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27 de Agosto, 2007    General

METAS E IDEALES


Noam Chomsky, “Escritos Libertarios”, Le Monde Diplomatique.

 

Metas e ideales

 

 

Al hablar de metas e ideales pienso en una distinción práctica más que en una diferencia de principios. Como suele suceder en todos los problemas humanos, la perspectiva que más importa es la práctica. El conocimiento teórico que tenemos es demasiado débil aún para cargarlo con tanta responsabilidad.

Cuando hablo de ideales me refiero a la imagen de la sociedad futura que tenemos y que orienta nuestras acciones presentes, la imagen de una sociedad en la que consideramos que una humanidad decente querría vivir. Cuando hablo de metas me refiero a las elecciones y a las tareas que están a nuestro alcance y que buscamos incansablemente siguiendo un ideal que resulta más distante y difuso.

 

Cualquier visión inspiradora se basa en una concepción de la naturaleza humana, una concepción de lo que es mejor para la gente, de sus necesidades y sus derechos, de los aspectos de su naturaleza que deberían ser alentados, estimulados y liberados por el bienestar común. La concepción de la naturaleza humana en la que se basan nuestros ideales suele permanecer tácita y poco definida, pero siempre existe, tal vez implícitamente, ya sea que uno prefiera dejar las cosas como están, preocuparse sólo por uno mismo, esforzarse por hacer cambios, pequeños o revolucionarios.

 

Podemos decir que esto se aplica al menos a todos aquellos que se consideren agentes morales, no monstruos, es decir a veces se preocupan por lo que hacen o dejan de hacer.

Nuestro conocimiento es poco profundo en lo que respecta a todo esto. Como en casi todas las esferas de la vida humana  actuamos sobre la base de la intuición y de la experiencia, sobre la base de nuestras esperanzas y miedos. Los tomamos de acuerdo con una evidencia imperfecta y con un conocimiento limitado y, aunque nuestros ideales pueden y deben ser una guía, son, en el mejor de los casos, una muy parcial. Al menos en lo que respecta a la gente que se preocupa por las consecuencias de sus actos, no son claros ni estables. La gente sensata será aquella que busque articular con mayor claridad los ideales que la estimulan y rute evaluarlos de manera crítica a la luz de la razón y la experiencia. Mientras tanto, la base es bastante insignificante y no parece haber evidencia de cambios próximos en este sentido. Las frases hechas son muy fáciles de repetir. Pero no sirven de mucho cuando de lo que se trata es de tomar decisiones reales.

 

Las metas contra los ideales

 

Puede parecer que las metas y los ideales chocan y en ocasiones es así. En verdad, sabemos por la experiencia común que no es algo contradictorio. Permítanme dar mi propio ejemplo para ilustrar lo que intento decir.

 

Mis ideales personales son los de la tradición anarquista, que se originaron en la Ilustración y en el liberalismo clásico. Antes de continuar, debo hacer una aclaración: no me refiero a la del liberalismo clásico que fue reconstruida con propósitos ideológico, sino a la versión original, la que fue aplastada por el surgimiento del capitalismo industrial, como bien sostuvo Rudolph Rocker en un clásico trabajo sobre el anarcosindicalismo hace ya sesenta años.

 

Con el desarrollo en la modernidad del capitalismo de Estado, los sistemas políticos, económicos e ideológicos fueron crecientemente tomados por enormes instituciones privadas tiránicas que se parecen más al ideal totalitario que cualquier otro caso que  la historia haya visto. “Dentro de la corporación dijo hace ya medio siglo el economista político Robert Brady— todas las políticas emanan del control que viene de arriba. En la unión de este poder para determinar la política con la ejecución del mismo, toda la autoridad procede necesariamente de arriba hacia abajo y toda la responsabilidad de abajo hacia arriba.

Esto es por supuesto, lo contrario del control ‘democrático’: en realidad mantiene las condiciones estructurales del poder dictatorial”. “Lo que en los círculos políticos se denomina poder legislativo, judicial y ejecutivo” está concentrado en “agentes controladores” que, “en lo que respecta a la formulación y la ejecución de políticas, se encuentran en la punta de la pirámide y se mueven sin control alguno de parte de la base”. A medida que el poder privado “crece y se amplía” se transforma “en una fuerza colectiva tan potente y consciente políticamente”, tan dedicada a “los programas de propaganda” que “se vuelve una cuestión de hacer que el público adopte [...] el punto de vista de quienes controlan la pirámide”. Dicho proyecto, ya importante en la época en que lo veía Brady, alcanzó una escala gigantesca unos años más tarde, cuando las empresas norteamericanas intentaron contrarrestar las corrientes socialdemócratas de la posguerra, que también habían llegado a Estados Unidos, y trataron de triunfar en lo que sus líderes llamaban “la eterna batalla por la mente de los hombres”, utilizando los enormes recursos de la industria de relaciones públicas, de la industria del entretenimiento, de los medios de comunicación corporativos y de todo lo que “los controladores de la pirámide” pudieron conseguir del orden social y económico. Estos son rasgos fundamentales del mundo moderno, como revelan dramáticamente algunos estudios verdaderamente profundos.

 

Las “instituciones bancarias y las compañías financieras” de las que nos advertía Thomas Jefferson en sus últimos años —diciendo que, de no ser contenidas, se convertirían en una forma de absolutismo que destruiría el sueño de la revolución democrática— han cumplido desde entonces sus expectativas más extremas. Se han vuelto en gran medida herméticas y crecientemente inmunes a la intervención popular y a la supervisión pública, además de haber ganado y seguir aumentando su control sobre el orden global.

 

Quienes están dentro de esas estructuras jerárquicas de mando reciben órdenes de los de arriba y dan órdenes a los de abajo. Quienes están fuera pueden intentar venderse al sistema del poder, pero les resulta imposible relacionarse con él de cualquier otra forma —excepto comprando lo que ofrece, si eso está dentro de sus posibilidades—. La complejidad del mundo no puede abarcarse en una simple descripción, pero Brady es en verdad bastante preciso, más aún hoy que cuando escribió su obra.

 

Deberíamos agregar que el extraordinario poder del que gozan las corporaciones y las instituciones financieras no es resultado de una elección popular. Fue diseñado y creado por cortes y abogados a través de la construcción de un Estado desarrollado que sirve a los intereses del poder privado, y extendido mediante la guerra entre Estados en busca de privilegios especiales, algo nada difícil para las grandes instituciones privadas. Esta es la principal razón por la que el Congreso, dirigido por los intereses empresariales en un grado pocas veces visto, intenta desarrollar la autoridad federal para los Estados, más fácilmente amenazados y manipulados. Estoy hablando de Estados Unidos, en donde el proceso ha sido bastante bien estudiado en la academia. Hablaré de este caso. Sin embargo, hasta donde sé, la situación es básicamente la misma en todos lados.

 

Tendemos a pensar que las estructuras de poder presentes son inmutables, prácticamente naturales. En realidad, son todo menos eso. Estos tipos de tiranía privada sólo cobraron su forma actual. Con derechos de inmortalidad, a principios de siglo XX. Las garantías de derechos y la teoría legal que las respaldan se basan en fundamentos intelectuales bastante similares a los que crearon los otros dos principales totalitarismos del siglo XX: el fascismo y el bolchevismo. No ha razón alguna para pensar que esta tendencia será más duradera que sus infames hermanas.

 

Convencionalmente se restringe el uso de términos como “totalitario” o “dictadura” al poder político. Brady innova al romper con esa convención tan natural que permite quitar de la vista del público los centros verdaderos de la toma de decisiones. Dichos intentos son lógicamente esperables en una sociedad basada en la autoridad ilegítima. Es decir en cualquier sociedad actual. Por eso se suelen privilegiar los relatos sobre los rasgos y los fracasos personales o sobre las prácticas culturales, trabajos más vagos e imprecisos, que los estudios sobre la estructura y la función de las instituciones del poder.

 

Cuando hablo del liberalismo clásico, me refiero a las ideas que fueron barridas, en gran medida, por la aparición de la autocracia estatal capitalista. Estas ideas sobrevivieron —o, más bien, fueron reinventadas— de distintas maneras en la cultura de resistencia contra las nuevas formas de opresión, jugando el papel de ideal inspirador de las luchas populares que consiguieron ampliar considerablemente el alcance de la libertad, la justicia y los derechos. También fueron retomadas, adaptadas y desarrolladas dentro de las corrientes libertarias de izquierda. De acuerdo a esta visión anarquista, toda estructura de jerarquía y autoridad carga con la pesada obligación de justificarse, ya sea que ésta implique relaciones personales o que se trate de un orden social mayor. Si esa necesidad no se puede cubrir —en ocasiones se puede— entonces la institución es ilegítima y debe ser desmantelada. Si el desafió se plantea honestamente y se enfrenta como es debido, pocas veces es superado. Para eso están los verdaderos libertarios.

 

El poder estatal y la tiranía privada son los mejores ejemplos que rozan el límite, pero en realidad la cuestión se pone en juego en muchos otros puntos: en las relaciones entre padres e hijos, entre maestros y estudiantes, entre hombres y mujeres, entre quienes viven hoy y las generaciones futuras que estarán obligadas a vivir con los resultados de nuestras acciones. Efectivamente, prácticamente en todos lados.

 

Particularmente el ideal anarquista, en casi todas sus formas, ha esperado con ansias el desmantelamiento del poder estatal. Personalmente, comparto ese ideal, pero choca directamente con mis metas. He ahí la tensión de la que hablaba antes.

 

Mis metas a corto plazo son defender e incluso fortalecer ciertos elementos de la autoridad estatal que, a pesar de su naturaleza básicamente ilegítima, son absolutamente necesarios en este momento para combatir los intentos dedicados a revertir el progreso alcanzado en la extensión de la democracia y los derechos humanos. En las sociedades más democráticas, la autoridad estatal sufre hoy un ataque, pero no porque entre en contradicción con el ideal libertario. Más bien, sucede lo contrario: ofrece una protección, muy débil por cierto, a ciertos aspectos de dicho ideal. Los gobiernos tienen un defecto fatal: a diferencia de las tiranías privadas, las instituciones del poder y la autoridad estatal le ofrecen al menospreciado público la oportunidad de jugar un papel, aunque muy limitado, en la gestión de sus propios asuntos. Es un defecto que los amos no pueden tolerar, sintiendo hoy, lógicamente, que las transformaciones en el orden político y económico internacional generan posibilidades de crear una suerte de “utopía” para los poderosos, con una lúgubre perspectiva para los demás. No creo que sea necesario ser más claro. Los efectos son obvios incluso en las sociedades más ricas, desde los rincones de poder a las calles, el campo y las prisiones. Por razones que merecen atención pero que van más allá del objeto de este artículo, la campaña de restablecimiento es actualmente encabezada por los sectores dominantes de sociedades en las que los valores que se intentan destruir han sido bastante desarrollados, es decir en el mundo angloparlante. A pesar de lo irónico de la situación, no es nada contradictorio.

 

Vale la pena recordar que la realización de este sueño utópico de los poderosos se ha anunciado con voces de gloria desde los primeros años del siglo XIX (luego volveré a tratar este período. Para la década de 1880, el artista revolucionario socialista William Morris escribía:

“Estoy consciente de que la opinión dominante en la actualidad es que el sistema de competencia o del sálvese quien pueda” es el último sistema económico de la humanidad; que su perfección, y por lo tanto su finalidad, han sido alcanzadas. Sin duda, desafiar esta opinión, que hoy es sostenida incluso por los mayores eruditos, es un acto de valentía.

 

Si la historia está efectivamente en su fin, como se ha proclamado con tanta seguridad, entonces “la civilización está condenada a la muerte”. Pero agrega que la historia niega esta posibilidad. La idea de que “la perfección” estaba a pocos metros surgió nuevamente en la década de 1920. Con un fuerte apoyo de la opinión liberal y, por supuesto, del mundo empresarial, el Temor Rojo de Woodrow Wilson había socavado exitosa- mente los sindicatos y el pensamiento independiente. permitiendo que se estableciera una época de dominio empresarial que parecía consolidar su permanencia: Con el colapso de los sindicatos, los trabajadores se habían quedado sin poder y casi sin esperanza durante el auge automovilístico. El aplastamiento de las asociaciones y los derechos obreros, frecuentemente ejecutados mediante la violencia, impactó incluso a la prensa británica de derecha. Un viajero australiano. Impresionado por la debilidad de los sindicatos norteamericanos, observo en 1928 que “la organización de los trabajadores existe sólo bajo la tolerancia de los patrones [...] No tiene ningún peso real en la determinación de las condiciones de la producción”.

 

Nuevamente, los años siguientes demostraron que las esperanzas eran prematuras. Pero estos sueños recurrentes nos brindan un modelo de lo que “los controladores de las pirámides” y sus agentes políticos

Intentan reconstruir hoy.

 

En el mundo actual, creo que las metas de un anarquista comprometido deberían basarse en la defensa de algunas instituciones estatales en contra del ataque que sufren, intentando al mismo tiempo que se abran a una participación pública mayor. En última instancia, el objetivo es su desmantelamiento en una sociedad mucho más libre, en caso de que se den las condiciones necesarias.

 

Ya sea correcta o incorrecta —lo que depende de un juicio incierto— esta postura no pierde fuerza por la aparente contradicción entre las metas y los ideales. Por el contrario, esta contradicción es un rasgo normal de la vida cotidiana, algo inevitable con lo que tenemos que lidiar.

 

La “concepción humanista”

 

Teniendo esto en mente, me gustaría volver sobre el problema mucho más amplio de los ideales. Es un tema particularmente importante en la realidad actual, si consideramos los crecientes intentos de revertir, socavar y desmantelar las victorias conseguidas por medio de largas y muchas veces crudas luchas populares. Son cuestiones de una importancia histórica, muchas veces encubiertas por la deformación y el engaño de las campañas diseñadas para “hacer que el público adopte el punto de vista de quienes controlan la pirámide”. Es uno de los mejores momentos para pensar en los ideales y en los sueños que se articularon, se modificaron, se reformaron e incluso a veces se volvieron todo lo contrario a lo que eran con el desarrollo de la sociedad industrial hasta la actualidad, con una asalto masivo a la democracia, a los derechos humanos e incluso a los mercados, mientras que al mismo tiempo la victoria de estos valores es declarada por aquellos que encabezan su destrucción —un proceso que recibirá enorme aceptación por parte de quienes conozcan lo que en tiempos de mayor honestidad se llamaba “propaganda”—. Se trata de un momento histórico tan interesante desde el punto de vista intelectual como siniestro desde el punto de vista humano.

 

Permítanme comenzar esbozando el punto de vista de dos pensadores destacados del siglo XX, Bertrand Russell y John Dewev, quienes tenían enormes diferencias, pero acordaban en lo que Russell llamaba “la concepción humanista”: en palabras de Dewey, se trata de la creencia en que la “meta final” de la producción no es la producción de bienes sino la de “hombres libres asociados entre sí en términos de igualdad”. La meta de la educación, según Russell, es “dar un sentido a las cosas que no sea el de la dominación”, ayudar a crear “ciudadanos sabios en una comunidad libre” en la que puedan florecer tanto la libertad como la “creatividad individual” y en la que los trabajadores sean amos de su propio destino y no meras herramientas de la producción. Las estructuras ilegítimas de la coerción deben ser desentrañadas; especialmente. la dominación de “los negocios para la ganancia privada a través del control privado de la banca, la tierra y la industria, reforzados por el control de la prensa, los agentes de prensa y otros medios de publicidad y propaganda” (Lewey). Sostenía Dewey que a menos que todo eso sea alcanzado hablar de democracia no tiene demasiado sentido. La política seguirá siendo “una sombra tendida sobre la sociedad por los grandes negocios [y] el aplacamiento de esa sombra no cambiará su naturaleza”. Las formas democráticas no tendrán sustento real y la gente trabajará “sin libertad ni inteligencia, sino solamente por lo que se gane”, lo que resulta “antiliberal e inmoral”. Por lo tanto, la industria debe pasar de ser “un orden social feudal para ser un orden democrático”, basado en el control de los trabajadores, la asociación libre y la organización federativa, todas ideas que se enmarcan dentro del estilo de un espectro de pensamiento que incluye no sólo a muchos anarquistas sino también a las ideas socialistas gremiales de G. D. H. Cole y a marxistas del ala izquierda como Antón Pannekoek, Rosa Luxemburgo y Paul Mattick, entre otros. Las opiniones de Russell al respecto eran bastante parecidas.

 

Los problemas de la democracia fueron el nudo principal del pensamiento y el compromiso directo de Dewey. Fue un pensador perteneciente a la corriente dominante norteamericana. Americano como el pastel de manzana”, según el refrán popular. Resulta bastante interesante entonces que las ideas que expresó hace no tamos años sean hoy vistas por una gran parte de la cultura intelectual como extravagantes o algo peor —para quienes las conocen— y que incluso se las califica de “antiamericanas” en ciertos sectores influyentes.

 

Cabe destacar que esto último es bastante interesante y revelador, a que se trata de un problema actual. Solemos esperar que nociones como ésta aparezcan en las sociedades más totalitarias. En los días del estalinismo, por ejemplo, los críticos y disidentes eran calificados de “antisoviéticos”, un crimen intolerable. Asimismo, los generales brasileños neonazis y otros del estilo utilizaban categorías similares. Pero su aparición en sociedades tanto más libres, en las que la subordinación al poder es voluntaria y no forzada es un fenómeno mucho más significativo. En cualquier lugar en donde haya el más mínimo sustrato de cultura democrática, conceptos como esos resultan ridículos. Pensemos cuál sería la respuesta en Milán o en Oslo a un libro titulado Antiitalianismo o Los antinoruegos y que denunciara verdaderos o falsos delitos de quienes no respetan como es debido a las creencias de la fe secular. En las sociedades angloamericanas, sin embargo —inclusive en Australia, por lo que he visto— expresiones como éstas obtienen bastante respeto y seriedad en algunos círculos importantes, lo que no es más que un síntoma de un serio deterioro de los valores democráticos normales.

 

Las ideas expresadas en un pasado no tan distante por ciertas figuras destacadas como Russell y Dewey se arraigan en la Ilustración y en el liberalismo clásico y mantienen su carácter revolucionario, en la educación, en el trabajo y en otros planos de la vida. De ser implementadas, permitirían despejar el camino para el libre desarrollo de seres humanos cuyos valores no fueran la acumulación y la dominación, sino la independencia de pensamiento y de acción, la libre asociación en igualdad y la cooperación con vista a objetivos comunes. Gente así compartiría el desprecio que sentía Adam Smith por las “metas sórdidas” y “malvadas” de “los amos de la humanidad” y por sus “viles máximas”: “Todo para nosotros y nada para el resto”, esos principios directores que aprendemos a admirar y adorar mientras que los valores tradicionales son deshechos por incesantes ataques. Fácilmente entenderían qué fue lo que llevó a una figura precapitalista como Adam Smith a advertir acerca de las nefastas consecuencias de la división del trabajo y a basar su bastante matizada defensa de los mercados en la creencia de que, en condiciones de “perfecta libertad”, habría una tendencia natural hacia la igualdad, lo que obviamente no es más que una expresión de deseo sobre fundamentos morales elementales.

 

La “concepción humanista” expresada por Russell y Dewey en un período más civilizado, y que resulta ser bastante similar a la de la izquierda libertaria, está radicalmente en pugna con las corrientes más destacadas del pensamiento contemporáneo: las ideas directrices de orden totalitario diseñado por Lenin y Trotsky y aquellas de las sociedades capitalistas de Occidente. Afortunadamente, uno de estos sistemas ha caído. El otro, en cambio, ha entrado en una marcha regresiva hacia lo que puede ser un futuro terrible.

 

“El nuevo espíritu de la época’

 

Es importante reconocer la forma tan tajante dramática en que chocan los valores de la concepción humanista y los que reinan hoy. Las ideas que la prensa obrera de mediados del siglo XIX denunciaba bajo el nombre de “el nuevo espíritu de la época: ganar fortunas olvidándose de todo menos de uno mismo”, las “viles máximas” de las que hababa Smith, un conjunto de creencias tan degradantes y vergonzosas que ninguna persona decente podría tolerarlas. Es interesante rastrear la forma en que evolucionaron los valores desde figuras precapitalistas corno Smith. Con todo el acento que él ponía en la compasión, en las metas de la libertad y la igualdad y en el derecho elemental al trabajo crean’ o satisfactorio, hasta aquellos que celebraron “el nuevo espíritu de la época”. Frecuentemente invocando sin pudor el nombre de Smith. No hablemos de las barbaridades que suelen desfigurar las instituciones ideológicas. Hablemos, en cambio, de alguien a quien podamos tomar en serio, como el premio Nobel de Economía James Buchanan, quien nos dice que la sociedad ideal es anárquica, una sociedad en la que ningún hombre ni ningún grupo puede forzar a otro”. Luego hace el siguiente comentario, desde un lugar de autoridad:

La situación ideal de cualquier persona es la que le permite absoluta libertad de acción e impide la conducta de los otros para así obligarlos a seguir sus propios deseos personales. Lo que significa que cada uno busca ser amo en un mundo de esclavos.

 

Se trata de una reflexión que Adam Smith hubiera considerado enfermiza, como también lo habrían hecho Wilhelm von Humbolt, Joii Stuar Mill o cualquier pensador cercano a la tradición del liberalismo clásico

—sin embargo parece ser que, aunque no lo hayamos notado, ése es el sueño de todos—.

 

Un interesante ejemplo del estado de nuestra cultura intelectual y de sus valores dominantes es el comentario hecho acerca de los difíciles problemas que se enfrentan a la hora de levantar a los pueblos de Europa Oriental, por fin liberados, para poder darles el cariño que hemos venido prodigando a todos durante estos últimos siglos. Las consecuencias parecen expresarse claramente en una colección impresionante de cámaras del horror alrededor de todo el mundo, pero milagrosamente —y en realidad por fortuna— nos enseñan acerca de los valores de nuestra civilización y los principios que guían a nuestros nobles líderes. Sólo los “antiamericanos” y ese tipo de gente podrían estar tan locos como para sugerir que nuestra consecuente historia tal vez amerite ciertas observaciones críticas. Ahora por fin se nos presentan nuevas oportunidades de beneficio. Podemos ayudar a los pueblos que se liberaron de la tiranía comunista para que al fin sean, o casi sean, como los dichosos bengalíes, los haitianos, los brasileños, los guatemaltecos, los filipinos o como los indígenas de cualquier lugar del mundo. Tan afortunados como los esclavos africanos.

 

A fines de 1994, el The New York Times publicó una serie de artículos que mostraban cómo estaban nuestros alumnos. El que trataba de Alemania del Este comenzaba citando a un sacerdote que lideraba las protestas populares contra el régimen comunista. Describe de esta forma sus crecientes preocupaciones acerca de lo que está sucediendo con su sociedad: “La competencia brutal y la sed de dinero están destruyendo nuestro sentido de comunidad. Prácticamente todo el mundo se siente un poco atemorizado, deprimido o inseguro”, mientras dominan las técnicas que hemos ofrecido a los pueblos atrasados del mundo. Pero su respuesta no nos enseña nada.

 

El caso ejemplar del que todos se sienten orgullosos es Polonia, en donde “el capitalismo ha sido más benevolente” que en ningún otro lugar, nos informa Jane Perlez bajo el título “Carriles rápidos y lentos en el camino hacia el capitalismo”: algunos polacos lo empiezan a entender, otros tardan un poco más.

 

Perlez nos da ejemplos de los dos casos. El buen alumno es el dueño de una pequeña fábrica, el “próspero ejemplo’ de lo mejor de la moderna Polonia capitalista. Gracias a los préstamos sin interés de esta nueva y floreciente sociedad de libre mercado, su fábrica produce “glamorosos vestidos de lentejuelas” y “vestidos de bodas con diseños sofisticados”, vendidos en su mayoría a alemanes ricos, pero también a los polacos más prósperos. Mientras tanto, informa el Banco Mundial. La pobreza se ha duplicado a partir de las nuevas reformas, el salario real ha caído un 30% y para fines de 1994 se espera que la economía polaca alcance el 90% de su producto bruto interno previo a 1989. Pero el capitalismo ha sido más benevolente”: la gente hambrienta puede apreciar los signos del repentino consumo”, admirando los vestidos de boda en las vidrieras de las tiendas más elegantes, “los automóviles extranjeros con matriculas polacas” cuyos motores braman en la ruta de Varsovia a Berlín  y viendo a “las nuevas ricas, que llevan teléfonos celulares de 1.300 dólares en el bolsillo”.

 

“La gente debe aprender que debe luchar por si misma que no puede confiar en los demás”, explica una consejera laboral en República Checa. Preocupada por “la consolidación de una clase desposeída”, dirige una clase para enseñar nuevas actitudes a quienes tenían abres igualitarios metidos en la cabeza” en los días en que el lema de orgullo era: ‘Soy un minero, ¿quién es mejor que yo?”. Los buenos alumnos ahora saben la respuesta a esta pregunta: los mejores son los miembros de la ex Nomenclatura, más ricos que lo que jamás hubieran soñado ahora que se han vuelto agentes de las empresas extranjeras. Que lógicamente los favorecen por sus habilidades y por su experiencia: los banqueros están insertos en el negocio a través de “la red de los viejos amigos”; las mujeres polacas disfrutan de los deleites del consumo: el gobierno ayuda a los fabricantes de vestidos elegantes para exportárselos a otras mujeres. En pocas palabras, gente decente.

 

Ese es el éxito de los valores norteamericanos. Luego tienen los fracasos, que aún van por el carril lento. Perlez toma como ejemplo a un minero de cuarenta y tres años, que “se sienta en su sala de estar con paneles de madera admirando los frutos de su trabajo bajo el comunismo: un set de televisión, muebles cómodos, una cocina moderna y brillante”. Actualmente desempleado tras pasar veintisiete años en las minas y pensando hoy en los viejos tiempos. “Eran fantásticos —dice—y la vida era segura y cómoda”. No es un buen alumno, aprende lentamente: cree que los nuevos valores son “inconmensurables” y no logra entender por .n esa e: su casa, sin trabajo y dependiendo de la asistencia social. Preocupándose por sus diez hijos, sin poder “ganar fortuna, olvidándose de todo menos de si mismo”.

 

Es lógico entonces que Polonia se haya ganado también un lugar en el estante junto al resto de los trofeos, inspirando orgullo y presunción.

 

La región está llena de otros malos alumnos, un problema tratado en un “informe global” del Christian Science Monitor realizado por corresponsales en el anterior mundo comunista. Un empresario se quejó de que “ofreció a un compatriota ucraniano cien dólares al mes para que lo ayudara a cultivar rosas en un terreno privado” —en otras palabras, que trabajara para él—. “En comparación con los cuatro dólares que el hombre ganaba en la granja colectiva en la que trabajaba, era una fortuna. Pero no aceptó la oferta”. El buen alumno atribuye esta irracionalidad a “una cierta mentalidad” que todavía prevalece incluso luego del triunfo de la libertad: “Piensa ‘Nyet, no voy a dejar la colectividad para trabajar como tu esclavo”. Mucho tiempo atrás, los trabajadores norteamericanos también se habían infectado de esta resistencia a la esclavitud, hasta que finalmente fueron civilizados. Luego volveré a ese tema.

 

Los inquilinos de un edificio de apartamentos en Varsovia sufren de la misma enfermedad. Se resisten a entregar sus apartamentos a un empresario industrial que dice tener propiedad sobre el edificio desde antes de la Segunda Guerra Mundial, preguntando: “¿Por qué debería la gente obtener ganancia de algo a lo que no tienen derecho?”. Ha habido un “significativo progreso en reformas” para superar estas retrógradas actitudes, sostiene el informe, aunque “aún hay mucha reticencia a permitir que los extranjeros compren y vendan tierras”. El coordinador de las iniciativas agrarias auspiciadas por Estados Unidos en Ucrania explica:

“No se pueden ver casos en los que el l00 % de la tierra esté en manos privadas. No conocen la democracia”. Es cierto: la pasión antidemocrática no está en alza como en Vietnam, en donde un decreto de febrero de 1995 “dio marcha atrás en la historia”: “En homenaje a Marx, el decreto busca ayudar a los vietnamitas sacándoles riqueza a los pocos privilegiados que tienen certificados de propiedad para hacer negocios”, otorgados en un esfuerzo para atraer las inversiones extranjeras. Si sólo los inversores extranjeros y la pequeña dite local estuvieran habilitados para comprar el país, los nativos podrían trabajar para ellos —con suerte— y por fin habría libertad y “democracia”, como en Centroamérica, las Filipinas y otros paraísos ya hace tiempo liberados.

 

Los cubanos han sido reprendidos hace ya largo rato por ese tiempo de atraso. La monstruosidad alcanzó su punto máximo durante los Juegos Panamericanos celebrados en Estados Unidos, cuando los atletas cubanos decidieron seguir participando, en contra de la enorme campaña propagandística que los instaba a abandonar, que incluía generosas ofertas financieras para volverse profesionales. Según dijeron a los reporteros, sentían un compromiso con su país y con su pueblo. El furor conoce pocos límites que superen al devastador impacto del lavado de cerebros del comunismo y de la doctrina marxista.

 

Afortunadamente, los estadounidenses están protegidos por el hecho de que incluso bajo las condiciones impuestas por la lucha económica de Estados Unidos, los cubanos aún rechazan el uso interno de dólares, según los visitantes, para no ser “sus esclavos”. Tampoco son susceptibles a los resultados de un sondeo de Gallup de 1994, considerada la primera encuesta independiente y científica, aparentemente publicada en la prensa hispano parlante de Miami y en ningún otro lugar: el 88% de los entrevistados dijo “estar orgulloso de ser cubano”, el 58% dijo que “los éxitos de la Revolución superan sus fracasos”, el 69% se identificó como “revolucionario” —aunque sólo el 21% como “comunista” o “socialista”—, el 76% dijo “estar satisfecho con su vida personal” y el 3% dijo que los mayores problemas que enfrentaba el país eran “políticos”.

 

Si semejantes atrocidades comunistas fueran conocidas, tal vez sería necesario bombardear La Habana en vez de simplemente tratar de matar de hambre y de enfermedad a la mayor cantidad de gente posible para llevar “la democracia”. Porque ése se volvió el nuevo pretexto para presionar a Cuba tras la caída del Muro de Berlín, según las instituciones ideológicas que dieron un giro tan sutil. Cuba ya no era un agente del Kremlin, volcado a Latinoamérica y dispuesto a conquistar Estados Unidos, que temblaba de miedo. Mentiras de más de treinta años pueden ser silenciosamente archivadas: en la nueva versión perfeccionada, el terror y la lucha económica son sólo una forma de alcanzar la democracia. Así que debemos reforzar el embargo que “ha contribuido a aumentar el hambre, la enfermedad, la muerte y a una de las más grandes epidemias neurológicas del último siglo, según los informes de expertos en salud que aparecieron en los periódicos médicos de Estados Unidos en 1994. El autor de uno de ellos escribe: “Bueno, el hecho es que estamos matando gente” al negarles comida, medicinas y maquinaria para que puedan manufacturar sus propios productos médicos.

 

La Ley de Democracia Cubana de Clinton —que el presidente Bush primero vetó porque violaba claramente el derecho internacional y luego aceptó cuando Clinton lo aventajó desde la derecha durante la campaña electoral— recortó el comercio con sucursales norteamericanas en el extranjero, del cual un 90% estaba compuesto por comida, medicinas y equipamiento médico. Esa ayuda a la democracia contribuyó a una importante caída en los niveles cubanos de salud, a un aumento en la tasa de mortalidad y a la “crisis de salud pública en Cuba más alarmante que se recuerde en los últimos años”, una crisis neurológica que se había observado por última vez en campos tropicales de prisioneros en el Sudeste de Asia durante la Segunda Guerra Mundial, según el ex jefe de neuro-epidemiología del Instituto Nacional de Salud, autor de uno de los artículos. Para ilustrar los efectos, un profesor de medicina de la Universidad de Columbia cita el caso de un sistema sueco de filtración de agua que Cuba había comprado para producir vacunas y que fue bloqueado porque algunas partes eran producidas por una compañía de propiedad norteamericana. De manera que se negaban las vacunas que podían salvar vidas para que los sobrevivientes pudiesen gozar de “la democracia”.

 

Los éxitos en el asesinato de la gente y en su sufrimiento son importantes. En realidad, la Cuba de Castro no era una razón para preocuparse porque fuese una amenaza militar, ni por sus abusos en materia de derechos humanos o por su carácter dictatorial, sino más bien por razones profundamente arraigadas en la historia norteamericana. En la década de 1820, cuando nuestro copamiento del continente avanzaba rápidamente, Cuba era considerada por la dirigencia económica y política como un premio para el vencedor. Es “un objeto de fundamental importancia para los intereses políticos y económicos de nuestra Unión”, sostenía el autor de la Doctrina Monroe, John Quincy Adams, acordando con Jefferson y otros que España debería mantener la soberanía hasta que la fuerza disuasoria de Gran Bretaña desapareciera, para que Cuba cayera en manos de Estados Unidos “por las leyes de la gravitación política”. Un “fruto maduro” en la cosecha, como fue un siglo atrás. Para mediados del siglo XX, este fruto era enormemente valioso para los intereses norteamericanos vinculados a la agricultura y el juego, entre otros. De manera que el robo de Castro no se tomó a la ligera. Para peor, existía el peligro de que se desencadenara un “efecto dominó” que generara sufrimiento a todos los pueblos del mundo —por ejemplo, podía llegar a extender el mejor sistema de salud pública de Latinoamérica—. Se temía que Cuba fuera una de esas “manzanas podridas” que arruinan toda la cosecha, un “virus” que podría “infectar” a otros, en los términos de los controladores, a quienes no les importan los crímenes pero sí las demostraciones de fuerza.

 

Pero la gente decente no insiste en asuntos como ése, ni en los hechos más básicos de la campaña que se desató para devolver ese fruto ya maduro a su verdadero dueño a partir de 1959, incluyendo la etapa actual. Pocos norteamericanos tuvieron contacto con el subversivo material que se publicó en los periódicos médicos de octubre de 1994, ni al hecho de que en ese mismo mes la Asamblea General de la ONU votó una resolución para terminar con el embargo ilegal en una votación de 101 a 2, con Estados Unidos dependiendo solamente de Israel, luego de haber sido abandonado incluso por Albania, Rumania y Paraguay, países que años antes se habían unido a Washington en su cruzada por la democracia.

 

La historia oficial es que Europa del Este, por fin libre, puede ahora unirse a las sociedades ricas de Occidente. Tal vez, pero uno no puede dejar de preguntarse por qué esto no sucedió durante los cinco siglos anteriores, cuando Europa Oriental se hundía a favor del Oeste, hasta que en este mismo siglo se convirtió en el famoso “Tercer Mundo”. Una perspectiva diferente a imaginar es que se volverá más o menos al orden anterior: ciertas partes del imperio comunista que habían pertenecido al Occidente industrializado —Polonia occidental, la República Checa y otros— se reunirán gradualmente, mientras otras vuelvan a una condición similar a la anterior en calidad de áreas de servicios que sirvan al rico mundo industrial, que por supuesto no es tal por una virtud propia y especial. Como comentó Winston Churchill en un documento enviado a sus compañeros de gabinete en enero de 1914,

“No somos un pueblo joven con antecedentes inocentes y con una herencia escasa. Nos hemos quedado con [...j una porción completamente desproporcionada de la riqueza y del comercio mundial. Tenemos todo el territorio que deseamos y nuestro pedido de permanecer en el tranquilo goce de nuestras vastas y espléndidas posesiones, mayormente adquiridas por la fuerza y sobre todo mantenidas por la fuerza, suele parecerles menos razonable a los demás que a nosotros”.

 

Por supuesto, una honestidad como ésa es poco común en una sociedad decente como la nuestra, aunque evidentemente para Churchill el pasaje sería aceptable con sólo quitar las bastardillas. De hecho, en la década de 1920 hizo público el documento en el libro The World Crisis, pero habiendo eliminado todas las frases ofensivas.

 

También resulta instructivo ver el marco en el que el desastre comunista es retratado. En ningún momento se ha puesto en duda que fuera una monstruosidad, algo evidente desde el principio para los anarquistas, para los pensadores independientes como Russell y Dewey y para los marxistas de izquierda —en efecto, muchos de ellos incluso pudieron predecirlo—. Tampoco se puede dudar que la caída de la tiranía no fue sino una ocasión para el regocijo de cualquiera que valore la libertad y la dignidad humana. Pero hablemos de un tema más específico. Hablemos de la prueba oficial de que la economía dirigida fue un fracaso rotundo, una muestra de las cualidades superiores del capitalismo: sencillamente hay que comparar a Alemania Occidental, Francia, Inglaterra y Estados Unidos con la Unión Soviética y sus satélites. Parece ser más que evidente. El argumento es poco más que un reflejo intelectual, considerado tan obvio como para pasar inadvertido, el supuesto del que parte cualquier investigación.

 

Es un argumento interesante, cuya aplicabilidad es amplísima. Con un razonamiento como ése, uno puede demostrar por ejemplo el tremendo fracaso de los jardines de infantes en Cambridge, Massachusetts, y el enorme éxito del MIT: sencillamente comparemos a los niños de jardín de infantes con los graduados del MIT y veamos quién tiene mayor comprensión de la física cuántica. Parece ser más que evidente.

 

A quien saque a relucir un argumento como ése habría que ofrecerle tratamiento psiquiátrico. La falacia es terriblemente obvia. Para llevar a cabo una evaluación con sentido, habría que comparar a los graduados de los jardines de infantes de Cambridge con los niños que hayan entrado al sistema a ese mismo nivel. La misma lógica elemental nos dice que para evaluar la economía dirigida soviética en comparación con la vía capitalista, habría que comparar a los países de Europa del Este con otros que hubieran sido iguales al comenzar el “experimento” con los dos modelos de desarrollo. Por supuesto, no podemos tomar a Occidente: es necesario remontarse cinco siglos para llegar al momento en que el Oeste era como Europa Oriental. Una comparación más apropiada podría hacerse entre Rusia y Brasil, o entre Bulgaria y Guatemala, aunque no sería justo con el modelo comunista, que jamás gozó de nada parecido a las ventajas que tenían los satélites norteamericanos. Si realizamos una comparación racional, concluimos efectivamente que el modelo económico del comunismo era un desastre y que el de Occidente es un fracaso aun más catastrófico. Hay matices y complejidades, pero la conclusión básica es bastante acertada.

 

Es interesante ver cómo ciertas cosas tan elementales no pueden ser comprendidas y observar la respuesta a ciertos intentos de analizar el asunto que tampoco pueden ser entendidos. El ejercicio nos ofrece ciertas lecciones útiles acerca de los sistemas ideológicos de las sociedades libres.

 

Lo que hoy sucede en gran parte de Europa del Este recapitula en parte los antecedentes generales de las regiones del mundo que fueron ubicadas en un rol de servicio —en el que algunas permanecen—, a excepción de ciertos casos interesantes. También es un proceso que se ubica en una tendencia larga, importante y notable de la historia de las mismas sociedades industriales. Los modernos Estados Unidos fueron “creados sobre las protestas de sus trabajadores”, señala el historiador del movimiento obrero David Montgomery de la Universidad de Yale, protestas vigorosas y abiertas, en conjunto con “feroces luchas”. Hubo algunas victorias difíciles intercaladas con una adaptación forzosa a “una Norteamérica muy antidemocrática” especialmente en la década de 1920, observa, cuando parecía que “la fortaleza del trabajo” se había “hundido”.

 

La voz de los trabajadores estaba clara y vivamente articulada en la prensa obrera y comunitaria que se desarrolló desde mediados del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial o tal vez incluso más tarde, finalmente destruida por el poder estatal y privado. Sólo hasta la década de 1950, ochocientos periódicos obreros llegaban a entre 20 y 30 millones de personas, intentando —en sus palabras— combatir la ofensiva corporativa que buscaba “vender al pueblo norteamericano en virtud de los grandes negocios”, intentando exhibir el odio racial y “todas las expresiones antidemocráticas” y brindar “antídotos para los peores venenos de la prensa cautiva”, los medios de comunicación comerciales, cuya función era “perjudicar a los trabajadores cada vez que fuera posible y al mismo tiempo encubrir los crímenes de los magnates industriales y financieros que verdaderamente controlan la nación”.

 

Voces de resistencia

 

Los movimientos populares de resistencia a la autocracia del Estado capitalista y sus elocuentes voces tienen mucho para enseñamos acerca de las metas y los ideales de la gente común, acerca de su conocimiento y de sus aspiraciones. El primer estudio importante de la prensa obrera de mediados del siglo XIX —y, hasta donde sé, el único que existe— fue publicado hace ya setenta años por Norman Ware. Su lectura es hoy reveladora, o más bien lo sería si fuera un trabajo conocido. Ware se enfoca en los periódicos fundados y dirigidos por los metalúrgicos y las mujeres trabajadoras de los pueblos industriales cercanos a Boston, “la Atenas de América” y hogar de sus más grandes universidades. Los pueblos siguen existiendo, rotundamente decaídos y en declive, pero no más que los inspiradores ideales de quienes los levantaron, construyendo los cimientos de la riqueza y el poder norteamericanos.

 

Los periódicos revelan lo extraños e intolerables que eran para los trabajadores los sistemas de valores exigidos por el poder privado, quienes tercamente se negaron a abandonar los sentimientos humanos normales. “El nuevo espíritu de la época” que amargamente condenaban “era repulsivo para una parte asombrosamente grande de la comunidad norteamericana”, escribe Ware. La principal razón era “la decadencia del trabajador industrial en tanto persona”, el “cambio psicológico”, la “pérdida de la dignidad y la independencia” y de los derechos y libertades democráticas junto con la imposición por parte de los poderosos estatales y privados de los valores del capitalismo industrial, por medio de la violencia cuando fuera necesario.

 

Los trabajadores rechazaban la “degradación y la pérdida de ese respeto propio que había hecho a los metalúrgicos y peones el orgullo del mundo”, la decadencia de la cultura, las habilidades, los logros e incluso la mera dignidad humana, mientras eran sometidos a lo que llamaban “la esclavitud asalariada”, algo que creían no muy distinto de la esclavitud de las plantaciones del sur en la medida en que estaban obligados a vender- se a sí mismos y no lo que producían, volviéndose así “cosas menores” y “simples súbditos” de los “tiranos”. Describieron la destrucción “del espíritu de las instituciones libres”, siendo reducidos los trabajadores a “un estado de servidumbre” en el que “veían a una rica aristocracia sobre sus cabezas, como una enorme avalancha que amenaza con la muerte a quien se atreva a cuestionar su derecho a esclavizar y oprimir a los pobres y desahuciados”. Y difícilmente podían no estar conscientes de las condiciones materiales que vivían en su hogar o cerca de Boston, en donde la esperanza de vida de los irlandeses se estimaba en 1849 en catorce años.

 

Particularmente dramático e importante para el actual ataque que sufren la democracia y los derechos humanos fue el agudo declive de la alta cultura. Las jovencitas trabajadoras que venían de las granjas de Massachusetts estaban acostumbradas a pasar su tiempo libre leyendo literatura clásica y contemporánea y los artesanos independientes, si tenían un poco de dinero, contrataban niños para que les leyeran durante el trabajo. No ha sido nada fácil arrancar esas ideas de la cabeza de la gente, para que hoy un respetado crítico pueda descartar las irrisorias ideas de democratizar Internet para facilitar el acceso a los menos privilegiados:

“Uno imaginaría que, como están las cosas, los pobres obtienen toda la información que quieren y que en muchos casos incluso se resisten a los esfuerzos de las escuelas, las bibliotecas y los medios de información para informarlos mejor. En efecto, esa resistencia ayuda a veces a explicar por qué son pobres”.

 

Sin duda no habrá que menospreciar el factor genético, que siempre influye. El comentario fue considerado tan certero que los editores lo destacaron en un recuadro especial.

 

La prensa obrera condenó también lo que llamaba “el sacerdocio pago” de los medios de comunicación, de las universidades, de la clase intelectual, defensores del poder que intentaban justificar la creciente tiranía y consolidar sus valores degradantes. “Quienes trabajan en los molinos deben ser sus propietarios”, escribían los obreros sin ayuda alguna de los intelectuales radicales. De esa forma podrían superar los “principios monárquicos” que se arraigaban en “suelo democrático”. Años después, ésa se volvió la consigna de convocatoria del movimiento obrero organizado, incluso de sus sectores más conservadores. En un discurso ampliamente conocido dado en un almuerzo sindical, Henry Demarest Lloyd declaró que “la misión del movimiento obrero es liberar a la humanidad de las supersticiones y los pecados del mercado y abolir la pobreza producto de esos pecados. Esa meta puede ser alcanzada extendiendo a la dirección de la economía los principios de la política democrática”. “Es a través de quienes trabajan que las horas laborales, las condiciones de empleo y la división del producto se deben determinar”, sostuvo en lo que David Montgomery denomina “un llamado a la convención de 1893 de la AFL”. Son los mismos trabajadores, continuaba Lloyd, “los que deben elegir a los capitanes de la industria, elegidos como sirvientes y no como amos. Es por el bienestar de todos que nuestro trabajado coordinado debe ser dirigido [...] Esto es la democracia”.

 

Estas ideas son por supuesto cercanas a las de la izquierda libertaria, aunque están radicalmente en contra de las doctrinas de los sistemas de poder dominantes, ya sea que estos sean de “izquierda”, de “derecha” o de “centro”, en el sentido amplio del discurso contemporáneo. No hace mucho que han sido suprimidas. Tampoco ha sido la primera vez. Pero pueden recuperarse, como se ha hecho muchas veces.

Valores como esos también eran comunes a los fundadores del liberalismo clásico. Como sucedía antes en Inglaterra, la respuesta de los trabajadores en los pueblos industriales de Nueva Inglaterra ilustra la agudeza de la crítica de Adam Smith a la división del trabajo. Tomando las ideas típicas de la Ilustración acerca de la libertad y la creatividad, Smith reconoció que “el entendimiento de una gran parte de la humanidad está formado necesariamente por quienes ejecutan las labores comunes. Así:

“El hombre que pasa su vida ejecutando un par de operaciones simples, cuyos efectos tal vez son también siempre los mismos, o casi los mismos, no tiene posibilidad de esforzar- se en comprender [...] y suele convertirse en lo más estúpido e ignorante que resulta humanamente posible [...] Pero en toda sociedad mejorada y civilizada, ésta es la condición en la que los trabajadores pobres, es decir la gran mayoría de la gente, debe necesariamente caer, a menos que el gobierno se proponga evitarlo”.

 

Algo que es necesario para impedir el impacto destructivo de las fuerzas económicas, a su parecer. Si un artesano produce un objeto hermoso bajo órdenes de otro, escribió Wilhelm von Humboldt en un trabajo clásico que más tarde inspiraría a Mill, “tal vez admiremos lo que hace, pero rechazaremos lo que es”: no es un ser humano libre, sino meramente un instrumento en manos de otro. Por razones similares, “el peón que trabaja la tierra es tal vez su dueño en un sentido mucho más genuino que los tantos lujuriosos que gozan sus frutos”. Verdaderos conservadores siguieron reconociendo que las fuerzas del mercado destruirían el valor de la vida humana, a menos que fueran agudamente contenidas. Alexis de Tocqueville, retomando a Smith y a Humboldt un siglo más tarde, se preguntó qué “podría esperarse de un hombre que se hubiera pasado toda la vida haciendo cabezas de alfileres”. “El arte avanza, el artesano retrocede”, concluyó. Al igual que Smith, valoraba la igualdad de condiciones, reconociendo que ésa era la base de la democracia norteamericana, y

Le advirtiendo que si se establecía la “desigualdad permanente de condiciones”, “la aristocracia industrial que se desarrolla frente a nosotros” y que “es una de las más severas de la historia” podría romper sus límites, configurando el fin de la democracia. Jefferson también consideró fundamental que “la pobreza extendida y la riqueza concentrada no pueden convivir en la democracia”.

 

Fue sólo en los inicios del siglo XIX que las destructivas e inhumanas fuerzas del mercado que los fundadores del liberalismo clásico condenaron fueron elevadas a la condición de objetos de adoración, cuya santidad a se establecía por los “principios de gravitación” de Ricardo y de otros le economistas clásicos como contribución a la guerra de clases que se libraba en la Inglaterra industrial —ideas que hoy se rescatan como “la batalla  eterna por la mente de los hombres”, continuadas con una intensidad y una crueldad renovadas—.

 

Deberíamos destacar que en el mundo real estos elementos homólogos a de las leyes de Newton fueron llevados a la práctica de una forma similar a como se hace en la actualidad. Los pocos estudios sobre el tema de los historiadores de la economía estiman que alrededor de la mitad del sector industrial de Nueva Inglaterra habría quebrado de haberse abierto la economía a los productos tanto más baratos de la industria británica, también ella misma establecida y sostenida gracias a profundos recursos del poder del Estado. En gran parte esto sigue siendo así, como puede ver cualquiera que vaya más allá de la neblina retórica y observe la realidad del “liberalismo económico” y de los “valores empresariales” que protege.

 

John Dewey y Bertrand Russell son dos de los herederos del siglo XX de esta tradición, arraigados en la Ilustración y en el liberalismo clásico, una corriente que a mi entender ha sido captada de la forma más vívida por la inspiradora historia de las luchas, la organización y el pensamiento de los trabajadores y las trabajadoras que buscaron mantener y extender la esfera de la libertad y la justicia frente al nuevo despotismo del poder privado respaldado por el Estado.

 

Un problema fundamental fue formulado por Thomas Jefferson en sus últimos años, cuando observó el desarrollo de la nueva “aristocracia industrial” que alarmaba a Tocqueville. Muy preocupado por el destino de su experiencia democrática, marcó una diferencia entre los “aristócratas” y los “demócratas”. Los “aristócratas” son “aquellos que temen y desconfían del pueblo, aquellos que desean quitarle todo el poder y depositario en manos de las ciases altas”. En cambio, los demócratas “se identifican con el pueblo, confían en él, lo aprecian y lo consideran el más honesto y seguro {...] depositario del interés público”, si no siempre “el más sabio”. Los aristócratas de la época eran los defensores del surgimiento del capitalismo del Estado capitalista, que Jefferson observó con consternación, reconociendo la obvia contradicción entre la democracia y el capitalismo —o, más bien, “el capitalismo realmente existente”, vinculado estrechamente al poder del Estado—.

 

La descripción jeffersoniana de los aristócratas fue retomada y desarrollada más tarde por Bakunin, quien predijo que la “nueva clase” de intelectuales tomaría uno de dos rumbos paralelos. Podrían intentar explotar las luchas populares para tomar el poder del Estado en sus propias manos, convirtiéndose en una “burocracia roja” que impondría el régimen más cruel y despiadado de la historia, O podrían entender que el poder yace en otro lugar y se ofrecerían al “sacerdocio pago”, sirviendo a los verdaderos amos en tanto administradores o apologistas que “golpean al pueblo con el garrote del pueblo” en las democracias capitalistas de Estado.

 

Esa debe ser una de las pocas predicciones de las ciencias sociales que se ha vuelto realidad, tan dramáticamente. Sólo por eso merece un lugar de honor en el canon del prestigio, aunque probablemente tengamos que esperar mucho para ver que eso suceda.

 

“Amor severo”

 

Creo que existe una espeluznante similitud entre la época actual y los tiempos en que la ideología contemporánea, llamada hoy “neoliberalismo” o “racionalismo económico”, fue articulada por Ricardo, Malthus, entre otros. Su tarea era demostrar al pueblo que carecía de derechos, al contrario de lo que tontamente creía. En efecto, esto era probado “científicamente”. El grave error intelectual de la cultura precapitalista fue dar lugar a la creencia de que la gente tenía un lugar en la sociedad y un derecho a ese lugar, tal vez un lugar fatal pero un lugar al fin. La nueva ciencia demostró que el concepto del “derecho a la vida” era una simple falacia. Había que explicarle con paciencia a la gente equivocada que en realidad no tenían derechos más allá de su derecho a probar suerte en el mercado. Una persona sin fortuna propia que no puede sobrevivir en el mercado de trabajo “no puede reclamar su derecho a la más mínima porción de comida y, de hecho, no tiene nada que hacer en donde está”, declaró Malthus en su influyente obra. Es un “gran mal” y una profunda violación de “la libertad natural” que engañemos a los pobres para que crean que tienen mayores derechos, sostuvo Ricardo, indignado por este asalto contra los principios de la ciencia económica y la racionalidad más elemental, así como contra las reglas morales también destacadas. El mensaje es sencillo. Tienes una elección simple: el mercado de trabajo, las casas de trabajo*, la muerte o el escape hacia algún otro lugar —algo no muy difícil gracias a que enormes extensiones de tierra se abrían a causa del exterminio y la expulsión de las poblaciones indígenas, por razones que no son precisamente las de los principios del mercado—.

 

Nadie superó a los fundadores de la ciencia en su devoción por “la felicidad del pueblo”, e incluso defendieron en cierta medida el sufragio con este fin: “No extendido universalmente a todos, sino a quienes se supone que no tienen interés alguno en destruir el derecho de propiedad”, explicaba Ricardo, agregando que algunas restricciones incluso más duras serían adecuadas si se hiciera evidente que “limitar el sufragio electoral a los límites más estrechos” garantizaría más “seguridad en la elección apropiada de los representantes”. Hay una extensa serie de ejemplos similares en el pensamiento actual.

 

Es útil recordar lo que sucedió cuando las leyes del racionalismo económico fueron formuladas e impuestas —en su ya conocida dualidad: disciplina de mercado para los débiles, pero asistencia del Estado guardián para proteger a los ricos y privilegiados cuando sea necesario—. Hacia la década de 1830, la victoria de la nueva ideología era ya considerable y sería consolidada en los años siguientes. Sin embargo, existía un ligero problema. La gente no lograba comprender que no tenía derechos propios. Por su ignorancia y estupidez, no conseguían captar la simple verdad de que no tenían derecho a la vida y respondieron de formas absolutamente irracionales. Por un tiempo, el ejército británico gastó una gran parte de sus energías sofocando manifestaciones. Más tarde las cosas tomaron un rumbo más siniestro. La gente comenzó a organizarse. El cartismo y luego el movimiento obrero se volvieron fuerzas significativas. En ese momento, los amos comenzaron a tener algo de miedo, al reconocer que ellos podían negarles el derecho a la vida, pero el pueblo podía negarles el derecho al gobierno. Había que hacer algo.

 

Afortunadamente apareció la solución. La “ciencia”, un poco más flexible que la de Newton, comenzó a cambiar. Para mediados de siglo, había sido considerablemente reformada a manos de John Stuart Mill e incluso de personajes consecuentes como Nassau Senior, anteriormente un exponente de la ortodoxia. Resultó que los principios de gravitación ahora incluían ciertos elementos rudimentarios de lo que lentamente se convirtió en el Estado de bienestar, con una suerte de contrato social, establecido por medio de la larga y dura lucha, con muchos retrocesos pero también con grandes éxitos.

 

Hoy existen intentos de revertir la historia, de volver a los días en que los principios del racionalismo económico reinaron por un tiempo, demostrando seriamente que la gente no tiene derechos más allá de los que obtenga en el mercado de trabajo. Y como actualmente el mandato de “irse a otra parte” no funciona, las opciones se reducen al hambre o a la casa de trabajo, como si fuera una ley natural que determina que cualquier intento de beneficiar a los pobres en realidad los perjudicaría. Por supuesto, esto sólo se aplica a los desamparados: los ricos, en cambio, son milagrosamente ayudados, cuando el Estado interviene salvando a los inversores luego del colapso del tan publicitado “milagro económico” mexicano, ayudando a los bancos y las industrias en quiebra o dejando a Japón fuera del mercado interno estadounidense para que las corporaciones locales puedan reconstruir las industrias del acero, de los repuestos de automóviles y la electrónica durante la década de 1980 —en medio de una impresionante retórica sobre las bondades del libre mercado formulada por uno de los gobiernos más proteccionistas que haya habido desde la posguerra y por sus acólitos—. Hay mucho más, esto es sólo lo que se ve. Pero todo el resto está sujeto a los principios de hierro del racionalismo económico, llamado a veces “amor severo” por sus beneficiarios.

 

Desafortunadamente, ésta no es una parodia. De hecho, a duras penas es posible parodiarlo. No podemos dejar de recordar las desesperantes palabras de Mark Twain en sus —largamente ignorados— ensayos antiimperialistas acerca de su incapacidad para satirizar a uno de los admirados héroes de la matanza de los filipinos: “Ninguna sátira de Funston podría ser perfecta, porque Funston está en la verdadera cumbre [...] [es] la sátira encarnada”.

 

Lo que se reporta con indiscreción en las primeras planas provocaría el ridículo y el horror en una sociedad con una cultura intelectual verdaderamente democrática y libre. Simplemente tomemos un ejemplo. Tomemos la capital económica de uno de los países más ricos del mundo:

Nueva York. Su alcalde, Rudolph Giuliani, finalmente desenmascaró sus políticas fiscales, que incluyen un cambio radicalmente regresivo en las cargas tributarias: reducción de impuestos para los ricos —“Todos los recortes impositivos del alcalde benefician a las empresas”, señaló The New York Times en letra pequeña— y aumento de impuestos a los pobres —encubiertos en aumentos en las tarifas de transporte para los escolares y para los trabajadores, clases particulares más caras en las escuelas estatales, etcétera—. Aparejados con enormes recortes en los fondos públicos que sirven a las necesidades públicas, estas medidas deberían ayudar a que los pobres se vayan a otra parte, explicó el alcalde. Estas medidas los “ayudarían a moverse libremente por todo el país”, comentaba el informe del Times bajo el título: “Giuliani ve que el recorte a la asistencia social brinda mayores posibilidades de movimiento”.

 

En pocas palabras, aquellos que estaban aprisionados por el sistema de asistencia social y de servicios públicos han sido por fin liberados de sus cadenas, como decían los fundadores de las ideas del liberalismo clásico en sus tan demostrados teoremas. Y es todo por su bien, explica la renovada ciencia. Admirando esta imponente muestra de encarnada racionalidad, la compasión por los pobres nos llena de lágrimas.

 

¿Adónde irán las masas liberadas? Tal vez vayan a las favelas fuera de la ciudad, para ser “libres” y encontrar la forma de hacer nuevamente el trabajo sucio de quienes están habilitados para gozar de la ciudad más rica del mundo, una ciudad con una desigualdad más grande que la de Guatemala y un 40% de niños bajo la línea de pobreza, todo eso previamente a que fueran instituidas estas nuevas medidas de “amor severo”.

 

Todos aquellos sentimentales que no puedan entender los favores que se prodigan a los pobres deberían poder ver al menos que no hay alternativa. “La lección de los próximos años tal vez sea que Nueva York simplemente no es lo suficientemente rica o económicamente potente como para sostener el enorme sector público que desarrolló en el período posterior a la Gran Depresión”. Esto aprendemos de una opinión experta que se publicó en otra primera plana del Times.

 

La pérdida de poder económico es suficientemente cierta, en parte como resultado de programas de “desarrollo urbano” que eliminaron la incipiente base industrial a favor del creciente sector financiero. La riqueza de la ciudad, por otro lado, es un asunto distinto. La opinión experta que consultó el Times fue el informe a inversores de la firma J. P. Morgan, quinta en el ranking de bancos comerciales en la lista de 500 de la edición de Fortune de 1995 y con pequeñas ganancias de sólo 1.200 millones de dólares en 1994. De seguro no fue un gran año para J. P. Morgan en comparación con el “asombroso” aumento de ganancia del 54%, con un simple aumento del 2,6 en empleo y 8,2 en ventas en uno de los “años más beneficiosos de los negocios norteamericanos”, en las emocionantes palabras de Fortune. La prensa empresarial aclamó “otro año emblemático para las ganancias corporativas norteamericanas”, mientras que “la riqueza neta de Estados Unidos parece haber caído” en este cuarto año consecutivo de aumentos de dos dígitos en las ganancias y en el decimocuarto año seguido de caída del salario real. Los 500 más importantes de Fortune han alcanzado nuevos picos de “poderío económico”, con ingresos cercanos a dos tercios del producto bruto interno, bastante más que Alemania o Gran Bretaña. Y ni hablar de su poder sobre la economía global —una concentración impresionante de poder en tiranías privadas totalmente herméticas al público, otro golpe a la democracia y los mercados—.

 

Vivimos en “una época difícil y dura” en la que hay que ajustarse los cinturones. Y así el engaño persiste. En realidad, el país está inundado de capitales, con una “oleada de ganancias” que “desbordan las arcas de la Norteamérica corporativa”, dijo entusiasmada la revista Business Week incluso antes de que llegaran las grandes noticias anunciando que se había superado el récord en el último cuatrimestre de 1994, con “un fenomenal crecimiento del 7 1%” para las 900 compañías que se ubicaban en el “Marcador Corporativo” de Business Week. Y en tiempos tan difíciles, ¿qué otra opción más que “brindar posibilidades de moverse” a las masas ya liberadas?

 

“Amor severo” es la expresión correcta: amor para los ricos y privilegiados y severidad para todos los demás.

 

La campaña para revertir los cambios en el plano político, social, económico e ideológico se aprovecha de las posibilidades otorgadas por importantes cambios de poder en los últimos veinte años, a favor de los opresores. El nivel intelectual del discurso predominante está por debajo de lo despreciable. Su nivel moral es grotesco. Pero el juicio de las perspectivas que yacen detrás no es poco realista. Esta es, a mi parecer, la situación en la que nos encontramos hoy cuando tenemos que pensar en nuestras metas y en nuestros ideales.

 

Como siempre, podemos elegir entre ser demócratas en el sentido de Jefferson o podemos ser aristócratas. La segunda opción nos ofrece enormes recompensas en materia de riqueza, privilegio y poder, es decir, nos ofrece todos los fines que naturalmente busca. El otro es un camino de lucha, muchas veces de fracaso, pero también de recompensas inimaginables para quienes sucumben ante “el nuevo espíritu de la época: acumular fortuna, olvidándose de todo menos de uno mismo”.

 

El mundo actual dista mucho de ser el de Thomas Jefferson o el de los trabajadores de mediados del siglo XIX. Las opciones que nos ofrece, sin embargo, son básicamente las mismas.

 

Este artículo fue publicado en Chomsky, Noam, Power andProspects:

Reflections on Human Nature and the Social Ordet St. Leonards,

New South Wales: Allen & Unwin (1996),

Boston: South End Press, (1996) pp. 70-93.

 

Palabras claves anarquismo
publicado por macongo a las 17:14  ·  1 Comentario  ·  Recomendar
 
Comentarios (1)  ·  Enviar comentario
Waou, me lo voy a imprimir y lo debatimos :P
publicado por =Patricia=, el 04.09.2007 22:30
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