
Noam
Chomsky, “Escritos Libertarios”, Le Monde Diplomatique.
Metas e
ideales
Al
hablar de metas e ideales pienso en una distinción práctica más que en una diferencia
de principios. Como suele suceder en todos los problemas humanos, la perspectiva
que más importa es la práctica. El conocimiento teórico que tenemos es demasiado
débil aún para cargarlo con tanta responsabilidad.
Cuando
hablo de ideales me refiero a la imagen de la sociedad futura que tenemos y que
orienta nuestras acciones presentes, la imagen de una sociedad en la que consideramos
que una humanidad decente querría vivir. Cuando hablo de metas me refiero a las
elecciones y a las tareas que están a nuestro alcance y que buscamos incansablemente
siguiendo un ideal que resulta más distante y difuso.
Cualquier
visión inspiradora se basa en una concepción de la naturaleza humana, una
concepción de lo que es mejor para la gente, de sus necesidades y sus derechos,
de los aspectos de su naturaleza que deberían ser alentados, estimulados y
liberados por el bienestar común. La concepción de la naturaleza humana en la
que se basan nuestros ideales suele permanecer tácita y poco definida, pero
siempre existe, tal vez implícitamente, ya sea que uno prefiera dejar las cosas
como están, preocuparse sólo por uno mismo, esforzarse por hacer cambios,
pequeños o revolucionarios.
Podemos
decir que esto se aplica al menos a todos aquellos que se consideren agentes
morales, no monstruos, es decir a veces se preocupan por lo que hacen o dejan
de hacer.
Nuestro
conocimiento es poco profundo en lo que respecta a todo esto. Como en casi
todas las esferas de la vida humana actuamos
sobre la base de la intuición y de la experiencia, sobre la base de nuestras
esperanzas y miedos. Los tomamos de acuerdo con una evidencia imperfecta y con
un conocimiento limitado y, aunque nuestros ideales pueden y deben ser una
guía, son, en el mejor de los casos, una muy parcial. Al menos en lo que
respecta a la gente que se preocupa por las consecuencias de sus actos, no son
claros ni estables. La gente sensata será aquella que busque articular con
mayor claridad los ideales que la estimulan y rute evaluarlos de manera crítica
a la luz de la razón y la experiencia. Mientras tanto, la base es bastante
insignificante y no parece haber evidencia de cambios próximos en este sentido.
Las frases hechas son muy fáciles de repetir. Pero no sirven de mucho cuando de
lo que se trata es de tomar decisiones reales.
Las metas contra los
ideales
Puede
parecer que las metas y los ideales chocan y en ocasiones es así. En verdad,
sabemos por la experiencia común que no es algo contradictorio. Permítanme dar
mi propio ejemplo para ilustrar lo que intento decir.
Mis
ideales personales son los de la tradición anarquista, que se originaron en la Ilustración y en el
liberalismo clásico. Antes de continuar, debo hacer una aclaración: no me
refiero a la del liberalismo clásico que fue reconstruida con propósitos
ideológico, sino a la versión original, la que fue aplastada por el surgimiento
del capitalismo industrial, como bien sostuvo Rudolph Rocker en un clásico
trabajo sobre el anarcosindicalismo hace ya sesenta años.
Con
el desarrollo en la modernidad del capitalismo de Estado, los sistemas
políticos, económicos e ideológicos fueron crecientemente tomados por enormes
instituciones privadas tiránicas que se parecen más al ideal totalitario que
cualquier otro caso que la historia haya
visto. “Dentro de la corporación dijo hace ya medio siglo el economista
político Robert Brady— todas las políticas emanan del control que viene de
arriba. En la unión de este poder para determinar la política con la ejecución
del mismo, toda la autoridad procede necesariamente de arriba hacia abajo y
toda la responsabilidad de abajo hacia arriba.
Esto
es por supuesto, lo contrario del control ‘democrático’: en realidad mantiene
las condiciones estructurales del poder dictatorial”. “Lo que en los círculos
políticos se denomina poder legislativo, judicial y ejecutivo” está concentrado
en “agentes controladores” que, “en lo que respecta a la formulación y la
ejecución de políticas, se encuentran en la punta de la pirámide y se mueven
sin control alguno de parte de la base”. A medida que el poder privado “crece y
se amplía” se transforma “en una fuerza colectiva tan potente y consciente
políticamente”, tan dedicada a “los programas de propaganda” que “se vuelve una
cuestión de hacer que el público adopte [...] el punto de vista de quienes
controlan la pirámide”. Dicho proyecto, ya importante en la época en que lo
veía Brady, alcanzó una escala gigantesca unos años más tarde, cuando las
empresas norteamericanas intentaron contrarrestar las corrientes
socialdemócratas de la posguerra, que también habían llegado a Estados Unidos,
y trataron de triunfar en lo que sus líderes llamaban “la eterna batalla por la
mente de los hombres”, utilizando los enormes recursos de la industria de
relaciones públicas, de la industria del entretenimiento, de los medios de
comunicación corporativos y de todo lo que “los controladores de la pirámide”
pudieron conseguir del orden social y económico. Estos son rasgos fundamentales
del mundo moderno, como revelan dramáticamente algunos estudios verdaderamente
profundos.
Las
“instituciones bancarias y las compañías financieras” de las que nos advertía
Thomas Jefferson en sus últimos años —diciendo que, de no ser contenidas, se convertirían
en una forma de absolutismo que destruiría el sueño de la revolución democrática—
han cumplido desde entonces sus expectativas más extremas. Se han vuelto en
gran medida herméticas y crecientemente inmunes a la intervención popular y a
la supervisión pública, además de haber ganado y seguir aumentando su control
sobre el orden global.
Quienes
están dentro de esas estructuras jerárquicas de mando reciben órdenes de los de
arriba y dan órdenes a los de abajo. Quienes están fuera pueden intentar venderse
al sistema del poder, pero les resulta imposible relacionarse con él de
cualquier otra forma —excepto comprando lo que ofrece, si eso está dentro de
sus posibilidades—. La complejidad del mundo no puede abarcarse en una simple
descripción, pero Brady es en verdad bastante preciso, más aún hoy que cuando
escribió su obra.
Deberíamos
agregar que el extraordinario poder del que gozan las corporaciones y las
instituciones financieras no es resultado de una elección popular. Fue diseñado
y creado por cortes y abogados a través de la construcción de un Estado
desarrollado que sirve a los intereses del poder privado, y extendido mediante
la guerra entre Estados en busca de privilegios especiales, algo nada difícil
para las grandes instituciones privadas. Esta es la principal razón por la que
el Congreso, dirigido por los intereses empresariales en un grado pocas veces
visto, intenta desarrollar la autoridad federal para los Estados, más fácilmente
amenazados y manipulados. Estoy hablando de Estados Unidos, en donde el proceso
ha sido bastante bien estudiado en la academia. Hablaré de este caso. Sin
embargo, hasta donde sé, la situación es básicamente la misma en todos lados.
Tendemos
a pensar que las estructuras de poder presentes son inmutables, prácticamente
naturales. En realidad, son todo menos eso. Estos tipos de tiranía privada sólo
cobraron su forma actual. Con derechos de inmortalidad, a principios de siglo
XX. Las garantías de derechos y la teoría legal que las respaldan se basan en
fundamentos intelectuales bastante similares a los que crearon los otros dos
principales totalitarismos del siglo XX: el fascismo y el bolchevismo. No ha
razón alguna para pensar que esta tendencia será más duradera que sus infames
hermanas.
Convencionalmente
se restringe el uso de términos como “totalitario” o “dictadura” al poder
político. Brady innova al romper con esa convención tan natural que permite
quitar de la vista del público los centros verdaderos de la toma de decisiones.
Dichos intentos son lógicamente esperables en una sociedad basada en la
autoridad ilegítima. Es decir en cualquier sociedad actual. Por eso se suelen
privilegiar los relatos sobre los rasgos y los fracasos personales o sobre las
prácticas culturales, trabajos más vagos e imprecisos, que los estudios sobre
la estructura y la función de las instituciones del poder.
Cuando
hablo del liberalismo clásico, me refiero a las ideas que fueron barridas, en
gran medida, por la aparición de la autocracia estatal capitalista. Estas ideas
sobrevivieron —o, más bien, fueron reinventadas— de distintas maneras en la
cultura de resistencia contra las nuevas formas de opresión, jugando el papel
de ideal inspirador de las luchas populares que consiguieron ampliar
considerablemente el alcance de la libertad, la justicia y los derechos. También
fueron retomadas, adaptadas y desarrolladas dentro de las corrientes
libertarias de izquierda. De acuerdo a esta visión anarquista, toda estructura
de jerarquía y autoridad carga con la pesada obligación de justificarse, ya sea
que ésta implique relaciones personales o que se trate de un orden social
mayor. Si esa necesidad no se puede cubrir —en ocasiones se puede— entonces la
institución es ilegítima y debe ser desmantelada. Si el desafió se plantea
honestamente y se enfrenta como es debido, pocas veces es superado. Para eso
están los verdaderos libertarios.
El
poder estatal y la tiranía privada son los mejores ejemplos que rozan el
límite, pero en realidad la cuestión se pone en juego en muchos otros puntos:
en las relaciones entre padres e hijos, entre maestros y estudiantes, entre
hombres y mujeres, entre quienes viven hoy y las generaciones futuras que
estarán obligadas a vivir con los resultados de nuestras acciones.
Efectivamente, prácticamente en todos lados.
Particularmente
el ideal anarquista, en casi todas sus formas, ha esperado con ansias el
desmantelamiento del poder estatal. Personalmente, comparto ese ideal, pero
choca directamente con mis metas. He ahí la tensión de la que hablaba antes.
Mis
metas a corto plazo son defender e incluso fortalecer ciertos elementos de la
autoridad estatal que, a pesar de su naturaleza básicamente ilegítima, son
absolutamente necesarios en este momento para combatir los intentos dedicados a
revertir el progreso alcanzado en la extensión de la democracia y los derechos
humanos. En las sociedades más democráticas, la autoridad estatal sufre hoy un
ataque, pero no porque entre en contradicción con el ideal libertario. Más
bien, sucede lo contrario: ofrece una protección, muy débil por cierto, a
ciertos aspectos de dicho ideal. Los gobiernos tienen un defecto fatal: a
diferencia de las tiranías privadas, las instituciones del poder y la autoridad
estatal le ofrecen al menospreciado público la oportunidad de jugar un papel,
aunque muy limitado, en la gestión de sus propios asuntos. Es un defecto que
los amos no pueden tolerar, sintiendo hoy, lógicamente, que las
transformaciones en el orden político y económico internacional generan
posibilidades de crear una suerte de “utopía” para los poderosos, con una
lúgubre perspectiva para los demás. No creo que sea necesario ser más claro.
Los efectos son obvios incluso en las sociedades más ricas, desde los rincones
de poder a las calles, el campo y las prisiones. Por razones que merecen
atención pero que van más allá del objeto de este artículo, la campaña de
restablecimiento es actualmente encabezada por los sectores dominantes de
sociedades en las que los valores que se intentan destruir han sido bastante
desarrollados, es decir en el mundo angloparlante. A pesar de lo irónico de la
situación, no es nada contradictorio.
Vale
la pena recordar que la realización de este sueño utópico de los poderosos se
ha anunciado con voces de gloria desde los primeros años del siglo XIX (luego
volveré a tratar este período. Para la década de 1880, el artista
revolucionario socialista William Morris escribía:
“Estoy
consciente de que la opinión dominante en la actualidad es que el sistema de
competencia o del sálvese quien pueda” es el último sistema económico de la
humanidad; que su perfección, y por lo tanto su finalidad, han sido alcanzadas.
Sin duda, desafiar esta opinión, que hoy es sostenida incluso por los mayores
eruditos, es un acto de valentía.
Si
la historia está efectivamente en su fin, como se ha proclamado con tanta seguridad,
entonces “la civilización está condenada a la muerte”. Pero agrega que la
historia niega esta posibilidad. La idea de que “la perfección” estaba a pocos
metros surgió nuevamente en la década de 1920. Con un fuerte apoyo de la
opinión liberal y, por supuesto, del mundo empresarial, el Temor Rojo de
Woodrow Wilson había socavado exitosa- mente los sindicatos y el pensamiento independiente.
permitiendo que se estableciera una época de dominio empresarial que parecía
consolidar su permanencia: Con el colapso de los sindicatos, los trabajadores
se habían quedado sin poder y casi sin esperanza durante el auge
automovilístico. El aplastamiento de las asociaciones y los derechos obreros,
frecuentemente ejecutados mediante la violencia, impactó incluso a la prensa
británica de derecha. Un viajero australiano. Impresionado por la debilidad de
los sindicatos norteamericanos, observo en 1928 que “la organización de los
trabajadores existe sólo bajo la tolerancia de los patrones [...] No tiene
ningún peso real en la determinación de las condiciones de la producción”.
Nuevamente,
los años siguientes demostraron que las esperanzas eran prematuras. Pero estos
sueños recurrentes nos brindan un modelo de lo que “los controladores de las
pirámides” y sus agentes políticos
Intentan
reconstruir hoy.
En
el mundo actual, creo que las metas de un anarquista comprometido deberían basarse
en la defensa de algunas instituciones estatales en contra del ataque que
sufren, intentando al mismo tiempo que se abran a una participación pública
mayor. En última instancia, el objetivo es su desmantelamiento en una sociedad
mucho más libre, en caso de que se den las condiciones necesarias.
Ya
sea correcta o incorrecta —lo que depende de un juicio incierto— esta postura
no pierde fuerza por la aparente contradicción entre las metas y los ideales.
Por el contrario, esta contradicción es un rasgo normal de la vida cotidiana,
algo inevitable con lo que tenemos que lidiar.
La “concepción humanista”
Teniendo
esto en mente, me gustaría volver sobre el problema mucho más amplio de los
ideales. Es un tema particularmente importante en la realidad actual, si consideramos
los crecientes intentos de revertir, socavar y desmantelar las victorias conseguidas
por medio de largas y muchas veces crudas luchas populares. Son cuestiones de
una importancia histórica, muchas veces encubiertas por la deformación y el engaño
de las campañas diseñadas para “hacer que el público adopte el punto de vista
de quienes controlan la pirámide”. Es uno de los mejores momentos para pensar
en los ideales y en los sueños que se articularon, se modificaron, se
reformaron e incluso a veces se volvieron todo lo contrario a lo que eran con el
desarrollo de la sociedad industrial hasta la actualidad, con una asalto masivo
a la democracia, a los derechos humanos e incluso a los mercados, mientras que
al mismo tiempo la victoria de estos valores es declarada por aquellos que
encabezan su destrucción —un proceso que recibirá enorme aceptación por parte
de quienes conozcan lo que en tiempos de mayor honestidad se llamaba
“propaganda”—. Se trata de un momento histórico tan interesante desde el punto
de vista intelectual como siniestro desde el punto de vista humano.
Permítanme
comenzar esbozando el punto de vista de dos pensadores destacados del siglo XX,
Bertrand Russell y John Dewev, quienes tenían enormes diferencias, pero
acordaban en lo que Russell llamaba “la concepción humanista”: en palabras de Dewey,
se trata de la creencia en que la “meta final” de la producción no es la
producción de bienes sino la de “hombres libres asociados entre sí en términos
de igualdad”. La meta de la educación, según Russell, es “dar un sentido a las
cosas que no sea el de la dominación”, ayudar a crear “ciudadanos sabios en una
comunidad libre” en la que puedan florecer tanto la libertad como la
“creatividad individual” y en la que los trabajadores sean amos de su propio
destino y no meras herramientas de la producción. Las estructuras ilegítimas de
la coerción deben ser desentrañadas; especialmente. la dominación de “los
negocios para la ganancia privada a través del control privado de la banca, la
tierra y la industria, reforzados por el control de la prensa, los agentes de
prensa y otros medios de publicidad y propaganda” (Lewey). Sostenía Dewey que a
menos que todo eso sea alcanzado hablar de democracia no tiene demasiado
sentido. La política seguirá siendo “una sombra tendida sobre la sociedad por
los grandes negocios [y] el aplacamiento de esa sombra no cambiará su
naturaleza”. Las formas democráticas no tendrán sustento real y la gente
trabajará “sin libertad ni inteligencia, sino solamente por lo que se gane”, lo
que resulta “antiliberal e inmoral”. Por lo tanto, la industria debe pasar de
ser “un orden social feudal para ser un orden democrático”, basado en el
control de los trabajadores, la asociación libre y la organización federativa,
todas ideas que se enmarcan dentro del estilo de un espectro de pensamiento que
incluye no sólo a muchos anarquistas sino también a las ideas socialistas
gremiales de G. D. H. Cole y a marxistas del ala izquierda como Antón
Pannekoek, Rosa Luxemburgo y Paul Mattick, entre otros. Las opiniones de
Russell al respecto eran bastante parecidas.
Los
problemas de la democracia fueron el nudo principal del pensamiento y el compromiso
directo de Dewey. Fue un pensador perteneciente a la corriente dominante
norteamericana. Americano como el pastel de manzana”, según el refrán popular. Resulta
bastante interesante entonces que las ideas que expresó hace no tamos años sean
hoy vistas por una gran parte de la cultura intelectual como extravagantes o
algo peor —para quienes las conocen— y que incluso se las califica de “antiamericanas”
en ciertos sectores influyentes.
Cabe
destacar que esto último es bastante interesante y revelador, a que se trata de
un problema actual. Solemos esperar que nociones como ésta aparezcan en las
sociedades más totalitarias. En los días del estalinismo, por ejemplo, los
críticos y disidentes eran calificados de “antisoviéticos”, un crimen
intolerable. Asimismo, los generales brasileños neonazis y otros del estilo
utilizaban categorías similares. Pero su aparición en sociedades tanto más
libres, en las que la subordinación al poder es voluntaria y no forzada es un
fenómeno mucho más significativo. En cualquier lugar en donde haya el más
mínimo sustrato de cultura democrática, conceptos como esos resultan ridículos.
Pensemos cuál sería la respuesta en Milán o en Oslo a un libro titulado Antiitalianismo
o Los antinoruegos y que denunciara verdaderos o falsos delitos de quienes no
respetan como es debido a las creencias de la fe secular. En las sociedades angloamericanas,
sin embargo —inclusive en Australia, por lo que he visto— expresiones como
éstas obtienen bastante respeto y seriedad en algunos círculos importantes, lo
que no es más que un síntoma de un serio deterioro de los valores democráticos
normales.
Las
ideas expresadas en un pasado no tan distante por ciertas figuras destacadas como
Russell y Dewey se arraigan en la Ilustración y en el liberalismo clásico y mantienen
su carácter revolucionario, en la educación, en el trabajo y en otros planos de
la vida. De ser implementadas, permitirían despejar el camino para el libre
desarrollo de seres humanos cuyos valores no fueran la acumulación y la
dominación, sino la independencia de pensamiento y de acción, la libre
asociación en igualdad y la cooperación con vista a objetivos comunes. Gente
así compartiría el desprecio que sentía Adam Smith por las “metas sórdidas” y
“malvadas” de “los amos de la humanidad” y por sus “viles máximas”: “Todo para
nosotros y nada para el resto”, esos principios directores que aprendemos a
admirar y adorar mientras que los valores tradicionales son deshechos por
incesantes ataques. Fácilmente entenderían qué fue lo que llevó a una figura
precapitalista como Adam Smith a advertir acerca de las nefastas consecuencias
de la división del trabajo y a basar su bastante matizada defensa de los mercados
en la creencia de que, en condiciones de “perfecta libertad”, habría una tendencia
natural hacia la igualdad, lo que obviamente no es más que una expresión de deseo
sobre fundamentos morales elementales.
La
“concepción humanista” expresada por Russell y Dewey en un período más civilizado,
y que resulta ser bastante similar a la de la izquierda libertaria, está
radicalmente en pugna con las corrientes más destacadas del pensamiento
contemporáneo: las ideas directrices de orden totalitario diseñado por Lenin y
Trotsky y aquellas de las sociedades capitalistas de Occidente. Afortunadamente,
uno de estos sistemas ha caído. El otro, en cambio, ha entrado en una marcha
regresiva hacia lo que puede ser un futuro terrible.
“El nuevo espíritu de la
época’
Es
importante reconocer la forma tan tajante dramática en que chocan los valores
de la concepción humanista y los que reinan hoy. Las ideas que la prensa obrera
de mediados del siglo XIX denunciaba bajo el nombre de “el nuevo espíritu de la
época: ganar fortunas olvidándose de todo menos de uno mismo”, las “viles
máximas” de las que hababa Smith, un conjunto de creencias tan degradantes y
vergonzosas que ninguna persona decente podría tolerarlas. Es interesante
rastrear la forma en que evolucionaron los valores desde figuras
precapitalistas corno Smith. Con todo el acento que él ponía en la compasión,
en las metas de la libertad y la igualdad y en el derecho elemental al trabajo
crean’ o satisfactorio, hasta aquellos que celebraron “el nuevo espíritu de la época”.
Frecuentemente invocando sin pudor el nombre de Smith. No hablemos de las
barbaridades que suelen desfigurar las instituciones ideológicas. Hablemos, en
cambio, de alguien a quien podamos tomar en serio, como el premio Nobel de
Economía James Buchanan, quien nos dice que la sociedad ideal es anárquica, una
sociedad en la que ningún hombre ni ningún grupo puede forzar a otro”. Luego
hace el siguiente comentario, desde un lugar de autoridad:
La
situación ideal de cualquier persona es la que le permite absoluta libertad de
acción e impide la conducta de los otros para así obligarlos a seguir sus
propios deseos personales. Lo que significa que cada uno busca ser amo en un
mundo de esclavos.
Se
trata de una reflexión que Adam Smith hubiera considerado enfermiza, como también
lo habrían hecho Wilhelm von Humbolt, Joii Stuar Mill o cualquier pensador cercano
a la tradición del liberalismo clásico
—sin
embargo parece ser que, aunque no lo hayamos notado, ése es el sueño de todos—.
Un
interesante ejemplo del estado de nuestra cultura intelectual y de sus valores
dominantes es el comentario hecho acerca de los difíciles problemas que se
enfrentan a la hora de levantar a los pueblos de Europa Oriental, por fin
liberados, para poder darles el cariño que hemos venido prodigando a todos
durante estos últimos siglos. Las consecuencias parecen expresarse claramente
en una colección impresionante de cámaras del horror alrededor de todo el
mundo, pero milagrosamente —y en realidad por fortuna— nos enseñan acerca de los
valores de nuestra civilización y los principios que guían a nuestros nobles
líderes. Sólo los “antiamericanos” y ese tipo de gente podrían estar tan locos
como para sugerir que nuestra consecuente historia tal vez amerite ciertas
observaciones críticas. Ahora por fin se nos presentan nuevas oportunidades de
beneficio. Podemos ayudar a los pueblos que se liberaron de la tiranía comunista
para que al fin sean, o casi sean, como los dichosos bengalíes, los haitianos,
los brasileños, los guatemaltecos, los filipinos o como los indígenas de
cualquier lugar del mundo. Tan afortunados como los esclavos africanos.
A
fines de 1994, el The New York Times publicó una serie de artículos que
mostraban cómo estaban nuestros alumnos. El que trataba de Alemania del Este comenzaba
citando a un sacerdote que lideraba las protestas populares contra el régimen
comunista. Describe de esta forma sus crecientes preocupaciones acerca de lo
que está sucediendo con su sociedad: “La competencia brutal y la sed de dinero
están destruyendo nuestro sentido de comunidad. Prácticamente todo el mundo se
siente un poco atemorizado, deprimido o inseguro”, mientras dominan las
técnicas que hemos ofrecido a los pueblos atrasados del mundo. Pero su
respuesta no nos enseña nada.
El
caso ejemplar del que todos se sienten orgullosos es Polonia, en donde “el
capitalismo ha sido más benevolente” que en ningún otro lugar, nos informa Jane
Perlez bajo el título “Carriles rápidos y lentos en el camino hacia el
capitalismo”: algunos polacos lo empiezan a entender, otros tardan un poco más.
Perlez
nos da ejemplos de los dos casos. El buen alumno es el dueño de una pequeña
fábrica, el “próspero ejemplo’ de lo mejor de la moderna Polonia capitalista.
Gracias a los préstamos sin interés de esta nueva y floreciente sociedad de
libre mercado, su fábrica produce “glamorosos vestidos de lentejuelas” y
“vestidos de bodas con diseños sofisticados”, vendidos en su mayoría a alemanes
ricos, pero también a los polacos más prósperos. Mientras tanto, informa el
Banco Mundial. La pobreza se ha duplicado a partir de las nuevas reformas, el
salario real ha caído un 30% y para fines de 1994 se espera que la economía polaca
alcance el 90% de su producto bruto interno previo a 1989. Pero el capitalismo
ha sido más benevolente”: la gente hambrienta puede apreciar los signos del
repentino consumo”, admirando los vestidos de boda en las vidrieras de las
tiendas más elegantes, “los automóviles extranjeros con matriculas polacas”
cuyos motores braman en la ruta de Varsovia a Berlín y viendo a “las nuevas ricas, que llevan
teléfonos celulares de 1.300 dólares en el bolsillo”.
“La
gente debe aprender que debe luchar por si misma que no puede confiar en los
demás”, explica una consejera laboral en República Checa. Preocupada por “la consolidación
de una clase desposeída”, dirige una clase para enseñar nuevas actitudes a
quienes tenían abres igualitarios metidos en la cabeza” en los días en que el
lema de orgullo era: ‘Soy un minero, ¿quién es mejor que yo?”. Los buenos alumnos
ahora saben la respuesta a esta pregunta: los mejores son los miembros de la ex
Nomenclatura, más ricos que lo que jamás hubieran soñado ahora que se han
vuelto agentes de las empresas extranjeras. Que lógicamente los favorecen por
sus habilidades y por su experiencia: los banqueros están insertos en el
negocio a través de “la red de los viejos amigos”; las mujeres polacas
disfrutan de los deleites del consumo: el gobierno ayuda a los fabricantes de
vestidos elegantes para exportárselos a otras mujeres. En pocas palabras, gente
decente.
Ese
es el éxito de los valores norteamericanos. Luego tienen los fracasos, que aún
van por el carril lento. Perlez toma como ejemplo a un minero de cuarenta y
tres años, que “se sienta en su sala de estar con paneles de madera admirando
los frutos de su trabajo bajo el comunismo: un set de televisión, muebles
cómodos, una cocina moderna y brillante”. Actualmente desempleado tras pasar
veintisiete años en las minas y pensando hoy en los viejos tiempos. “Eran
fantásticos —dice—y la vida era segura y cómoda”. No es un buen alumno, aprende
lentamente: cree que los nuevos valores son “inconmensurables” y no logra
entender por .n esa e: su casa, sin trabajo y dependiendo de la asistencia
social. Preocupándose por sus diez hijos, sin poder “ganar fortuna, olvidándose
de todo menos de si mismo”.
Es
lógico entonces que Polonia se haya ganado también un lugar en el estante junto
al resto de los trofeos, inspirando orgullo y presunción.
La
región está llena de otros malos alumnos, un problema tratado en un “informe global”
del Christian Science Monitor realizado por corresponsales en el anterior mundo
comunista. Un empresario se quejó de que “ofreció a un compatriota ucraniano
cien dólares al mes para que lo ayudara a cultivar rosas en un terreno privado”
—en otras palabras, que trabajara para él—. “En comparación con los cuatro
dólares que el hombre ganaba en la granja colectiva en la que trabajaba, era
una fortuna. Pero no aceptó la oferta”. El buen alumno atribuye esta
irracionalidad a “una cierta mentalidad” que todavía prevalece incluso luego
del triunfo de la libertad: “Piensa ‘Nyet, no voy a dejar la colectividad para
trabajar como tu esclavo”. Mucho tiempo atrás, los trabajadores norteamericanos
también se habían infectado de esta resistencia a la esclavitud, hasta que
finalmente fueron civilizados. Luego volveré a ese tema.
Los
inquilinos de un edificio de apartamentos en Varsovia sufren de la misma enfermedad.
Se resisten a entregar sus apartamentos a un empresario industrial que dice tener
propiedad sobre el edificio desde antes de la Segunda Guerra
Mundial, preguntando: “¿Por qué debería la gente obtener ganancia de algo a lo
que no tienen derecho?”. Ha habido un “significativo progreso en reformas” para
superar estas retrógradas actitudes, sostiene el informe, aunque “aún hay mucha
reticencia a permitir que los extranjeros compren y vendan tierras”. El
coordinador de las iniciativas agrarias auspiciadas por Estados Unidos en
Ucrania explica:
“No
se pueden ver casos en los que el l00 % de la tierra esté en manos privadas. No
conocen la democracia”. Es cierto: la pasión antidemocrática no está en alza
como en Vietnam, en donde un decreto de febrero de 1995 “dio marcha atrás en la
historia”: “En homenaje a Marx, el decreto busca ayudar a los vietnamitas
sacándoles riqueza a los pocos privilegiados que tienen certificados de
propiedad para hacer negocios”, otorgados en un esfuerzo para atraer las
inversiones extranjeras. Si sólo los inversores extranjeros y la pequeña dite
local estuvieran habilitados para comprar el país, los nativos podrían trabajar
para ellos —con suerte— y por fin habría libertad y “democracia”, como en
Centroamérica, las Filipinas y otros paraísos ya hace tiempo liberados.
Los
cubanos han sido reprendidos hace ya largo rato por ese tiempo de atraso. La
monstruosidad alcanzó su punto máximo durante los Juegos Panamericanos celebrados
en Estados Unidos, cuando los atletas cubanos decidieron seguir participando,
en contra de la enorme campaña propagandística que los instaba a abandonar, que
incluía generosas ofertas financieras para volverse profesionales. Según
dijeron a los reporteros, sentían un compromiso con su país y con su pueblo. El
furor conoce pocos límites que superen al devastador impacto del lavado de
cerebros del comunismo y de la doctrina marxista.
Afortunadamente,
los estadounidenses están protegidos por el hecho de que incluso bajo las
condiciones impuestas por la lucha económica de Estados Unidos, los cubanos aún
rechazan el uso interno de dólares, según los visitantes, para no ser “sus esclavos”.
Tampoco son susceptibles a los resultados de un sondeo de Gallup de 1994,
considerada la primera encuesta independiente y científica, aparentemente
publicada en la prensa hispano parlante de Miami y en ningún otro lugar: el 88%
de los entrevistados dijo “estar orgulloso de ser cubano”, el 58% dijo que “los
éxitos de la Revolución
superan sus fracasos”, el 69% se identificó como “revolucionario” —aunque sólo
el 21% como “comunista” o “socialista”—, el 76% dijo “estar satisfecho con su
vida personal” y el 3% dijo que los mayores problemas que enfrentaba el país
eran “políticos”.
Si
semejantes atrocidades comunistas fueran conocidas, tal vez sería necesario bombardear
La Habana en
vez de simplemente tratar de matar de hambre y de enfermedad a la mayor
cantidad de gente posible para llevar “la democracia”. Porque ése se volvió el
nuevo pretexto para presionar a Cuba tras la caída del Muro de Berlín, según
las instituciones ideológicas que dieron un giro tan sutil. Cuba ya no era un
agente del Kremlin, volcado a Latinoamérica y dispuesto a conquistar Estados
Unidos, que temblaba de miedo. Mentiras de más de treinta años pueden ser
silenciosamente archivadas: en la nueva versión perfeccionada, el terror y la
lucha económica son sólo una forma de alcanzar la democracia. Así que debemos
reforzar el embargo que “ha contribuido a aumentar el hambre, la enfermedad, la
muerte y a una de las más grandes epidemias neurológicas del último siglo,
según los informes de expertos en salud que aparecieron en los periódicos
médicos de Estados Unidos en 1994. El autor de uno de ellos escribe: “Bueno, el
hecho es que estamos matando gente” al negarles comida, medicinas y maquinaria
para que puedan manufacturar sus propios productos médicos.
La Ley de Democracia Cubana de Clinton —que
el presidente Bush primero vetó porque violaba claramente el derecho
internacional y luego aceptó cuando Clinton lo aventajó desde la derecha
durante la campaña electoral— recortó el comercio con sucursales norteamericanas
en el extranjero, del cual un 90% estaba compuesto por comida, medicinas y
equipamiento médico. Esa ayuda a la democracia contribuyó a una importante
caída en los niveles cubanos de salud, a un aumento en la tasa de mortalidad y
a la “crisis de salud pública en Cuba más alarmante que se recuerde en los
últimos años”, una crisis neurológica que se había observado por última vez en
campos tropicales de prisioneros en el Sudeste de Asia durante la Segunda Guerra
Mundial, según el ex jefe de neuro-epidemiología del Instituto Nacional de
Salud, autor de uno de los artículos. Para ilustrar los efectos, un profesor de
medicina de la Universidad
de Columbia cita el caso de un sistema sueco de filtración de agua que Cuba
había comprado para producir vacunas y que fue bloqueado porque algunas partes
eran producidas por una compañía de propiedad norteamericana. De manera que se
negaban las vacunas que podían salvar vidas para que los sobrevivientes pudiesen
gozar de “la democracia”.
Los
éxitos en el asesinato de la gente y en su sufrimiento son importantes. En realidad,
la Cuba de
Castro no era una razón para preocuparse porque fuese una amenaza militar, ni
por sus abusos en materia de derechos humanos o por su carácter dictatorial,
sino más bien por razones profundamente arraigadas en la historia norteamericana.
En la década de 1820, cuando nuestro copamiento del continente avanzaba rápidamente,
Cuba era considerada por la dirigencia económica y política como un premio para
el vencedor. Es “un objeto de fundamental importancia para los intereses
políticos y económicos de nuestra Unión”, sostenía el autor de la Doctrina Monroe,
John Quincy Adams, acordando con Jefferson y otros que España debería mantener
la soberanía hasta que la fuerza disuasoria de Gran Bretaña desapareciera, para
que Cuba cayera en manos de Estados Unidos “por las leyes de la gravitación
política”. Un “fruto maduro” en la cosecha, como fue un siglo atrás. Para
mediados del siglo XX, este fruto era enormemente valioso para los intereses
norteamericanos vinculados a la agricultura y el juego, entre otros. De manera
que el robo de Castro no se tomó a la ligera. Para peor, existía el peligro de
que se desencadenara un “efecto dominó” que generara sufrimiento a todos los
pueblos del mundo —por ejemplo, podía llegar a extender el mejor sistema de
salud pública de Latinoamérica—. Se temía que Cuba fuera una de esas “manzanas
podridas” que arruinan toda la cosecha, un “virus” que podría “infectar” a
otros, en los términos de los controladores, a quienes no les importan los
crímenes pero sí las demostraciones de fuerza.
Pero
la gente decente no insiste en asuntos como ése, ni en los hechos más básicos
de la campaña que se desató para devolver ese fruto ya maduro a su verdadero
dueño a partir de 1959, incluyendo la etapa actual. Pocos norteamericanos
tuvieron contacto con el subversivo material que se publicó en los periódicos
médicos de octubre de 1994, ni al hecho de que en ese mismo mes la Asamblea General
de la ONU votó
una resolución para terminar con el embargo ilegal en una votación de 101 a 2, con Estados Unidos
dependiendo solamente de Israel, luego de haber sido abandonado incluso por
Albania, Rumania y Paraguay, países que años antes se habían unido a Washington
en su cruzada por la democracia.
La
historia oficial es que Europa del Este, por fin libre, puede ahora unirse a
las sociedades ricas de Occidente. Tal vez, pero uno no puede dejar de
preguntarse por qué esto no sucedió durante los cinco siglos anteriores, cuando
Europa Oriental se hundía a favor del Oeste, hasta que en este mismo siglo se
convirtió en el famoso “Tercer Mundo”. Una perspectiva diferente a imaginar es
que se volverá más o menos al orden anterior: ciertas partes del imperio
comunista que habían pertenecido al Occidente industrializado —Polonia
occidental, la
República Checa y otros— se reunirán gradualmente, mientras
otras vuelvan a una condición similar a la anterior en calidad de áreas de
servicios que sirvan al rico mundo industrial, que por supuesto no es tal por
una virtud propia y especial. Como comentó Winston Churchill en un documento enviado
a sus compañeros de gabinete en enero de 1914,
“No
somos un pueblo joven con antecedentes inocentes y con una herencia escasa. Nos
hemos quedado con [...j una porción completamente desproporcionada de la riqueza
y del comercio mundial. Tenemos todo el territorio que deseamos y nuestro pedido
de permanecer en el tranquilo goce de nuestras vastas y espléndidas posesiones,
mayormente adquiridas por la fuerza y sobre todo mantenidas por la fuerza,
suele parecerles menos razonable a los demás que a nosotros”.
Por
supuesto, una honestidad como ésa es poco común en una sociedad decente como la
nuestra, aunque evidentemente para Churchill el pasaje sería aceptable con sólo
quitar las bastardillas. De hecho, en la década de 1920 hizo público el
documento en el libro The World Crisis, pero habiendo eliminado todas las
frases ofensivas.
También
resulta instructivo ver el marco en el que el desastre comunista es retratado.
En ningún momento se ha puesto en duda que fuera una monstruosidad, algo evidente
desde el principio para los anarquistas, para los pensadores independientes
como Russell y Dewey y para los marxistas de izquierda —en efecto, muchos de
ellos incluso pudieron predecirlo—. Tampoco se puede dudar que la caída de la
tiranía no fue sino una ocasión para el regocijo de cualquiera que valore la
libertad y la dignidad humana. Pero hablemos de un tema más específico.
Hablemos de la prueba oficial de que la economía dirigida fue un fracaso
rotundo, una muestra de las cualidades superiores del capitalismo:
sencillamente hay que comparar a Alemania Occidental, Francia, Inglaterra y
Estados Unidos con la
Unión Soviética y sus satélites. Parece ser más que evidente.
El argumento es poco más que un reflejo intelectual, considerado tan obvio como
para pasar inadvertido, el supuesto del que parte cualquier investigación.
Es
un argumento interesante, cuya aplicabilidad es amplísima. Con un razonamiento
como ése, uno puede demostrar por ejemplo el tremendo fracaso de los jardines
de infantes en Cambridge, Massachusetts, y el enorme éxito del MIT:
sencillamente comparemos a los niños de jardín de infantes con los graduados
del MIT y veamos quién tiene mayor comprensión de la física cuántica. Parece
ser más que evidente.
A
quien saque a relucir un argumento como ése habría que ofrecerle tratamiento psiquiátrico.
La falacia es terriblemente obvia. Para llevar a cabo una evaluación con sentido,
habría que comparar a los graduados de los jardines de infantes de Cambridge
con los niños que hayan entrado al sistema a ese mismo nivel. La misma lógica
elemental nos dice que para evaluar la economía dirigida soviética en
comparación con la vía capitalista, habría que comparar a los países de Europa
del Este con otros que hubieran sido iguales al comenzar el “experimento” con
los dos modelos de desarrollo. Por supuesto, no podemos tomar a Occidente: es
necesario remontarse cinco siglos para llegar al momento en que el Oeste era
como Europa Oriental. Una comparación más apropiada podría hacerse entre Rusia
y Brasil, o entre Bulgaria y Guatemala, aunque no sería justo con el modelo
comunista, que jamás gozó de nada parecido a las ventajas que tenían los
satélites norteamericanos. Si realizamos una comparación racional, concluimos
efectivamente que el modelo económico del comunismo era un desastre y que el de
Occidente es un fracaso aun más catastrófico. Hay matices y complejidades, pero
la conclusión básica es bastante acertada.
Es
interesante ver cómo ciertas cosas tan elementales no pueden ser comprendidas y
observar la respuesta a ciertos intentos de analizar el asunto que tampoco
pueden ser entendidos. El ejercicio nos ofrece ciertas lecciones útiles acerca
de los sistemas ideológicos de las sociedades libres.
Lo
que hoy sucede en gran parte de Europa del Este recapitula en parte los antecedentes
generales de las regiones del mundo que fueron ubicadas en un rol de servicio
—en el que algunas permanecen—, a excepción de ciertos casos interesantes.
También es un proceso que se ubica en una tendencia larga, importante y notable
de la historia de las mismas sociedades industriales. Los modernos Estados
Unidos fueron “creados sobre las protestas de sus trabajadores”, señala el
historiador del movimiento obrero David Montgomery de la Universidad de Yale,
protestas vigorosas y abiertas, en conjunto con “feroces luchas”. Hubo algunas
victorias difíciles intercaladas con una adaptación forzosa a “una Norteamérica
muy antidemocrática” especialmente en la década de 1920, observa, cuando
parecía que “la fortaleza del trabajo” se había “hundido”.
La
voz de los trabajadores estaba clara y vivamente articulada en la prensa obrera
y comunitaria que se desarrolló desde mediados del siglo XIX hasta la Segunda Guerra
Mundial o tal vez incluso más tarde, finalmente destruida por el poder estatal
y privado. Sólo hasta la década de 1950, ochocientos periódicos obreros
llegaban a entre 20 y 30 millones de personas, intentando —en sus palabras—
combatir la ofensiva corporativa que buscaba “vender al pueblo norteamericano
en virtud de los grandes negocios”, intentando exhibir el odio racial y “todas
las expresiones antidemocráticas” y brindar “antídotos para los peores venenos
de la prensa cautiva”, los medios de comunicación comerciales, cuya función era
“perjudicar a los trabajadores cada vez que fuera posible y al mismo tiempo
encubrir los crímenes de los magnates industriales y financieros que
verdaderamente controlan la nación”.
Voces de resistencia
Los
movimientos populares de resistencia a la autocracia del Estado capitalista y
sus elocuentes voces tienen mucho para enseñamos acerca de las metas y los
ideales de la gente común, acerca de su conocimiento y de sus aspiraciones. El
primer estudio importante de la prensa obrera de mediados del siglo XIX —y,
hasta donde sé, el único que existe— fue publicado hace ya setenta años por
Norman Ware. Su lectura es hoy reveladora, o más bien lo sería si fuera un
trabajo conocido. Ware se enfoca en los periódicos fundados y dirigidos por los
metalúrgicos y las mujeres trabajadoras de los pueblos industriales cercanos a
Boston, “la Atenas
de América” y hogar de sus más grandes universidades. Los pueblos siguen
existiendo, rotundamente decaídos y en declive, pero no más que los
inspiradores ideales de quienes los levantaron, construyendo los cimientos de
la riqueza y el poder norteamericanos.
Los
periódicos revelan lo extraños e intolerables que eran para los trabajadores
los sistemas de valores exigidos por el poder privado, quienes tercamente se
negaron a abandonar los sentimientos humanos normales. “El nuevo espíritu de la
época” que amargamente condenaban “era repulsivo para una parte asombrosamente
grande de la comunidad norteamericana”, escribe Ware. La principal razón era
“la decadencia del trabajador industrial en tanto persona”, el “cambio
psicológico”, la “pérdida de la dignidad y la independencia” y de los derechos
y libertades democráticas junto con la imposición por parte de los poderosos
estatales y privados de los valores del capitalismo industrial, por medio de la
violencia cuando fuera necesario.
Los
trabajadores rechazaban la “degradación y la pérdida de ese respeto propio que
había hecho a los metalúrgicos y peones el orgullo del mundo”, la decadencia de
la cultura, las habilidades, los logros e incluso la mera dignidad humana,
mientras eran sometidos a lo que llamaban “la esclavitud asalariada”, algo que
creían no muy distinto de la esclavitud de las plantaciones del sur en la
medida en que estaban obligados a vender- se a sí mismos y no lo que producían,
volviéndose así “cosas menores” y “simples súbditos” de los “tiranos”.
Describieron la destrucción “del espíritu de las instituciones libres”, siendo
reducidos los trabajadores a “un estado de servidumbre” en el que “veían a una
rica aristocracia sobre sus cabezas, como una enorme avalancha que amenaza con
la muerte a quien se atreva a cuestionar su derecho a esclavizar y oprimir a
los pobres y desahuciados”. Y difícilmente podían no estar conscientes de las
condiciones materiales que vivían en su hogar o cerca de Boston, en donde la
esperanza de vida de los irlandeses se estimaba en 1849 en catorce años.
Particularmente
dramático e importante para el actual ataque que sufren la democracia y los
derechos humanos fue el agudo declive de la alta cultura. Las jovencitas trabajadoras
que venían de las granjas de Massachusetts estaban acostumbradas a pasar su
tiempo libre leyendo literatura clásica y contemporánea y los artesanos independientes,
si tenían un poco de dinero, contrataban niños para que les leyeran durante el
trabajo. No ha sido nada fácil arrancar esas ideas de la cabeza de la gente,
para que hoy un respetado crítico pueda descartar las irrisorias ideas de
democratizar Internet para facilitar el acceso a los menos privilegiados:
“Uno
imaginaría que, como están las cosas, los pobres obtienen toda la información
que quieren y que en muchos casos incluso se resisten a los esfuerzos de las
escuelas, las bibliotecas y los medios de información para informarlos mejor.
En efecto, esa resistencia ayuda a veces a explicar por qué son pobres”.
Sin
duda no habrá que menospreciar el factor genético, que siempre influye. El comentario
fue considerado tan certero que los editores lo destacaron en un recuadro
especial.
La
prensa obrera condenó también lo que llamaba “el sacerdocio pago” de los medios
de comunicación, de las universidades, de la clase intelectual, defensores del
poder que intentaban justificar la creciente tiranía y consolidar sus valores
degradantes. “Quienes trabajan en los molinos deben ser sus propietarios”,
escribían los obreros sin ayuda alguna de los intelectuales radicales. De esa
forma podrían superar los “principios monárquicos” que se arraigaban en “suelo
democrático”. Años después, ésa se volvió la consigna de convocatoria del
movimiento obrero organizado, incluso de sus sectores más conservadores. En un
discurso ampliamente conocido dado en un almuerzo sindical, Henry Demarest
Lloyd declaró que “la misión del movimiento obrero es liberar a la humanidad de
las supersticiones y los pecados del mercado y abolir la pobreza producto de
esos pecados. Esa meta puede ser alcanzada extendiendo a la dirección de la
economía los principios de la política democrática”. “Es a través de quienes
trabajan que las horas laborales, las condiciones de empleo y la división del
producto se deben determinar”, sostuvo en lo que David Montgomery denomina “un
llamado a la convención de 1893 de la
AFL”. Son los mismos trabajadores, continuaba Lloyd, “los que
deben elegir a los capitanes de la industria, elegidos como sirvientes y no
como amos. Es por el bienestar de todos que nuestro trabajado coordinado debe
ser dirigido [...] Esto es la democracia”.
Estas
ideas son por supuesto cercanas a las de la izquierda libertaria, aunque están
radicalmente en contra de las doctrinas de los sistemas de poder dominantes, ya
sea que estos sean de “izquierda”, de “derecha” o de “centro”, en el sentido
amplio del discurso contemporáneo. No hace mucho que han sido suprimidas.
Tampoco ha sido la primera vez. Pero pueden recuperarse, como se ha hecho
muchas veces.
Valores
como esos también eran comunes a los fundadores del liberalismo clásico. Como
sucedía antes en Inglaterra, la respuesta de los trabajadores en los pueblos industriales
de Nueva Inglaterra ilustra la agudeza de la crítica de Adam Smith a la división
del trabajo. Tomando las ideas típicas de la Ilustración acerca de
la libertad y la creatividad, Smith reconoció que “el entendimiento de una gran
parte de la humanidad está formado necesariamente por quienes ejecutan las
labores comunes. Así:
“El
hombre que pasa su vida ejecutando un par de operaciones simples, cuyos efectos
tal vez son también siempre los mismos, o casi los mismos, no tiene posibilidad
de esforzar- se en comprender [...] y suele convertirse en lo más estúpido e
ignorante que resulta humanamente posible [...] Pero en toda sociedad mejorada
y civilizada, ésta es la condición en la que los trabajadores pobres, es decir
la gran mayoría de la gente, debe necesariamente caer, a menos que el gobierno
se proponga evitarlo”.
Algo
que es necesario para impedir el impacto destructivo de las fuerzas económicas,
a su parecer. Si un artesano produce un objeto hermoso bajo órdenes de otro,
escribió Wilhelm von Humboldt en un trabajo clásico que más tarde inspiraría a
Mill, “tal vez admiremos lo que hace, pero rechazaremos lo que es”: no es un
ser humano libre, sino meramente un instrumento en manos de otro. Por razones
similares, “el peón que trabaja la tierra es tal vez su dueño en un sentido mucho
más genuino que los tantos lujuriosos que gozan sus frutos”. Verdaderos
conservadores siguieron reconociendo que las fuerzas del mercado destruirían el
valor de la vida humana, a menos que fueran agudamente contenidas. Alexis de
Tocqueville, retomando a Smith y a Humboldt un siglo más tarde, se preguntó qué
“podría esperarse de un hombre que se hubiera pasado toda la vida haciendo
cabezas de alfileres”. “El arte avanza, el artesano retrocede”, concluyó. Al
igual que Smith, valoraba la igualdad de condiciones, reconociendo que ésa era
la base de la democracia norteamericana, y
Le
advirtiendo que si se establecía la “desigualdad permanente de condiciones”,
“la aristocracia industrial que se desarrolla frente a nosotros” y que “es una
de las más severas de la historia” podría romper sus límites, configurando el
fin de la democracia. Jefferson también consideró fundamental que “la pobreza
extendida y la riqueza concentrada no pueden convivir en la democracia”.
Fue
sólo en los inicios del siglo XIX que las destructivas e inhumanas fuerzas del
mercado que los fundadores del liberalismo clásico condenaron fueron elevadas a
la condición de objetos de adoración, cuya santidad a se establecía por los
“principios de gravitación” de Ricardo y de otros le economistas clásicos como
contribución a la guerra de clases que se libraba en la Inglaterra industrial
—ideas que hoy se rescatan como “la batalla eterna por la mente de los hombres”,
continuadas con una intensidad y una crueldad renovadas—.
Deberíamos
destacar que en el mundo real estos elementos homólogos a de las leyes de
Newton fueron llevados a la práctica de una forma similar a como se hace en la
actualidad. Los pocos estudios sobre el tema de los historiadores de la
economía estiman que alrededor de la mitad del sector industrial de Nueva
Inglaterra habría quebrado de haberse abierto la economía a los productos tanto
más baratos de la industria británica, también ella misma establecida y
sostenida gracias a profundos recursos del poder del Estado. En gran parte esto
sigue siendo así, como puede ver cualquiera que vaya más allá de la neblina
retórica y observe la realidad del “liberalismo económico” y de los “valores
empresariales” que protege.
John
Dewey y Bertrand Russell son dos de los herederos del siglo XX de esta tradición,
arraigados en la
Ilustración y en el liberalismo clásico, una corriente que a
mi entender ha sido captada de la forma más vívida por la inspiradora historia
de las luchas, la organización y el pensamiento de los trabajadores y las
trabajadoras que buscaron mantener y extender la esfera de la libertad y la
justicia frente al nuevo despotismo del poder privado respaldado por el Estado.
Un
problema fundamental fue formulado por Thomas Jefferson en sus últimos años,
cuando observó el desarrollo de la nueva “aristocracia industrial” que alarmaba
a Tocqueville. Muy preocupado por el destino de su experiencia democrática,
marcó una diferencia entre los “aristócratas” y los “demócratas”. Los
“aristócratas” son “aquellos que temen y desconfían del pueblo, aquellos que
desean quitarle todo el poder y depositario en manos de las ciases altas”. En
cambio, los demócratas “se identifican con el pueblo, confían en él, lo
aprecian y lo consideran el más honesto y seguro {...] depositario del interés
público”, si no siempre “el más sabio”. Los aristócratas de la época eran los
defensores del surgimiento del capitalismo del Estado capitalista, que Jefferson
observó con consternación, reconociendo la obvia contradicción entre la democracia
y el capitalismo —o, más bien, “el capitalismo realmente existente”, vinculado
estrechamente al poder del Estado—.
La
descripción jeffersoniana de los aristócratas fue retomada y desarrollada más
tarde por Bakunin, quien predijo que la “nueva clase” de intelectuales tomaría
uno de dos rumbos paralelos. Podrían intentar explotar las luchas populares
para tomar el poder del Estado en sus propias manos, convirtiéndose en una
“burocracia roja” que impondría el régimen más cruel y despiadado de la
historia, O podrían entender que el poder yace en otro lugar y se ofrecerían al
“sacerdocio pago”, sirviendo a los verdaderos amos en tanto administradores o
apologistas que “golpean al pueblo con el garrote del pueblo” en las
democracias capitalistas de Estado.
Esa
debe ser una de las pocas predicciones de las ciencias sociales que se ha
vuelto realidad, tan dramáticamente. Sólo por eso merece un lugar de honor en
el canon del prestigio, aunque probablemente tengamos que esperar mucho para
ver que eso suceda.
“Amor severo”
Creo
que existe una espeluznante similitud entre la época actual y los tiempos en
que la ideología contemporánea, llamada hoy “neoliberalismo” o “racionalismo
económico”, fue articulada por Ricardo, Malthus, entre otros. Su tarea era
demostrar al pueblo que carecía de derechos, al contrario de lo que tontamente
creía. En efecto, esto era probado “científicamente”. El grave error
intelectual de la cultura precapitalista fue dar lugar a la creencia de que la
gente tenía un lugar en la sociedad y un derecho a ese lugar, tal vez un lugar
fatal pero un lugar al fin. La nueva ciencia demostró que el concepto del
“derecho a la vida” era una simple falacia. Había que explicarle con paciencia
a la gente equivocada que en realidad no tenían derechos más allá de su derecho
a probar suerte en el mercado. Una persona sin fortuna propia que no puede sobrevivir
en el mercado de trabajo “no puede reclamar su derecho a la más mínima porción
de comida y, de hecho, no tiene nada que hacer en donde está”, declaró Malthus
en su influyente obra. Es un “gran mal” y una profunda violación de “la
libertad natural” que engañemos a los pobres para que crean que tienen mayores
derechos, sostuvo Ricardo, indignado por este asalto contra los principios de
la ciencia económica y la racionalidad más elemental, así como contra las
reglas morales también destacadas. El mensaje es sencillo. Tienes una elección
simple: el mercado de trabajo, las casas de trabajo*, la muerte o el escape
hacia algún otro lugar —algo no muy difícil gracias a que enormes extensiones
de tierra se abrían a causa del exterminio y la expulsión de las poblaciones
indígenas, por razones que no son precisamente las de los principios del
mercado—.
Nadie
superó a los fundadores de la ciencia en su devoción por “la felicidad del pueblo”,
e incluso defendieron en cierta medida el sufragio con este fin: “No extendido
universalmente a todos, sino a quienes se supone que no tienen interés alguno
en destruir el derecho de propiedad”, explicaba Ricardo, agregando que algunas
restricciones incluso más duras serían adecuadas si se hiciera evidente que
“limitar el sufragio electoral a los límites más estrechos” garantizaría más
“seguridad en la elección apropiada de los representantes”. Hay una extensa
serie de ejemplos similares en el pensamiento actual.
Es
útil recordar lo que sucedió cuando las leyes del racionalismo económico fueron
formuladas e impuestas —en su ya conocida dualidad: disciplina de mercado para
los débiles, pero asistencia del Estado guardián para proteger a los ricos y
privilegiados cuando sea necesario—. Hacia la década de 1830, la victoria de la
nueva ideología era ya considerable y sería consolidada en los años siguientes.
Sin embargo, existía un ligero problema. La gente no lograba comprender que no
tenía derechos propios. Por su ignorancia y estupidez, no conseguían captar la
simple verdad de que no tenían derecho a la vida y respondieron de formas
absolutamente irracionales. Por un tiempo, el ejército británico gastó una gran
parte de sus energías sofocando manifestaciones. Más tarde las cosas tomaron un
rumbo más siniestro. La gente comenzó a organizarse. El cartismo y luego el
movimiento obrero se volvieron fuerzas significativas. En ese momento, los amos
comenzaron a tener algo de miedo, al reconocer que ellos podían negarles el
derecho a la vida, pero el pueblo podía negarles el derecho al gobierno. Había
que hacer algo.
Afortunadamente
apareció la solución. La “ciencia”, un poco más flexible que la de Newton,
comenzó a cambiar. Para mediados de siglo, había sido considerablemente
reformada a manos de John Stuart Mill e incluso de personajes consecuentes como
Nassau Senior, anteriormente un exponente de la ortodoxia. Resultó que los
principios de gravitación ahora incluían ciertos elementos rudimentarios de lo
que lentamente se convirtió en el Estado de bienestar, con una suerte de
contrato social, establecido por medio de la larga y dura lucha, con muchos
retrocesos pero también con grandes éxitos.
Hoy
existen intentos de revertir la historia, de volver a los días en que los
principios del racionalismo económico reinaron por un tiempo, demostrando
seriamente que la gente no tiene derechos más allá de los que obtenga en el
mercado de trabajo. Y como actualmente el mandato de “irse a otra parte” no
funciona, las opciones se reducen al hambre o a la casa de trabajo, como si
fuera una ley natural que determina que cualquier intento de beneficiar a los
pobres en realidad los perjudicaría. Por supuesto, esto sólo se aplica a los
desamparados: los ricos, en cambio, son milagrosamente ayudados, cuando el
Estado interviene salvando a los inversores luego del colapso del tan
publicitado “milagro económico” mexicano, ayudando a los bancos y las
industrias en quiebra o dejando a Japón fuera del mercado interno
estadounidense para que las corporaciones locales puedan reconstruir las
industrias del acero, de los repuestos de automóviles y la electrónica durante
la década de 1980 —en medio de una impresionante retórica sobre las bondades
del libre mercado formulada por uno de los gobiernos más proteccionistas que
haya habido desde la posguerra y por sus acólitos—. Hay mucho más, esto es sólo
lo que se ve. Pero todo el resto está sujeto a los principios de hierro del
racionalismo económico, llamado a veces “amor severo” por sus beneficiarios.
Desafortunadamente,
ésta no es una parodia. De hecho, a duras penas es posible parodiarlo. No
podemos dejar de recordar las desesperantes palabras de Mark Twain en sus
—largamente ignorados— ensayos antiimperialistas acerca de su incapacidad para
satirizar a uno de los admirados héroes de la matanza de los filipinos:
“Ninguna sátira de Funston podría ser perfecta, porque Funston está en la
verdadera cumbre [...] [es] la sátira encarnada”.
Lo
que se reporta con indiscreción en las primeras planas provocaría el ridículo y
el horror en una sociedad con una cultura intelectual verdaderamente
democrática y libre. Simplemente tomemos un ejemplo. Tomemos la capital
económica de uno de los países más ricos del mundo:
Nueva
York. Su alcalde, Rudolph Giuliani, finalmente desenmascaró sus políticas fiscales,
que incluyen un cambio radicalmente regresivo en las cargas tributarias: reducción
de impuestos para los ricos —“Todos los recortes impositivos del alcalde benefician
a las empresas”, señaló The New York Times en letra pequeña— y aumento de
impuestos a los pobres —encubiertos en aumentos en las tarifas de transporte
para los escolares y para los trabajadores, clases particulares más caras en
las escuelas estatales, etcétera—. Aparejados con enormes recortes en los
fondos públicos que sirven a las necesidades públicas, estas medidas deberían
ayudar a que los pobres se vayan a otra parte, explicó el alcalde. Estas
medidas los “ayudarían a moverse libremente por todo el país”, comentaba el
informe del Times bajo el título: “Giuliani ve que el recorte a la asistencia
social brinda mayores posibilidades de movimiento”.
En
pocas palabras, aquellos que estaban aprisionados por el sistema de asistencia
social y de servicios públicos han sido por fin liberados de sus cadenas, como
decían los fundadores de las ideas del liberalismo clásico en sus tan
demostrados teoremas. Y es todo por su bien, explica la renovada ciencia.
Admirando esta imponente muestra de encarnada racionalidad, la compasión por
los pobres nos llena de lágrimas.
¿Adónde
irán las masas liberadas? Tal vez vayan a las favelas fuera de la ciudad, para
ser “libres” y encontrar la forma de hacer nuevamente el trabajo sucio de
quienes están habilitados para gozar de la ciudad más rica del mundo, una
ciudad con una desigualdad más grande que la de Guatemala y un 40% de niños
bajo la línea de pobreza, todo eso previamente a que fueran instituidas estas
nuevas medidas de “amor severo”.
Todos
aquellos sentimentales que no puedan entender los favores que se prodigan a los
pobres deberían poder ver al menos que no hay alternativa. “La lección de los
próximos años tal vez sea que Nueva York simplemente no es lo suficientemente
rica o económicamente potente como para sostener el enorme sector público que
desarrolló en el período posterior a la Gran Depresión”.
Esto aprendemos de una opinión experta que se publicó en otra primera plana del
Times.
La
pérdida de poder económico es suficientemente cierta, en parte como resultado
de programas de “desarrollo urbano” que eliminaron la incipiente base
industrial a favor del creciente sector financiero. La riqueza de la ciudad,
por otro lado, es un asunto distinto. La opinión experta que consultó el Times
fue el informe a inversores de la firma J. P. Morgan, quinta en el ranking de
bancos comerciales en la lista de 500 de la edición de Fortune de 1995 y con
pequeñas ganancias de sólo 1.200 millones de dólares en 1994. De seguro no fue
un gran año para J. P. Morgan en comparación con el “asombroso” aumento de
ganancia del 54%, con un simple aumento del 2,6 en empleo y 8,2 en ventas en
uno de los “años más beneficiosos de los negocios norteamericanos”, en las
emocionantes palabras de Fortune. La prensa empresarial aclamó “otro año
emblemático para las ganancias corporativas norteamericanas”, mientras que “la
riqueza neta de Estados Unidos parece haber caído” en este cuarto año
consecutivo de aumentos de dos dígitos en las ganancias y en el decimocuarto
año seguido de caída del salario real. Los 500 más importantes de Fortune han
alcanzado nuevos picos de “poderío económico”, con ingresos cercanos a dos
tercios del producto bruto interno, bastante más que Alemania o Gran Bretaña. Y
ni hablar de su poder sobre la economía global —una concentración impresionante
de poder en tiranías privadas totalmente herméticas al público, otro golpe a la
democracia y los mercados—.
Vivimos
en “una época difícil y dura” en la que hay que ajustarse los cinturones. Y así
el engaño persiste. En realidad, el país está inundado de capitales, con una
“oleada de ganancias” que “desbordan las arcas de la Norteamérica
corporativa”, dijo entusiasmada la revista Business Week incluso antes de que
llegaran las grandes noticias anunciando que se había superado el récord en el
último cuatrimestre de 1994, con “un fenomenal crecimiento del 7 1%” para las
900 compañías que se ubicaban en el “Marcador Corporativo” de Business Week. Y
en tiempos tan difíciles, ¿qué otra opción más que “brindar posibilidades de
moverse” a las masas ya liberadas?
“Amor
severo” es la expresión correcta: amor para los ricos y privilegiados y
severidad para todos los demás.
La
campaña para revertir los cambios en el plano político, social, económico e
ideológico se aprovecha de las posibilidades otorgadas por importantes cambios
de poder en los últimos veinte años, a favor de los opresores. El nivel
intelectual del discurso predominante está por debajo de lo despreciable. Su
nivel moral es grotesco. Pero el juicio de las perspectivas que yacen detrás no
es poco realista. Esta es, a mi parecer, la situación en la que nos encontramos
hoy cuando tenemos que pensar en nuestras metas y en nuestros ideales.
Como
siempre, podemos elegir entre ser demócratas en el sentido de Jefferson o podemos
ser aristócratas. La segunda opción nos ofrece enormes recompensas en materia
de riqueza, privilegio y poder, es decir, nos ofrece todos los fines que
naturalmente busca. El otro es un camino de lucha, muchas veces de fracaso,
pero también de recompensas inimaginables para quienes sucumben ante “el nuevo
espíritu de la época: acumular fortuna, olvidándose de todo menos de uno
mismo”.
El
mundo actual dista mucho de ser el de Thomas Jefferson o el de los trabajadores
de mediados del siglo XIX. Las opciones que nos ofrece, sin embargo, son
básicamente las mismas.
Este artículo fue
publicado en Chomsky, Noam, Power andProspects:
Reflections on Human Nature and the Social Ordet St. Leonards,
New South
Wales:
Allen & Unwin (1996),
Boston: South End Press, (1996) pp. 70-93.