
Yo He Sido Testigo en Barcelona
Autor:
George Orwell
Artículo aparecido en la revista inglesa
Controversy en agosto de 1937 y también incluido en el número 255 de La Révolution Prolétarienne,
25 de septiembre de 1937. El presente texto no fue incluido en la recopilación
Mi guerra de España (Editorial Destino, 1978). George Orwell, que ya había
iniciado la redacción de su Homenaje a Cataluña, efectúa en este texto una
valoración personal de las Jornadas de Mayo de 1937 en Barcelona de las que fue
testigo presencial. Este texto ha sido rescatado en España por Agustín
Guillamón.
Ya
se ha escrito mucho sobre las revueltas de mayo en Barcelona, y un cuadro sinóptico
de los principales acontecimientos ha sido minuciosamente trazado por Fenner
Brockway en el panfleto La verdad sobre las jornadas de Barcelona; cuadro que,
en mi opinión, es totalmente exacto. Creo, pues, que lo más útil que puedo
hacer es añadir simplemente, en mi calidad de testigo ocular algunas notas
marginales referentes a algunos puntos particularmente discutidos.
Consideremos,
ante todo, la cuestión de la meta perseguida, suponiendo que exista alguna, por
la pretendida insurrección.
La
prensa comunista ha afirmado que todo había sido una tentativa cuidadosamente
preparada para derribar al Gobierno, e incluso para entregar Cataluña a los
fascistas, provocando la intervención extranjera en Barcelona. Esta última
insinuación es demasiado ridícula para precisar una refutación. ¿Si fuera
cierto que el POUM y el ala izquierda de los anarquistas se hubieran aliado a
los fascistas, cómo explicar que los milicianos en primera línea no hayan
desertado, dejando una brecha abierta en el frente? ¿Cómo explicar que los
transportistas, miembros de la CNT,
hayan continuado, a pesar de la huelga, el abastecimiento de víveres al frente?
Sin embargo, no puedo afirmar con plena certidumbre que un proyecto
revolucionario preciso no haya existido en el ánimo de un pequeño número de
extremistas, los bolchevique-leninistas en particular (que se tiene la
costumbre de llamar trotsquistas),que distribuyeron octavillas en las
barricadas. Lo que puedo afirmar es que los hombres de las barricadas no han
considerado en ningún momento que tomaron parte en una revolución. Todos teníamos
la sensación de estar defendiéndonos de una tentativa de golpe de Estado por
parte de los guardias civiles que se habían apoderado por la fuerza de la Central Telefónica,
y que aún podían apoderarse de otros locales si no nos mostrábamos determinados
a luchar. Mi interpretación de la situación se basa en lo que los hombres hacían
y decían realmente en aquel momento, y es la siguiente: los trabajadores
bajaron a la calle espontáneamente para defenderse, y sólo había dos cosas que
conscientemente querían, la restitución de la Central Telefónica
y el desarme de los odiados guardias civiles. Hay que tener en cuenta también
el resentimiento causado por la creciente miseria en Barcelona y el lujoso tren
de vida de la burguesía. Ahora bien, es probable que existiera la posibilidad
de derribar el Gobierno si se hubiera encontrado un jefe capaz de sacar
partido. Parece plenamente admitido que el tercer día los obreros estaban en
condiciones de tomar el poder en la ciudad; no puede negarse que los guardias
civiles estaban profundamente desmoralizados y se rendían en masa. El Gobierno
de Valencia podía, ciertamente, enviar tropas frescas para aplastar a los
trabajadores (envió seis mil guardias de asalto cuando la lucha había acabado);
pero no podía mantener esas tropas en Barcelona si los transportistas decidían
no abastecerlos. Sin embargo, de hecho, no se encontró un jefe revolucionario
decidido. Los líderes anarquistas desaprobaron toda la acción y dijeron: Volved
al trabajo. Los líderes del POUM permanecieron dudosos. Las órdenes que
recibimos en las barricadas defendidas por hombres del POUM, órdenes que
emanaban directamente de la dirección del POUM, nos conminaban a sostener a la CNT, pero sin disparar, a
menos que nos disparasen primero o que nuestros locales fueran atacados.
(Personalmente, he sufrido en varias ocasiones el tiroteo, sin disparar como
respuesta). Luego, como los víveres iban disminuyendo, los trabajadores, poco a
poco, unos tras otros, volvieron al trabajo; y naturalmente, una vez que se les
dejó dispersarse sin dificultad, empezaron las represalias.
Saber
si se debió sacar partido de la situación revolucionaria es otra cuestión. Si
he de dar mi opinión, yo respondería no. En primer lugar, es dudoso que los
trabajadores hubiesen podido conservar el poder más de algunas semanas; y, en
segundo lugar, ello hubiera significado la pérdida de la guerra contra Franco.
Por otra parte, la actitud esencialmente defensiva de los obreros era a todas
luces legítima: estuviesen o no en guerra, tenían el derecho de defender lo que
habían conquistado en julio del 36. Quizá sea obvio decir que la revolución ha
sido definitivamente perdida en esos días de mayo. Pero creo, sin embargo, que
es un mal menor, aunque, a decir verdad, muy poco menor, el de perder la
revolución que el de perder la guerra.
El
segundo punto discutido concierne a los participantes. La táctica de la prensa
comunista, casi desde el principio, fue la de pretender que la insurrección era
únicamente, o casi únicamente, obra del POUM (secundado por algunos malhechores
irresponsables, si hemos de creer el Daily Worker de Nueva York). Cualquiera
que estuviese en Barcelona en esa época sabe que es una afirmación absurda. La
enorme mayoría de los que defendían las barricadas pertenecían generalmente a la CNT. Y es este un punto
importante, pues el POUM ha sido recientemente suprimido como chivo expiatorio
de la revuelta de mayo; los cuatrocientos, o más, miembros del POUM, que pueblan
en estos momentos las celdas inmundas e infestadas de chinches de Barcelona, lo
están, oficialmente, por su participación en los disturbios de mayo. Es, pues,
esencial demostrar que por dos buenas razones el POUM no ha sido, ni podía ser
el motor. Primera razón: el POUM era un partido minoritario. Si se suma al
número de miembros del partido los milicianos en permiso, y los apoyos y
simpatizantes de todo tipo, el número de miembros del POUM en la calle no se
acercaba ni con mucho a los diez mil (y probablemente no eran más de cinco
mil); ahora bien, el número de participantes en la revuelta se cifraba en
decenas de millares. Segunda razón: hubo una huelga general, o casi general,
que duró varios días. Sin embargo, el POUM no tenía por sí solo poder alguno
para desencadenar una huelga, y la huelga no hubiera tenido lugar si los
militantes de la CNT
no hubiesen querido. En cuanto a los comprometidos en el otro lado de la
barricada, el Daily Worker de Londres, en una de sus ediciones, tuvo la
desvergüenza de pretender que la insurrección había sido reprimida por el Ejército
Popular. Todos saben en Barcelona, y el Daily Worker no puede ignorarlo, que el
Ejército Popular ha permanecido neutral y sus tropas no han salido de sus
acuartelamientos durante todo el período de disturbios. Algunos soldados, sin
embargo, tomaron parte, pero a título individual. Yo he visto dos, uno en las
barricadas del POUM.
El
tercer punto concierne a la pretendida acumulación de armas del POUM en Barcelona.
Se
ha difundido de tal modo este cuento que incluso un observador como H. N. Brailsford,
por lo general con gran sentido crítico, lo acepta sin verificarlo, llegando a
hablar de tanques y piezas de artillería que el POUM habría robado en los
arsenales del Gobierno (New Statesman, 22 de mayo). En realidad, el POUM poseía
desgraciadamente pocas armas, tanto en el frente como en la retaguardia. Durante
los combates callejeros, estuve en las tres principales fortalezas del POUM, la
sede de su Comité Ejecutivo, la del Comité Local y el Hotel Falcón.
Vale
la pena enumerar detalladamente el armamento almacenado en estos edificios.
Había en total unos ochenta fusiles, algunos de ellos defectuosos, además de
algunas viejas armas de distintos modelos, todas fuera de uso por carencia de
proyectiles adecuados. En cuanto a las municiones: unos cincuenta cartuchos por
fusil, ninguna ametralladora, ni pistolas, ni balas de pistola, algunas cajas
de granadas de mano, que además nos habían sido enviadas por la CNT tras el inicio del
combate. Un eminente oficial de milicias que me habló sobre el tema pensaba que
en Barcelona el POUM poseía en total unos 150 fusiles y una sola ametralladora.
Era, pues, como se ve, el armamento justo para los guardias que en esta época,
todos los partidos sin excepción, PSUC, CNT-FAI, situaban en sus locales más
importantes. ¿Quizá se argumentará que, incluso durante las jornadas de mayo,
el POUM continuaba escondiendo sus armas? ¿Pero entonces en qué queda la teoría
de la revuelta de mayo, insurrección dirigida por el POUM para derrocar al
Gobierno? En realidad, el mayor culpable, y con mucho, en cuanto al tema de las
armas retenidas lejos del frente es el propio Gobierno. La infantería en el
frente de Aragón estaba mucho peor armada que en Inglaterra un colegio de OTC.
Por el contrario, las tropas de la retaguardia, guardias civiles, guardias de
asalto, carabineros, que no habían sido destinados al frente, sino a mantener
el orden (en realidad: intimidar a los trabajadores) en la retaguardia, estaban
armadas hasta los dientes. Las tropas del frente de Aragón tenían fusiles
Mauser deteriorados que se encasquillaban generalmente al cabo de cinco
disparos, una ametralladora por cada cincuenta hombres, y una pistola o
revólver por cada treinta hombres. Y esas armas, tan necesarias en las
trincheras de la línea de fuego, no eran distribuidas por el Gobierno, sino que
habían de ser compradas ilegalmente y con grandes dificultades. Los guardias de
asalto poseían fusiles rusos, flamantemente nuevos, además cada grupo de doce
hombres tenía su ametralladora. Estos datos hablan por sí solos. Un Gobierno
que envía muchachos de quince años al frente con fusiles viejos con más de
cuarenta años, y guarda sus hombres más fuertes y sus armas más modernas en la
retaguardia, está manifiestamente más asustado por la revolución que por los
fascistas. Ahí está la explicación de la debilidad de la política de guerra de
los últimos seis meses, y del compromiso mediante el cual seguramente se
terminará la guerra.
Cuando
el POUM, la oposición de izquierda (pretendidamente trotsquista) heredera del
comunismo español, fue suprimida el 16 y 17 de junio, el hecho en sí mismo no
sorprendió a nadie. Ya desde mayo, e incluso desde febrero, era evidente que el
POUM sería liquidado si los comunistas conseguían sus propósitos. Sin embargo,
lo repentino de la supresión y la mezcla de perfidia y brutalidad con la que
fue llevada la acción, cogió a todos, incluso a los líderes, desprevenidos.
Oficialmente,
el partido fue suprimido haciendo recaer sobre los jefes del POUM la acusación,
repetida durante meses en la prensa comunista sin que fuera tomada en serio por
nadie en España, de estar a sueldo de los fascistas.
El
16 de junio, Andrés Nin, el líder del partido, fue arrestado en su despacho. La
misma noche, sin previo aviso, la policía irrumpió en el hotel Falcón, una
especie de pensión familiar organizada por el POUM y frecuentada principalmente
por los milicianos con permiso, deteniendo a todos los que allí se encontraban,
sin acusarles de nada en particular. Al día siguiente por la mañana, el POUM
fue declarado ilegal, y todos sus locales, no solamente las oficinas, bibliotecas,
etc., sino también las librerías y sanatorios para los heridos fueron
embargados por la policía. En pocos días casi la totalidad de los cuarenta
miembros del Comité Ejecutivo fueron detenidos. Uno o dos de ellos, habiendo
conseguido esconderse, fueron obligados a entregarse cuando, con medios sacados
de los fascistas, se tomó a sus mujeres como rehenes. Nin fue transferido a
Valencia, y de allí, a Madrid, acusado de haber vendido informaciones militares
al enemigo. Es inútil decir que las habituales confesiones, las misteriosas
cartas escritas con tinta invisible, y otras pruebas, estaban ya listas para
salir con tal abundancia que, razonablemente, no se podía considerarlas sino
como preparadas con antelación. Hacia el 19 de junio, desde Valencia llegó a
Barcelona la noticia de que Nin había sido fusilado. Esperábamos que el rumor
fuera falso, pero apenas es necesario subrayar la obligación para el Gobierno
de Valencia de fusilar algunos, una docena, quizá líderes del POUM si quiere
que sus acusaciones sean tomadas en serio. Durante este tiempo, la base del
partido, no solamente los miembros, sino también los soldados pertenecientes a
las milicias del POUM, y los simpatizantes o apoyos de cualquier tipo eran
arrojados a prisión en cuanto la policía podía capturarlos. Quizá sea imposible
realizar una estadística exacta, pero todo indica que, durante la primera
semana, hubo más de cuatrocientas detenciones, solamente en Barcelona. Se sabe,
sin lugar a dudas, que las prisiones estaban tan llenas que un elevado número
de prisioneros hubo de ser encerrado en tiendas y otros depósitos
provisionales. Según todas mis investigaciones ninguna distinción se ha hecho
en estas detenciones entre los que tomaron parte o no en los disturbios de
mayo. En cambio, la prohibición del POUM tuvo validez retroactiva. Dado que el
POUM acababa de ser ilegalizado, todos los que, en alguna ocasión, habían
pertenecido al POUM fueron considerados infractores de la ley. La policía
arrestó incluso a los heridos de los sanatorios. Entre los detenidos en una de
las prisiones he visto, por ejemplo, dos hombres conocidos por mí, amputados de
una pierna; y también un niño que no tenía más de doce años.
Y
hay que pensar en lo que significa prácticamente el encarcelamiento en España
en este momento. Sin hablar de la superpoblación de las cárceles provisionales,
de las condiciones insalubres, de la falta de luz y aire y de la alimentación
inmunda, se da la ausencia total de algo que pudiera parecerse a la legalidad.
Nada más legítimo, por ejemplo, que el habeas corpus; pues bien, según la ley
actualmente vigente en España, o, en todo caso, según su aplicación actual,
cualquiera podía ser encarcelado indefinidamente, no sólo sin juicio, sino
incluso sin acusación. Y en tanto no existe acusación, las autoridades pueden,
si quieren, incomunicarle (es decir, uno no tiene el derecho de comunicarse ni
siquiera con un abogado ni cualquier otra persona ajena a la prisión). Es fácil
entender qué valor cabe dar a las confesiones obtenidas en tales condiciones.
la situación es peor aún para los más pobres, dada la supresión del Socorro
Rojo del POUM, que facilitaba un abogado a los encarcelados, y que ahora ha
sido suprimido como otras organizaciones del POUM.
Pero
el aspecto más odioso, quizá, de todo sea el haber impedido deliberadamente que
toda información sobre estos hechos llegase a las tropas del frente de Aragón,
por lo menos durante cinco días o más. Precisamente yo estaba en el frente del
15 al 20 de junio. Me trasladaron en ambulancia a pueblos de segunda línea,
Siétamo, Barbastro, Monzón, etcétera. En todos estos lugares, los cuarteles
generales de milicias del POUM, sus Comités del Socorro Rojo y demás
organizaciones funcionaban normalmente; incluso tan lejos como en Lérida (a 100 kilómetros de
Barcelona) y hasta el 20 de junio, absolutamente nadie sabía que el POUM había
sido suprimido; no se decía una palabra en los diarios de Barcelona, mientras
en el mismo momento en los de Valencia (que no llegaban al frente de Aragón)
resplandecía el relato de la traición de Nin.
Como
tantos otros camaradas he conocido la amarga experiencia del regreso a Barcelona
para encontrarme con la supresión del POUM durante mi ausencia. Por suerte, fui
prevenido justo a tiempo para poder escaparme, pero otros no tuvieron ocasión.
Todo miliciano del POUM que viniese del frente en esta época podía elegir entre
esconderse inmediatamente o ser metido instantáneamente en prisión. ¡Una
recepción verdaderamente agradable tras tres o cuatro meses en primera línea
del frente! La razón de esto era evidente: la ofensiva de Huesca acababa de
empezar, y el Gobierno temía probablemente que si los milicianos del POUM se
enteraban de lo que sucedía, estos abandonasen el frente. Personalmente no creo
que la fidelidad de los milicianos se hubiera debilitado. Pero, en todo caso,
tenían derecho a conocer la verdad. Hay algo indeciblemente odioso en el hecho
de enviar hombres al combate (cuando yo abandonaba Siétamo, la lucha ya se
había iniciado y los primeros heridos, metidos en las ambulancias, eran zarandeados
en las abominables carreteras) ocultándoles que en ese mismo momento, a sus
espaldas, su partido era suprimido, sus jefes denunciados como traidores, y sus
amigos y parientes metidos en prisión.
El
POUM era sin duda el más débil en número de todos los partidos revolucionarios,
y su supresión no atañe, sino relativamente, a pocas personas. Según todos los
indicios, no habrá en total más que una veintena, de fusilados o condenados a
largas penas de prisión, centenares de existencias destrozadas, y algunos
millares de perseguidos pasajeramente. Sin embargo, su supresión es, como
síntoma, muy importante. En primer lugar, muestra claramente al extranjero lo
que ya era evidente a ojos de algunos observadores en España: que el actual
Gobierno tiene más puntos de semejanza que de diferencia con el fascismo (Lo
que no significa en modo alguno que no valga la pena luchar contra el fascismo
más abierto de Franco y Hitler. En cuanto a mí, ya había comprendido desde mayo
la tendencia fascista del Gobierno, pero no por eso dejé de ir de nuevo
voluntario al frente, como hice).
En
segundo lugar, la eliminación del POUM es un signo descorazonador del inminente
ataque contra los anarquistas. Ellos son los enemigos que los comunistas
realmente temen, mucho más de lo que nunca han temido al POUM, numéricamente
insignificante. Los líderes anarquistas han tenido ahora una demostración de
los métodos que se emplearán también con ellos: la única esperanza que resta en
lo que atañe a la revolución, y probablemente también a la victoria en la
guerra, es que la lección les sea útil y se decidan y se preparen para
defenderse antes de que sea tarde.