes de elefante; ríos de aceite de coco arrastranpepitas de oro; millones de culos negros, desnudos como la cara de Dufaure o deGirardin, esperan las telas de algodón para aprender la decencia, las botellasde aguardiente y las Biblias para conocer las virtudes de la civilización.

Perotodo es inútil: burgueses que comen en exceso, clase doméstica que supera a laclase productiva, naciones extranjeras y bárbaras que se sacian de mercancíaseuropeas; nada, nada puede llegar a absorber las montañas de productos que seacumulan más altas y más enormes que las pirámides de Egipto: la productividadde los obreros europeos desafía todo consumo, todo despilfarro. Losfabricantes, enloquecidos, no saben ya qué hacer, ya no pueden encontrar lamateria prima para satisfacer la pasión desordenada, depravada, de sus obrerospor el trabajo. En nuestros departamentos laneros, se destejen los harapossucios y a medio podrir para hacer paños llamados" de renacimiento",que duran lo que duran las promesas electorales; en Lyon, en vez de dejar a lafibra suave su sencillez y su flexibilidad natural, se la sobrecarga de salesminerales que, al agregarle peso, la vuelven desmenuzable y poco durable.

Todosnuestros productos son adulterados para facilitar el flujo y reducir las existencias.Nuestra época será llamada la "edad de la falsificación", como lasprimeras épocas de la humanidad recibieron los nombres de edad de piedra, edadde bronce, etc., a partir del carácter de su producción. Los ignorantes acusande fraude a nuestros piadosos industriales, mientras que en realidad elpensamiento que los anima es el de proporcionar trabajo a los obreros, que nopueden resignarse a vivir de brazos cruzados. Si bien esas falsificaciones-cuyo único móvil es un sentimiento humanitario, aunque brindan enormesbeneficios a los fabricantes que las practican-, son desastrosas para lacalidad de las mercancías y constituyen una fuente inagotable de despilfarro detrabajo humano, prueban el filantrópico ingenio de los burgueses y la horribleperversión de los obreros que, para saciar su vicio de trabajo, obliga a los industrialesa ahogar los gritos de su conciencia e incluso violar leyes de la honestidadcomercial.

Ysin embargo, a pesar de la sobreproducción de mercancías, a pesar de las falsificacionesindustriales, los obreros invaden el mercado de manera innumerable, implorando:¡trabajo!, ¡trabajo! Su superabundancia debería obligarlos a refrenar supasión; por el contrario, la lleva al paroxismo. En cuanto una oportunidad detrabajo se presenta, se arrojan sobre ella; entonces reclaman doce, catorcehoras para lograr su saciedad, y la mañana los encontrará nuevamente arrojadosa la calle, sin nada para alimentar su vicio. Todos los años, en todas lasindustrias, la desocupación vuelve con la regularidad de las estaciones. Al sobretrabajo mortal para el organismo le sucede el reposo absoluto, durante dos acuatro meses; y sin trabajo, no hay comida. Puesto que el vicio del trabajoestá diabólicamente arraigado en el corazón de los obreros; puesto que susexigencias ahogan todos los otros instintos de la naturaleza; puesto que lacantidad de trabajo requerida por la sociedad está forzosamente limitada por elconsumo y la abundancia de la materia prima, ¿por qué devorar en seis meses eltrabajo de todo el año? ¿Por qué no distribuirlo uniformemente en los docemeses y obligar a todos los obreros a contentarse con seis o cinco horas pordía durante todo el año, en vez de indigestarse con doce horas durante seismeses? Seguros de su parte cotidiana de trabajo, los obreros no se celarán más,no se golpearán más para arrancarse el trabajo de las manos y el pan de laboca; entonces, no agotados su cuerpo y su espíritu, comenzarán a practicar lasvirtudes de la pereza.

Atontadospor su vicio, los obreros no flan podido elevarse a la comprensión del hecho deque, para tener trabajo para todos, era necesario racionarlo como el agua en unbarco a la deriva. Sin embargo, los industriales, en nombre de la explotacióncapitalista, desde hace tiempo demandaron una limitación legal de la jornada detrabajo. Ante la Comisiónde 1860 para la enseñanza profesional, uno de los más grandes manufactureros deAlsacia, el señor Bourcart, de Guebwiller, declaraba:

 

"Quela jornada de doce horas era excesiva y debía ser reducida a once horas, que sedebía suspender el trabajo a las dos el sábado. Aconsejo la adopción de estamedida aunque parezca onerosa a primera vista; la hemos experimentado ennuestros establecimientos industriales desde hace cuatro años y nos encontramosbien, y la producción media, lejos de haber disminuido, aumentó".

 

Ensu estudio sobre las máquinas, F. Passy cita la siguiente carta de un gran industrialbelga, M. Ottavaere:

 

"Nuestrasmáquinas, aunque iguales a las de las hilanderías inglesas, no producen lo quedeberían producir y lo que producirían estas mismas máquinas en Inglaterra,aunque las hilanderías trabajan dos horas menos por día. [H'] Nosotrostrabajamos dos largas horas de más;

Tengola convicción de que si no se trabajara más que once horas en vez de trece, tendríamosla misma producción y produciríamos en consecuencia más económicamente.

 

Porotro lado, el señor Leroy-Beaulieu afirma que "un gran manufacturero belgaobserva que las semanas en las que cae un día feriado no aportan una produccióninferior a la de semanas comunes" (19).

 

Alo que el pueblo, engañado en su simpleza por los moralistas, no se atreviójamás, un gobierno aristocrático se atreve. Despreciando las altasconsideraciones morales e industriales de los economistas, que, como lospájaros de mal agüero, creían que disminuir en una hora el trabajo en lasfábricas era decretar la ruina de la industria inglesa, el gobierno deInglaterra prohibió por medio de una ley, estrictamente observada, el trabajarmás de diez horas por día; y como antes, Inglaterra siguió siendo la primeranación industrial del mundo.

Ahíestá la gran experiencia inglesa, ahí está la experiencia de algunoscapitalistas inteligentes, que demuestran irrefutablemente que, para potenciarla productividad humana, es necesario reducir las horas de trabajo ymultiplicar los días de pago y los feriados; pero el pueblo francés no estáconvencido. Pero si una miserable reducción de dos horas aumentó en diez añoscerca de un tercio la producción inglesa (20), ¿qué marcha vertiginosaimprimirá a la producción francesa una reducción legal de la jornada de trabajoa tres horas? Los obreros no pueden comprender que al fatigarse trabajando,agotan sus fuerzas y las de sus hijos; que, consumidos, llegan antes de tiempoa ser incapaces de todo trabajo; que absorbidos, embrutecidos por un solovicio, no son más hombres, sino pedazos de hombres; que matan en ellos todaslas facultades bellas para no dejar en pie, lujurias a, más que la locurafuribunda del trabajo.

Comolos loros de la Arcadia,repiten la lección de los economistas:

"Trabajemos,trabajemos para incrementar la riqueza nacional". ¡Idiotas! Es porqueustedes trabajan demasiado que la maquinaria industrial se desarrollalentamente. Dejen de rebuznar y escuchen a un economista; no es un águila, noes más que el señor L. Reybaud, que hemos tenido la alegría de perder hacealgunos meses: "La revolución en los métodos, de trabajo se determina, engeneral, a partir de las condiciones de la mano de obra. En tanto que la manode obra brinde sus servicios a bajo precio, se la prodiga; cuando sus serviciosse vuelven más costosos, se busca ahorrarla" (21).

Paraobligar a los capitalistas a perfeccionar sus máquinas de madera y de hierro,es necesario elevar los salarios y disminuir las horas de trabajo de lasmáquinas de carne y hueso. ¿Las pruebas que apoyan esto? Se las puedeproporcionar por centenares. En la hilandería, el telar intermitente (selfacting mule) fue inventado y aplicado en Manchester porque los hilanderos serehusaron a seguir trabajando tanto tiempo como hasta entonces.

EnEstados Unidos, la máquina se extiende a todas las ramas de la producción agrícola,desde la fabricación de manteca hasta la trilla del trigo: ¿por qué? Porque elestadounidense, libre y perezoso, preferiría morir mil veces antes que vivir lavida bovina del campesino francés. La actividad agrícola, tan penosa en nuestragloriosa Francia, tan rica en cansancio, en el oeste americano es un agradablepasatiempo al aire libre que se hace sentado, fumando negligentemente la pipa.

 

Auna nueva melodía, una nueva canción

 

Sial disminuir las horas de trabajo, se conquistan para la producción socialnuevas fuerzas mecánicas, al obligar a los obreros a consumir sus productos, seconquistará un inmenso ejército de fuerzas de trabajo. La burguesía, aliviadaentonces dé: La tarea de ser consumidora universal, se apresurará a licenciarla legión de soldados, magistrados, intrigantes, proxenetas, etc., que haretirado del trabajo útil para ayudarla a consumir y despilfarrar. A partir deentonces el mercado de trabajo estará desbordante; entonces será necesaria unaley férrea para prohibir el trabajo: será imposible encontrar ocupación paraesta multitud de ex improductivos, más numerosos que los piojos. Y luego deellos, habrá que pensar en todos los que proveían a sus necesidades y gustosfútiles y dispendiosos. Cuando no haya más lacayos y generales que galardonar,más prostitutas solteras ni casadas que cubrir de encajes, cañones queperforar, ni más palacios que edificar, que imponer a los obreros y obreras depasamanería, de encajes, del hierro, de la construcción, por medio de leyesseveras, el paseo higiénico en bote y ejercicios coreográficos para elrestablecimiento de su salud y el perfeccionamiento de la raza. Desde elmomento en que los productos europeos sean consumidos en el lugar de produccióny por lo tanto, no sea necesario transportarlos a ninguna parte, será necesarioque los marinos; los mozos de cordel y los camioneros se sienten y aprendan agirar los pulgares. Los felices Polinesios podrán entonces entregarse al amor libresin temer los puntapiés de la Venuscivilizada y los sermones de la moral europea.

 

Haymás aun. A fin de encontrar trabajo para todos los improductivos de la sociedadactual, a fin de dejar la maquinaria industrial desarrollarse indefinidamente,la clase obrera deberá, como la burguesía violentar sus gustos ascéticos, ydesarrollar indefinidamente sus capacidades de consumo. En vez de comer por díauna o dos onzas de carne dura como el cuero -cuando las come-, comerá sabrososbifes de una o dos libras; en vez de beber moderadamente un vino malo, máscatólico que el papa, beberá bordeaux y borgoña, en grandes y profundas copas,sin bautismo industrial, y dejará el agua a los animales.

 

Losproletarios han resuelto imponer a los capitalistas diez horas de forja y refinería;allí esta la gran falla, la causa de los antagonismos sociales y las guerrasciviles. Es necesario prohibir el trabajo, no imponerlo. A los Rothschild, alos Say se les permitiría probar haber sido, durante su vida, perfectosholgazanes; y si juran querer continuar viviendo como perfectos holgazanes, apesar del entusiasmo general por el trabajo, se los anotara y, en susayuntamientos respectivos, recibirán todas las mañanas veinte francos para suspequeños placeres. Los conflictos sociales desaparecerán. Los rentistas, loscapitalistas, etc., se unirán al partido popular una vez convencidos de que,lejos de querer hacerles daño, se quiere por el contrario desembarazarlos deltrabajo de sobre consumo y despilfarro, por el que han estado oprimidos desdesu nacimiento. En cuanto a los burgueses incapaces de probar sus títulos deholgazanes, se les dejara seguir sus instintos: existen bastantes oficiosdesagradables para ubicarlos. Dufuare limpiara las letrinas publicas; Galliffetmatara a puñaladas a los cerdos sarnosos y a los caballos hinchados; losmiembros de la comisión de gracias, enviados a Possy, marcaran los bueyes ycarneros a ser sacrificados; los senadores serán empleados de pompas fúnebres yenterradores. Para otros, encontraremos oficios al alcance de su inteligencia.Lorgeril y Broglie taparan las botellas de champaña, pero se les cerrara laboca para evitar que se emborrachen; Ferry, Frecinet y Tirard destruirán laschinches y los gusanos de los ministerios y los otros edificios públicos. Seránecesario, sin embargo, poner los dineros públicos fuera del alcance de losburgueses, por miedo a sus hábitos adquiridos.

Perodura y larga será la venganza se lanzara a los moralistas que han pervertido ala naturaleza humana, a los santurrones, a los soplones, a los hipócritas “yotras sectas semejantes de gente que se ha disfrazado para engañar al mundo.Porque dando a entender al pueblo común que se ocupan solo de la contemplacióny la devoción, de ayunos y de la maceración de la sensualidad, y que comen solopara sustentar y alimentar la pequeña fragilidad de su humanidad, por elcontrario, se cagan. Curios simulant sed Bacchanalia vivunt (22). Se lo puedeleer en letra grande e iluminada de sus rojos morros y vientres asquerosos, ano ser que se perfumen con azufre”

Enlos días de las grandes fiestas populares, donde, en vez de tragar el polvocomo el 15 de agosto y el 14 de julio burgueses, los comunistas y colectivistasharán correr las botellas, trotar los jamones y volar los vasos; los miembrosde la Academiade Ciencias Morales y Políticas, los curas con traje largo o corto de laiglesia económica, católica, protestante, judía, positivista y librepensadora,los propagadores del maltusianismo y de la moral cristiana, altruista,independiente o sumisa, vestidos de amarillo, sostendrán la vela hasta quemarselos dedos y vivirán hambrientos junto a mujeres galas y mesas llenas de carnes,frutas y flores, y morirán de sed junto a toneles desbordantes. Cuatro veces alaño, en el cambio de estación, como los perros de los afiladores de cuchillos,se los encadenará a grandes ruedas y durante diez horas se los condenará amoler el viento. Los abogados y los legistas sufrirán la misma pena.

Enel régimen de pereza, para matar el tiempo que nos mata segundo a segundo,habrá espectáculos y representaciones teatrales todo el tiempo; será el trabajoadecuado para nuestros legisladores burgueses.

Selos organizará en grupos recorriendo ferias y aldeas, dando representacioneslegislativas. Los generales, con botas de montar, el pecho adornado concordones, medallas, la cruz de la Legión de Honor, irán por las calles y las plazas, reclutandoespectadores entre la buena gente.

Gambettay Cassagnac, su compadre, harán el anuncio del espectáculo en la puerta.Cassagnac, con gran traje de matamoros, revolviendo los ojos, retorciéndose elbigote, escupiendo estopa encendida, amenazará a todo el mundo con la pistolade su padre y se precipitará en un agujero cuando se le muestre el retrato deLullier; Gambetta discurrirá sobre política extranjera, sobre la pequeñaGrecia, que 10 adoctrina y que encendería a Europa para estafar a Turquía;sobre la gran Rusia que le tiene harto con la compota que promete hacer conPrusia y que anhela conflictos en el oeste de Europa para hacer su negocio enel este y ahogar el nihilismo en el interior; sobre el señor de Bismarck, queha sido lo bastante bueno como para permitirle pronunciarse sobre laamnistía...; luego, desnudando su gran panza pintada a tres colores, golpearásobre ella el llamado de atención y enumerará los deliciosos animalitos, lospajaritos, las trufas, los vasos de Margauxy de Yquem que ha engullido parafomentar la agricultura y tener contentos a los electores de Belleville. · Enla barraca, se comenzará con la Farsa electora! Ante los electores, con cabezas de madera yorejas de burro, los candidatos burgueses, vestidos con trajes de payasos,bailarán la danza de las libertades políticas, limpiándose la cara y el traserocon sus programas electorales con múltiples promesas, y hablando con lágrimasen los ojos de las miserias del pueblo y con voz estentórea de las glorias deFrancia; y las cabezas de los electores rebuznarán a coro y firmemente: ¡hi ho!¡Hi ha!

Luegocomenzará la gran obra: El robo de los bienes de la nación.

La Franciacapitalista, enorme hembra, con vello en la cara y pelada en la cabeza, deformada,con las carnes fláccidas, hinchadas, débiles y pálidas, con los ojos apagados,adormilada y bostezando, está tendida sobre un canapé de terciopelo; a suspies, el capitalismo industrial, gigantesco organismo de hierro, con unamáscara simiesca, devora mecánicamente hombres, mujeres y niños, cuyos gritoslúgubres y desgarradores llenan el aire; la banca, con hocico de garduña,cuerpo de hiena y manos de arpía, le roba rápidamente las monedas de cobre delbolsillo. Hordas de miserables proletarios flacos, en harapos, escoltados porgendarmes con el sable desenvainado, perseguidos por las furias que los azotancon los látigos del hambre, llevan a los pies de la Francia capitalista montonesde mercancías, toneles de vino, bolsas de oro y de trigo. Langlois, con suscalzones en una mano, el testamento de Proudhonen la otra y el libro delpresupuesto entre los dientes, se pone a la cabeza de los defensores de los bienesde la nación y monta guardia.

Unavez descargados los fardos, hacen echar a los obreros a golpes de bayoneta y culatazosy abren la puerta a los industriales, a los comerciantes y a los banqueros. Seprecipitan sobre la pila en forma desordenada, y devoran las telas de algodón,las bolsas de trigo, los lingotes de oro y vacían los toneles; cuando ya nopueden más, sucios, repugnantes, se hunden en sus inmundicias y susvómitos...Entonces el trueno retumba, la tierra se mueve y se entreabre, ysurge la Fatalidadhistórica;

Consu pie de hierro aplasta las cabezas de los que titubean, se caen y no puedenhuir, y con su larga mano derriba la Francia capitalista, estupefacta y aterrorizada.

Sila clase obrera, tras arrancar de su corazón el vicio que la domina y queenvilece su naturaleza, se levantara con toda su fuerza, no para reclamar losDerechos del Hombre (que no son más que los derechos de la explotacióncapitalista), no para reclamar el Derecho al Trabajo que no es más que elderecho a la miseria), sino para forjar una ley de bronce que prohibiera atodos los hombres trabajar más de tres horas por día, la Tierra, la vieja Tierra,estremecida de alegría, sentiría brincar en ella un nuevo universo... ¿Perocómo pedir a un proletariado corrompido por la moral capitalista que tome unaresolución viril?

ComoCristo, doliente personificación de la esclavitud antigua, los hombres, las mujeresy los niños del Proletariado suben penosamente desde hace un siglo por el durocalvario del dolor; desde hace un siglo el trabajo forzado destroza sus huesos,mortifica sus carnes, atormenta sus músculos; desde hace un siglo, el hambreretuerce sus entrañas y alucina sus cerebros... ¡Oh, pereza, apiádate denuestra larga miseria!

¡Oh,Pereza, madre de las artes y de las nobles virtudes, sé el bálsamo de las angustiashumanas!

 

Apéndice

 

Nuestrosmoralistas son gentes muy modestas; si bien inventaron el dogma del trabajo,dudan de su eficacia para tranquilizar el alma, regocijar el espíritu ymantener el buen funcionamiento de los riñones y otros órganos; quierenexperimentar su uso sobre el pueblo, in anima vili, antes de volverlo contralos capitalistas, cuyos vicios tienen la misión de excusar y autorizar.

Pero,filósofos a cuatro centavos la docena, ¿por qué se exprimen así los sesos paraelucubrar una moral cuya práctica no se atreven a aconsejar a sus amos? ¿Quierenque se burlen de vuestro dogma del trabajo, del que tanto se ufanan: ¿Quierenverlo escarnecido: Veamos la historia de los pueblos antiguos y los escritos desus filósofos y de sus legisladores.

"Yono sabría afirmar", dice el padre de la historia, Heródoto, "si losgriegos han tomado de los egipcios el desprecio hacia el trabajo, porqueencuentro el mismo desprecio establecido entre los tracios, los escitas, lospersas, los lidias; en una palabra, porque en la mayoría de los pueblosbárbaros, los que aprenden las artes mecánicas, e incluso sus niños, son vistoscomo los últimos de los ciudadanos...Todos los griegos han sido educados enestos principios, particularmente los lacedemonios (24)

"EnAtenas, los ciudadanos eran verdaderos nobles que no debían ocuparse más que dela defensa y de la administración de la comunidad, como los guerreros salvajesde los cuales provenía su origen. Como debían entonces disponer de todo sutiempo para velar, debido a su fuerza intelectual y corporal, por los interesesde la república, cargaban a los esclavos con todo el trabajo. También entre loslacedemonios, las mismas mujeres no debían hilar ni tejer para no rebajar sunobleza" (25).

Losromanos conocían sólo dos oficios nobles y libres: la agricultura y las armas;todos los ciudadanos vivían por derecho a expensas del Tesoro, sin poder serobligados a proveerse de su subsistencia por ninguna de las sórdidas artes(llamaban así a los oficios) que correspondían por ley a los esclavos. Bruto elantiguo, para sublevar al pueblo, acusó sobre todo a Tarquino, el tirano, dehaber convertido a ciudadanos libres en artesanos y albañiles (26).

Losfilósofos antiguos discutían sobre el origen de las ideas, pero se ponían deacuerdo si se trataba de aborrecer del trabajo.

"Lanaturaleza", dice Platón, en su utopía social, en su República modelo,"la naturaleza no ha hecho ni zapateros ni herreros; ocupacionessemejantes degradan a quienes las ejercen, viles mercenarios, miserables sinnombre que son excluidos por su estado mismo de los derechos políticos. Encuanto a los comerciantes acostumbrados a mentir y a engañar, sólo se lossoportará en la ciudad como un mal necesario. El ciudadano que se envilezca porel comercio será perseguido por ese delito. Si es convicto, será condenado a unaño de prisión. El castigo será doble cada vez que reincida" (27).

Ensu Económica, Jenofonte escribe:

 

"Laspersonas que se entregan a los trabajos manuales no son jamás elevadas en suscargos, y con mucha razón. La mayoría, condenados a estar sentados todo el día,algunos incluso a soportar el calor de un fuego continuo, no pueden dejar detener el cuerpo alterado y es muy difícil que el espíritu no se resienta".

 

"¿Quépuede salir de honorable de una tienda?", dice Cicerón, "¿y qué puedeproducir de honesto el comercio? Todo lo que tenga que ver con el comercio esindigno de un hombre honesto [...], los comerciantes no pueden obtenerganancias sin mentir, ¿y qué es más vergonzoso que la mentira? Entonces, debeconsiderarse como bajo y vil el oficio de todos los que venden su trabajo y suindustria; porque el que da su trabajo por dinero se vende a sí mismo y secoloca en la categoría de los esclavos" (28).

Proletarios,embrutecidos por el dogma del trabajo, escuchen las palabras de estosfilósofos, que se las ocultan con tanto celo: un ciudadano que entrega sutrabajo por dinero se degrada a la categoría de los esclavos, comete un crimen,que merece años de prisión.

Lahipocresía cristiana y el utilitarismo capitalista no habían pervertido a estosfilósofos de las repúblicas antiguas; hablando para hombres libres, expresabaningenuamente su pensamiento. Platón, Aristóteles, estos grandes pensadores -alos cuales nuestros Cousin, Caro, Simon no les llegan ni a la suela de suszapatos poniéndose en puntas de pie-, querían que los ciudadanos de susrepúblicas ideales vivieran en el más grande ocio; porque, agrega a Jenofonte,"el trabajo ocupa todo el tiempo y con él no hay ningún tiempo libre parala república y los amigos". Según Plutarco, el gran mérito de Licurgo,"el más sabio de los hombres", para admiración de la posteridad, fueel de haber brindado ocio a los ciudadanos de la república prohibiéndoles todooficio (29).

Pero,responderán los Bastiat, Dupanloup, Beaulieu y demás defensores de la moralcristiana y capitalista, estos pensadores, estos filósofos preconizaban laesclavitud. Perfecto, pero ¿podía ser de otro modo, dadas las condicioneseconómicas y políticas de su época? La guerra era el estado normal de lassociedades antiguas; el hombre libre debía consagrar su tiempo a discutir losasuntos del estado y a velar por su defensa; los oficios eran entoncesdemasiado primitivos y demasiado toscos para que, practicándolos, se pudieraejercer a la vez el oficio de soldado y de ciudadano; para tener guerreros yciudadanos, los filósofos y legisladores debían tolerar a los esclavos en lasrepúblicas heroicas. Pero los moralistas y los economistas del capitalismo ¿nopreconizan el trabajo asalariado, la esclavitud moderna? ¿Ya qué hombres laesclavitud capitalista proporciona ocio? A los Rothschild, a los Schneider, alas Madame Boucicaut, inútiles y perjudiciales, esclavos de sus vicios y de suscriados.

"Elprejuicio de la esclavitud dominaba el espíritu de Pitágoras y deAristóteles", ha escrito alguno desdeñosamente; y sin embargo Aristótelespreveía que "si cada herramienta pudiera ejecutar por sí misma su funciónpropia, como las obras maestras de Dédalo se movían por sí mismas, o como lostrípodes de Vulcano se ocupaban espontáneamente de su trabajo sagrado; si, porejemplo, las lanzaderas de los tejedores tejieran por sí mismas, el jefe deltaller ya no tendría necesidad de ayudantes, ni el amo de esclavos".

Elsueño de Aristóteles es nuestra realidad. Nuestras máquinas con aliento defuego, con miembros de acero, infatigables, con fecundidad maravillosa einagotable, desempeñan dócilmente ellas mismas su trabajo sagrado; y sinembargo el genio de los grandes filósofos del capitalismo permanece dominadopor el prejuicio del trabajo asalariado, la peor de las esclavitudes. Todavíano comprenden que la máquina es la redentora de la humanidad, el Dios queliberará al hombre de las sórdidas artes y del trabajo asalariado, el Dios quele dará el ocio y la libertad.

 

[Traducción:María Celia Cotarelo]

 

 

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