
El Derecho a la pereza
Paul Lafargue
Prólogo
En
el seno de la Comisión
sobre Educación Primaria de 1849, el señor Thiers decía: "Quiero recuperar
con toda su fuerza la influencia del clero, porque cuento con él para propagar
esa buena filosofía que enseña al hombre que está aquí para sufrir, y oponerla
a esa otra filosofía que dice al hombre lo contrario: 'Disfruta"'. El
señor Thiers formulaba así la moral de la clase burguesa, cuyo feroz egoísmo y
estrecha inteligencia él encarnaba.
Mientras
luchaba contra la nobleza, sostenida por el clero, la burguesía enarbolaba el
libre examen y el ateísmo; pero, una vez triunfante, cambió de tono y de
conducta y hoy pretende apuntalar con la religión su supremacía económica y
política. En los siglos XV y XVI, había retornado alegremente la tradición
pagana y glorificaba la carne y sus pasiones, reprobadas por el cristianismo;
en nuestros días, saciada de bienes y de placeres, reniega de las enseñanzas de
sus pensadores -los Rabelais, los Diderot- y predica la abstinencia a los
asalariados. La moral capitalista, lastimosa parodia de la moral cristiana,
anatemiza la carne del trabajador; su ideal es reducir al productor al mínimo
de las necesidades, suprimir sus placeres y sus pasiones y condenado al rol de
máquina que produce trabajo sin tregua ni piedad.
Los
socialistas revolucionarios deben recomenzar el combate que han librado en otro
tiempo los filósofos y los panfletarios de la burguesía; deben embestir contra
la moral y las teorías sociales del capitalismo; deben desterrar de las cabezas
de la clase llamada a la acción, los prejuicios sembrados por la clase
dominante; deben proclamar, ante los hipócritas de todas las morales, que la
tierra dejará de ser el valle de
Lágrimas
del trabajador; que, en la sociedad comunista del porvenir, que construiremos
"pacíficamente si es posible, y si no violentamente", se dará rienda
suelta a las pasiones de los hombres;' y ya que "todas son buenas por
naturaleza, nosotros sólo tenemos que limitamos a evitar su mal uso y su exceso").
Estos serán evitados por su mutuo equilibrio, por el desarrollo armónico del
organismo humano, pues, como dice el Dr. Beddoe, "una raza alcanza su más
alto punto de energía y de vigor moral en el momento en que alcanza su máximo
desarrollo físico". Tal era también la opinión del gran naturalista
Charles Darwin (2).
La
refutación del Derecho al Trabajo, que reedito con algunas notas adicionales,
fue publicada en el semanario L'Égalité, segunda serie, 1880.
P.L
Prisión de Sainte-Pélagie, 1883.
Un
dogma desastroso
"Seamos
perezosos en todas las cosas, excepto al amar y al beber, excepto al ser perezosos".
Lessing
Una
extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de las naciones donde domina
la civilización capitalista. Esta locura trae como resultado las miserias
individuales y sociales que, desde hace siglos, torturan a la triste humanidad.
Esta locura es el amor al trabajo, la pasión moribunda por el trabajo, llevada
hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y de sus hijos. En vez
de reaccionar contra esta aberración mental, los curas, los economistas y los
moralistas han sacralizado el trabajo. Hombres ciegos y de escaso talento,
quisieron ser más sabios que su dios; hombres débiles y despreciables,
quisieron rehabilitar lo que su dios había maldecido. Yo, que no me declaro
cristiano, economista ni moralista, planteo frente a su juicio, el de su Dios;
frente a las predicaciones de su moral religiosa, económica y libre pensadora,
las espantosas consecuencias del trabajo en la sociedad capitalista.
En
la sociedad capitalista, el trabajo es la causa de toda degeneración
intelectual, de toda deformación orgánica. Comparen, por ejemplo, el pura
sangre de las caballerizas de Rothschild, atendido por una turba de lacayos
bimanos, con la tosca bestia de los arrendamientos normandos, que trabaja la
tierra, recoge el estiércol y cosecha.
observen
al noble salvaje que los misioneros del comercio y los comerciantes de la religión
no corrompieron todavía con el cristianismo, la sífilis y el dogma del trabajo,
y observen luego a nuestros miserables sirvientes de máquinas (3).
Cuando
en nuestra civilizada Europa se quiere volver a encontrar un rastro de belleza
natural del hombre, debe írsela a buscar a las naciones donde los prejuicios
económicos todavía no extirparon el odio al trabajo. España, que
lamentablemente se está degenerando, puede todavía vanagloriarse de poseer
menos fábricas que nosotros prisiones y cuarteles; el artista se regocija
admirando al atrevido andaluz, moreno como las castañas, derecho y flexible
como una vara de acero; y el corazón del hombre se conmueve al oír al mendigo,
soberbiamente envuelto en su capa agujereada, tratar de amigo (4) a los duques
de Os una. Para el español, en el que el animal primitivo no está aún atrofiado,
el trabajo es la peor de las esclavitudes (5). También los griegos de la época
dorada despreciaban el trabajo: sólo a los esclavos les estaba permitido trabajar,
el hombre libre sólo conocía los ejercicios corporales y los juegos de la
inteligencia. Era también el tiempo en que se caminaba y se respiraba en un
pueblo de hombres como Aristóteles, Fidias, Aristófanes, era el tiempo en el
que un puñado de valientes aplastaba en Maratón a las hordas del Asia que
Alejandro iba luego a conquistar. Los filósofos de la antigüedad enseñaban el
desprecio al trabajo, esa degradación del hombre libre, los poetas cantaban a
la pereza, ese regalo de los dioses:
O
Melibae, Deus nobis haec otia fecit (6).
Cristo,
en su sermón de la montaña, predicó la pereza: "Miren cómo crecen los
lirios en los campos; ellos no trabajan ni hilan, y sin embargo, yo les digo:
Salomón, en toda su gloria, no estuvo nunca tan brillantemente vestido, (7).
Jehová,
el dios barbado y huraño, dio a sus adoradores el supremo ejemplo de la pereza
ideal: después de seis días de trabajo, descansó por toda la eternidad.
Por
el contrario, ¿cuáles son las razas para las que el trabajo es una necesidad
orgánica? Los auverneses; los escoceses, esos auverneses de las islas
británicas; los gallegos, esos auverneses de España; los pomeranios, esos
auverneses de Alemania; los chinos, esos auverneses del Asia.
En
nuestra sociedad, ¿cuáles son las clases que aman el trabajo por el trabajo
mismo? Los campesinos propietarios y los pequeños burgueses: unos inclinados
sobre sus tierras, los otros apasionados en sus tiendas, se mueven como el topo
en su galería subterránea, sin enderezarse jamás para observar a gusto la
naturaleza.
Y
sin embargo, el proletariado, la gran clase que abarca a todos los productores
de las naciones civilizadas, la clase que, al emanciparse, emancipará a la
humanidad del trabajo servil y hará del animal humano un ser libre; el
proletariado, traicionando sus instintos y olvidando su misión histórica, se
dejó pervertir por el dogma del trabajo. Rudo y terrible fue su castigo. Todas
las miserias individuales y sociales nacieron de su pasión por el trabajo.
Bendiciones
del trabajo
En
1770 apareció en Londres un escrito anónimo titulado An Essay on Trade and
Commerce, que provocó en la época un cierto alboroto. Su autor, gran
filántropo, se indignaba por el hecho de que "a la plebe manufacturera de
Inglaterra se le había metido en la cabeza la idea fija de que por ser
ingleses, todos los individuos que la componen tienen, por derecho de nacimiento,
el privilegio de ser más libres y más independientes que los obreros de
cualquier, otro país de Europa. Esta idea puede tener su utilidad para los
soldados, dado que estimula su valor; pero cuanto menos estén imbuidos de ella
los obreros de las manufacturas, mejor será, para ellos mismos y para el
estado" Los obreros, no deberían jamás considerarse independientes de sus
superiores. Es extremadamente peligroso estimular semejantes caprichos en un
estado comercial como el nuestro, donde, quizás, siete octavos de la población
tienen poca o ninguna propiedad. La cura no será completa en tanto que nuestros pobres de la industria no
se resignen a trabajar seis horas por la misma suma que ganan ahora en
cuatro?"
De
esta manera, cerca de un siglo antes de Guizot se predicaba abiertamente en Londres
el trabajo como un freno a las nobles pasiones del hombre.
“Cuanto
más trabajen mis pueblos, menos vicios habrá”, escribía Napoleón desde Osterode el 5 de mayo
de 1807. “Yo soy la autoridad… y estaría dispuesto a ordenar que el domingo,
luego de la hora de la misa, las tiendas reabrieran y los obreros volvieran a su
trabajo".
Para
extirpar la pereza y doblegar los sentimientos de arrogancia e independencia
que ella engendra el autor del Essay on Trade... proponía encarcelar a los
pobres en las casas de trabajo ideales (ideal workhouses) que se convertirían en
“casas de terror donde se haría trabajar catorce horas por día, de tal manera que
restando el tiempo de la comida,
quedarían doce horas de trabajo plenas y completas" doce horas de trabajo por día: he ahí el ideal de los filántropos del
siglo XVIII.
¡Los
talleres modernos se han convertido en casas ideales de corrección donde se encarcela
a las masas obreras donde se condena a trabajos forzados durante doce y catorce
horas, no solamente a los hombres, sino también a las mujeres y a los niños ¡Y
pensar que los hijos de los héroes del Terror se dejaron degradar por la religión
del trabajo al punta de aceptar después de 1848, como una conquista revolucionaria,
la ley que limitaba a doce horas el trabajo en las fábricas! Proclamaban, como un
principio revolucionario, el derecho al trabajo. ¡Vergüenza al proletariado
francés! Sólo los esclavos, hubiesen sido capaces de tal bajeza. Hubieran sido
necesarios veinte años de civilización, capitalista para un griego de los
tiempos heroicos para concebir tal envilecimiento.
Y
si las penas del trabajo forzado, si las torturas del hambre se abatieron sobre el proletariado, en
mayor cantidad que las langostas de la Biblia, es él quien las ha llamado.
Este
trabajo, que en junio de 1848 los obreros reclamaban con las armas en la mano,
lo impusieron a sus familias; entregaron a sus mujeres y a sus hijos a los
barones de la industria. Con sus propias manos demolieron su hogar; con sus
propias manos secaron la leche de sus mujeres; las infelices, embarazadas y
amamantando a sus bebés, debieron ir a las minas y a las manufacturas a estirar
su espinazo y fatigar sus músculos; con sus propias manos, quebrantaron la vida
y el vigor de sus hijos. ¡Vergüenza a los proletarios! ¿Dónde están esas
comadres de las que hablan nuestras fábulas y nuestros viejos cuentos, osadas
en la conversación, francas al hablar, amantes de la divina botella? ¿Dónde
están esas mujeres decididas, siempre correteando, siempre cocinando, siempre
cantando, siempre sembrando la vida y engendrando la alegría, pariendo sin
dolor niños sanos y vigorosos? ¡Hoy tenemos niñas y mujeres de fábrica,
enfermizas flores de pálidos colores, de sangre sin brillo, con el estómago destruido,
con los miembros debilitados! ¡Ellas no conocieron jamás el placer robusto y no
sabrían contar gallardamente cómo perdieron su virginidad! ¿Y los niños? Doce
horas de trabajo para los niños. ¡Oh, miseria! Pero todos los Jules Simon de la Academia de Ciencias
Morales y Políticas, todos los Germinys de la jesuitería, no habrían podido
inventar un vicio más embrutecedor para la inteligencia de los niños, más corruptor
de sus instintos, más destructor de su organismo, que el trabajo en la atmósfera
viciada del taller capitalista.
Nuestra
época es, dicen, el siglo del trabajo; es en efecto el siglo del dolor, de la
miseria y de la corrupción.
Y
sin embargo, los filósofos, los economistas burgueses -desde el penosamente
confuso Augusto Comte hasta el ridículamente claro Leroy-Beaulieu; los hombres
de letras burguesas -desde el charlatanescamente romántico Víctor Hugo hasta el
ingenuamente grotesco Paul de Kock-, todos han entonado sus cánticos
nauseabundos en honor del dios Progreso, el hijo primogénito del Trabajo. Al
escucharlos, puede pensarse que la felicidad reinará sobre la tierra: ya se
siente su llegada.
Ellos
fueron a indagar en el polvo y la miseria feudales de los siglos pasados para recuperar
de la oscuridad las delicias de los tiempos presentes.
¿Nos
cansaron los bien alimentados, los satisfechos, hasta hace poco todavía miembros
de la servidumbre de grandes señores, y hoy sirvientes literarios de la
burguesía, muy bien pagos? ¿Nos cansaron con la rusticidad del retórico La Bruyere? Y bien, he aquí
el brillante cuadro de los gozos proletarios en el año del progreso capitalista
de 1840, pintado por uno de ellos, el Dr. Villermé, miembro del Instituto, el
mismo que, en 1848, formó parte de esa sociedad de sabios (Thiers, Cousin,
Passy, Blanqui, el académico, etc.) que propagaba en las masas las tonterías de
la economía y de la moral burguesas.
I
El
Dr. Villermé habla de la
Alsacia manufacturera, de la Alsacia de Kestner, de Dollfus,
la flor y nata de la filantropía y del republicanismo industrial. Pero antes de
que el doctor muestre ante nosotros el cuadro de las miserias proletarias,
escuchemos a un manufacturero alsaciano, el señor Th. Mieg, de la casa Do
llfus, Mieg y Compañía, describiendo la situación del artesano de la antigua
industria:
"En
Mu1house, hace cincuenta años (en 1813, cuando nacía la moderna industria
mecánica), los obreros eran todos naturales del territorio, que habitaban la
ciudad y los pueblos circundantes y que poseían casi todos una casa y a menudo
un pequeño campo, (8)
Era
la edad de oro del trabajador. Pero, entonces, la industria alsaciana no
inundaba el mundo con sus telas de algodón y no enriquecía a sus Dollfus y sus
Koechlin. Pero veinticinco años después, cuando Villermé visitó a Alsacia, el
minotauro moderno -el taller capitalista-, había conquistado la región; en su
hambre de trabajo humano, había arrancado a los obreros de sus hogares para
retorcerlos mejor y para exprimir mejor el trabajo que ellos contenían. Los
obreros acudían por millares al silbido de la máquina.
"Un
gran número", dice Villermé, "cinco mil sobre diecisiete mil, fueron
obligados, por la carestía de los alquileres, a alojarse en los pueblos
vecinos. Algunos habitaban a dos leguas y cuarto de la manufactura donde
trabajaban.
En
Mulhouse, en Dornach, el trabajo comenzaba a las cinco de la mañana y terminaba
a las cinco de la tarde, tanto en verano como en invierno [...] Hay que verlos
llegar cada mañana a la ciudad y partir cada tarde. Hay entre ellos una
multitud de mujeres pálidas, flacas, caminando descalzas en medio del barro y
que, a falta de paraguas, se protegen la cara y el cuello con sus delantales y
sus enaguas, volcados sobre la cabeza, tanto si llueve como si nieva; y un
número más considerable aún de pequeños niños no menos sucios, no menos
pálidos, cubiertos de harapos, todos engrasados de aceite de los telares que
cae sobre ellos mientras trabajan. Estos últimos, mejor protegidos de la lluvia
por la impermeabilidad de sus vestimentas, no tienen en el brazo, como las
mujeres de las que se acaba de hablar, una cesta con las provisiones de la
jornada; pero llevan en la mano, o cubren bajo su chaleco o como pueden, el
pedazo de pan que debe alimentarlos hasta la hora de su vuelta a casa.
De
esta manera, a la fatiga de una jornada desmesuradamente larga ya que es de por
lo menos quince horas-, se suma para estos infelices la fatiga de las idas y
venidas tan frecuentes, tan penosas. El resultado es que a la noche llegan a
sus casas abrumados por la necesidad de dormir, y que a la mañana salen antes
de estar completamente descansados, para encontrarse en el taller a la hora de
su apertura".
Veamos
ahora los cuartuchos donde se amontonaban aquéllos que habitaban en la ciudad:
"Vi
en Mulhouse, en Dornach y en las casas vecinas, esos miserables alojamientos
donde dos familias se acostaban cada una en un rincón, sobre la paja arrojada
sobre el piso y sostenida por dos tablas. Esta miseria en la que viven los
obreros de la industria del algodón en el departamento del Alto Rin es tan
profunda que produce este triste resultado: mientras que en las familias de los
fabricantes negociantes, fabricantes de paños, directores de fábricas, etc., la
mitad de los niños alcanzan los 21 años, esa misma mitad deja de existir antes
de cumplir los dos años en las familias de tejedores y de obreros de las
hilanderías de algodón".
Refiriéndose
al trabajo en el taller, Villermé agrega: "No es un trabajo, una tarea,
sino una tortura, y se la inflige a los niños de seis a ocho años. [u.] Es este
largo suplicio de todos los días el que mina principalmente a los obreros de
las hilanderías de algodón". Y a propósito de la duración del trabajo,
Villermé observaba que los presidiarios de las mazmorras no trabajaban más que
diez horas, los esclavos de las Antillas nueve horas promedio, mientras que en la Francia que había hecho la
revolución del '89 y que había proclamado los pomposos Derechos del Hombre,
existían manufacturas donde la jornada era de dieciséis horas, sobre las que se
otorgaba a los obreros una hora y media para comer. (9)
¡Oh
miserable aborto de los principios revolucionarios de la burguesía! ¡Oh lúgubre
regalo de su dios Progreso! Los filántropos aclaman como benefactores de la
humanidad a los que, para enriquecerse holgazaneando, dan su trabajo a los
pobres; mejor valdría sembrar la peste o envenenar las fuentes que levantar una
fábrica en medio de una población rural. Introduzcan el trabajo fabril, y adiós
alegría, salud, libertad; adiós todo lo que hace la vida bella y digna de ser
vivida. (10)
Y
los economistas siguen repitiendo a los obreros: ¡trabajen para aumentar la
riqueza social! Y sin embargo un economista, Destut de Tracy, les responde: "Es
en las naciones pobres donde el pueblo vive con comodidad; es en las naciones
ricas donde es, comúnmente, pobre". Y su discípulo Cherbuliez continúa: "Los
trabajadores mismos, cooperando en la acumulación de capitales productivos,
contribuyen al hecho que, tarde o temprano, debe privarlos de una parte de su
salario".
Pero
aturdidos e idiotizados por sus propios alaridos, los economistas responden:
¡Trabajen, trabajen siempre para crear su propio bienestar) Y en nombre de la
mansedumbre cristiana, un cura de la iglesia anglicana, el reverendo Townshend,
salmodia: Trabajen, trabajen noche y día; trabajando, ustedes hacen crecer su
miseria, y su miseria nos dispensa de imponerles el trabajo por la fuerza de la
ley. La imposición legal del trabajo" es demasiado penosa, exige demasiada
violencia y hace demasiado ruido; el hambre, por el contrario, es no sólo una
presión apacible, silenciosa, incesante, sino que, en tanto el móvil más
natural del trabajo y de la industria, provoca también los esfuerzos más
poderosos".
Trabajen,
trabajen, proletarios, para aumentar la riqueza social y sus miserias individuales;
trabajen, trabajen, para que, volviéndose más pobres, tengan más razones para
trabajar y ser miserables. Tal es la ley inexorable de la producción
capitalista.
Prestando
oído a las falsas palabras de los economistas, los proletarios se han entregado
en cuerpo y alma al vicio del trabajo, precipitando así a toda la sociedad en
las crisis industriales de sobreproducción que convulsionan el organismo
social. Entonces, debido a que hay una plétora de mercancías y escasez de
compradores, los talleres se cierran y el hambre azota las poblaciones obreras
con su látigo de mil tiras. Los proletarios, embrutecidos por el dogma del
trabajo, no comprenden que el sobre trabajo que se infligieron en los tiempos
de pretendida prosperidad es la causa de su miseria presente; no corren al granero
de trigo y gritan: "¡Tenemos hambre y queremos comer! Cierto, no tenemos
un centavo pero por más pobres que seamos, sin embargo: Somos nosotros los que
segamos el trigo y recolectamos la uva...". No asedian los almacenes del
señor Bonnet, de Jujuriex, el inventor de los conventos industriales y exclaman:
"Señor Bonnet, he aquí a sus obreras ovalistas, torcedoras, hilanderas,
tejedoras; tiritan bajo sus telas de algodón, que están tan remendadas que perturbarían
hasta a un judío y sin embargo, son ellas las que hilaron y tejieron los
vestidos de seda de las mujerzuelas de toda la cristiandad. Las pobres,
trabajando trece horas por día, no tenían tiempo de pensar en acicalarse; hoy, holgazanean
y pueden hacer crujir los vestidos que hicieron. Desde que perdieron sus
dientes de leche, se han dedicado a vuestra riqueza y han vivido en la
abstinencia; ahora, tienen tiempo libre y quieren gozar un poco de los frutos
de su trabajo. Vamos, señor Bonnet, entregue sus vestidos; el señor Harmel
proporcionará sus muselinas, el señor Pouyer-Quertier sus telas de algodón, el
señor Pinet sus botines para sus queridos piececitos fríos y húmedos. Vestidas
de pies a cabeza y vivaces, será un placer contemplarlas. Vamos, nada de
tergiversaciones: ¿usted es amigo de la humanidad, verdad? ¿Y cristiano antes
que mercader, no? Ponga entonces a disposición de sus obreras la riqueza que
ellas le construyeron con la carne de su carne. ¿Usted es amigo del comercio?
Facilite la circulación de las mercancías; he aquí a los consumidores todos
juntos; ábrales créditos ilimitados. Usted está obligado a dárselo a
negociantes que no conoce, que no le han dado nada, ni siquiera un vaso con
agua. Sus obreras cumplirán como puedan: si el día del vencimiento, ellas dejan
que protesten su firma, usted las declarará en quiebra, y si ellas no tienen
nada que pueda ser embargado, usted les exigirá que le paguen con plegarias:
ellas lo enviarán al paraíso, mejor que sus "bolsas negras" con su
nariz llena de tabaco".
En
vez de aprovechar los momentos de crisis para una distribución general de los
productos y una holganza y regocijo universales, los obreros, muertos de
hambre, van a golpearse la cabeza contra las puertas del taller. Con rostros
pálidos, cuerpos enflaquecidos, con palabras lastimosas, acometen a los
fabricantes: "¡Buen señor Chagot, dulce señor Schneider, den nos trabajo;
no es el hambre sino la pasión del trabajo lo que nos atormenta!". Y estos
miserables, que apenas tienen la fuerza como para mantenerse en pie, venden
doce y catorce horas de trabajo a un precio dos veces menor que en el momento
en que tenían pan sobre la mesa. Y los filántropos de la industria aprovechan
la desocupación para fabricar a mejor precio.
Si
las crisis industriales siguen a períodos de sobre trabajo tan fatalmente como
la noche al día, arrastrando tras ellas el descanso forzado y la miseria sin
salida, ellas traen también la bancarrota inexorable.
Mientras
el fabricante tiene crédito, da rienda suelta al delirio del trabajo, pidiendo
más y más dinero para proporcionar la materia prima a los obreros. Hay que
producir, sin reflexionar que el mercado se abarrota y que, si sus mercancías
no se venden, sus pagarés se vencerán.
Aguijoneado,
va a implorar al judío, se arroja a sus pies, le ofrece su sangre, su honor.
"Una pequeña pieza de oro haría mejor mi negocio", responde el
Rothschild; "usted tiene 20.000 pares de medias en su tienda; valen veinte
monedas de cobre, yo los tomo a cuatro".
Obtenidas
las medias, el judío las vende a seis u ocho monedas de cobre y se embolsa las
inquietas cien monedas de cobre que no le deben nada a nadie: pero el
fabricante retrocedió para saltar mejor. Finalmente llega la debacle y las
tiendas estallan; se arrojan entonces tantas mercancías por la ventana, que no
se sabe cómo entraron por la puerta. El valor de las mercancías destruidas se
calcula en centenas de millones; en el siglo XVIII, se las quemaba o se las
tiraba al agua. (11)
Pero
antes de llegar a esta conclusión, los fabricantes recogen el mundo en busca de
salida para las mercancías que se amontonan; obligan a su gobierno a anexar el
Congo, a apoderarse de Tonkin, a demoler a cañonazos las murallas de la China, para esparcir allí
sus telas de algodón. En los siglos pasados, hubo un duelo a muerte entre
Francia e Inglaterra para definir quién tendría el privilegio exclusivo de
vender en América y en las Indias. Miles de hombres jóvenes y fuertes
enrojecieron los mares con su sangre durante las guerras coloniales de los
siglos XVI, XVII y XVIII.
Los
capitales abundan tanto como las mercancías. Los rentistas ya no saben dónde
ubicarlos; van entonces a las naciones felices que se tiran al sol a fumar
cigarrillos, para construir líneas férreas, levantar fábricas e importar la
maldición del trabajo. Hasta que esta exportación de capitales franceses se
termina una mañana por complicaciones diplomáticas; en Egipto, Francia,
Inglaterra y Alemania estuvieron a punto de tomarse de los cabellos para saber
a qué usureros les pagarían primero; o por las guerras de México, donde se
envía a soldados franceses para hacer el trabajo de alguaciles para cobrar las
deudas impagas. (12)
Estas
miserias individuales y sociales, por grandes e innumerables que sean, por
eternas que parezcan, desaparecerán como las hienas y los chacales ante la
proximidad del león, cuando el proletariado diga: "Yo quiero que
terminen". Pero para que tome conciencia de su fuerza, el proletariado
debe aplastar con sus pies los prejuicios de la moral cristiana, económica y
librepensadora; debe retornar a sus instintos naturales, proclamar los Derechos
de la Pereza,
mil veces más nobles y más s que los tísicos Derechos del Hombre, proclamados
por los abogados metafísicos de la revolución burguesa; que se limite a
trabajar no más de tres horas por día, a holgazanear y comer el resto del día y
de la noche.
Hasta
aquí, mi tarea fue fácil: no tenía más que describir los males reales bien
conocidos, lamentablemente, por todos nosotros. Pero convencer al proletariado
de que la palabra que se les inoculó es perversa, de que el trabajo
desenfrenado al que se entregó desde comienzos del siglo es la calamidad más
terrible que jamás ha golpeado a la humanidad, de que el trabajo sólo se
convertirá en un condimento de placer de la pereza, un ejercicio benéfico para
el organismo humano, una pasión útil para el organismo social en el momento en
que sea sabiamente reglamentado y limitado a un máximo de tres horas por día,
es una tarea ardua superior a mis fuerzas; sólo los médicos, los higienistas,
los economistas comunistas podrían emprenderla. En las páginas que siguen, me
limitaré a demostrar que estando dados los medios de producción modernos y su
potencia reproductiva ilimitada, hay que debilitar la pasión extravagante de
los obreros por el trabajo y obligarlos a consumir las mercancías que producen.
Las
consecuencias de la sobreproducción
Un
poeta griego de la época de Cicerón, Antípatro, celebraba así la invención del
molino de agua (para la molienda del grano), que iba a emancipar a las mujeres
esclavas y a recuperar la edad de oro:
"¡Ahorren
la fuerza del brazo que hace girar la piedra del molino, oh molineras, y
duerman apaciblemente! ¡Que el gallo les advierta en vano que ya es de día! Dao
impuso a las ninfas el trabajo de las esclavas y miren cómo saltan alegremente
en el callillo y cómo el eje del carro rueda con sus rayos, haciendo girar la
pesada piedra rodante. ¡Vivamos la vida de nuestros padres y, ociosos,
regocijémonos de los dones que la diosa otorga!" Lamentablemente el ocio
que el poeta pagano anunciaba no llegó;
La
pasión ciega, perversa y homicida del trabajo transforma la máquina liberadora
en un instrumento de servidumbre de los hombres libres: su productividad los
empobrece.
Una
buena obrera hace con el huso sólo cinco mallas por minuto;
Algunos
telares circulares hacen treinta mil en el mismo tiempo. Cada minuto a máquina
equivale entonces a cien horas de trabajo de la obrera; o bien cada minuto de
trabajo de la máquina da a la obrera diez días de descanso. Lo que es cierto
para la industria del tejido es más o menos cierto para todas las industrias
renovadas por la mecánica moderna.
¿Pero
qué vemos nosotros? A medida que la máquina se perfecciona y quita el trabajo
del hombre con una rapidez y una precisión constantemente crecientes, el
obrero, en vez de prolongar su descanso en la misma proporción, redobla su
actividad, como si quisiera rivalizar con la máquina. ¡Qué competencia absurda
y mortal!
Para
que la competencia del hombre y de la máquina se acelerara, los proletarios abolieron
las sabias leyes que limitaban el trabajo de los artesanos de las antiguas corporaciones;
suprimieron los días feriados (13). Puesto que los productores de entonces
trabajaban sólo cinco días sobre siete, ¿creen pues, tal como dicen los
economistas mentirosos, que no vivían más que del aire y del agua fresca?
¡Vamos! Tenían tiempo libre para disfrutar de las alegrías de la tierra, para
hacer el amor y divertirse; para hacer banquetes jubilosamente en honor del
alegre dios de la
Holgazanería. La melancólica Inglaterra, hoy sumida en el
protestantismo, se llamaba entonces la "alegre Inglaterra" (Merry
England). Rabelais, Quevedo, Cervantes, los autores desconocidos de novelas
picarescas, hacen que se nos haga agua la boca con sus pinturas de esas monumentales
francachelas (14), con las que se regalaban entonces entre dos batallas y entre
dos devastaciones, y en las cuales "se tiraba la casa por la
ventana". Jordaens y la escuela flamenca las han plasmado en sus
divertidas pinturas. Sublimes estómagos gargantuescos, ¿en qué se han convertido?
Sublimes cerebros que abarcaban todo el pensamiento humano, ¿en qué se han
convertido? Ahora estamos muy disminuidos y muy degenerados. La carne en mal
estado (15), la papa, el vino adulterado y el aguardiente prusiano sabiamente
combinados con el trabajo forzado debilitaron nuestros cuerpos y redujeron
nuestros espíritus. ¿Y es precisamente cuando el hombre ha achicado su estómago
y la máquina ha agrandado su productividad, que los economistas nos predican la
teoría malthusiana, la religión de la abstinencia y el dogma del trabajo?
Habría que arrancarles la lengua y arrojársela a los perros.
Puesto
que la clase obrera, con su buena fe simplista, se dejó adoctrinar; puesto que,
con su impetuosidad natural, se precipitó ciegamente en el trabajo y la
abstinencia, la clase capitalista se vio condenada a la pereza y al disfrute
forzados, a la improductividad y al sobre consumo.
Pero
si el sobre trabajo del obrero martiriza su carne y atormenta sus nervios,
también es fecundo en dolores para la burguesía.
La
abstinencia a la que se condena la clase productiva obliga a los burgueses a
dedicarse al sobre consumo de los productos que ella produce en forma
desordenada. Al comienzo de la producción capitalista, cace uno o dos siglos,
el burgués era un hombre ordenado, de costumbres razonables y apacibles; se
contentaba casi exclusivamente con su mujer; sólo bebía cuando tenía sed y
comía cuando tenía hambre.
Dejaba
a los cortesanos y a las cortesanas las nobles virtudes de la vida libertina.
Hoy en día, no hay hijo de cualquier advenedizo que no se crea obligado a
desarrollar la prostitución y mercurializar su cuerpo para darle un objetivo al
trabajo que se imponen los obreros de las minas de mercurio; no es un burgués
que se precie el que no se atraque con capones trufados y con vinos exquisitos
para alentar a los ganaderos de La
Fleche y a los viñateros de Bordelais. En este trabajo, el
organismo se arruina rápidamente: se cae el pelo, los dientes se descarnan, el
tronco se deforma, el vientre se hincha, la respiración se altera, los
movimientos se hacen más pesados, las articulaciones se anquilosan, las
falanges se traban. Otros, demasiado débiles para soportar las fatigas de la
vida libertina, pero dotados de la joroba del proudhonismo, consumen sus sesos
como los Garnier de la economía política y los Acallas de la filosofía
jurídica, elucubrando gruesos libros soporíferos para ocupar el tiempo libre de
los tipógrafos e impresores.
Las
mujeres de mundo viven una vida de martirio. Para probar y hacer valer las
telas maravillosas que las costureras se matan para fabricar, ellas se pasan el
día y la noche cambiándose constantemente de vestido; durante horas, entregan
su cabeza hueca a los artistas peluqueros que, a toda costa, quieren satisfacer
su pasión por edificar postizos.
Apretadas
dentro de sus corsés, incómodas en sus zapatos, con escotes que hacen enrojecer
hasta a un granadero, giran durante noches enteras en sus bailes de caridad a
fin de recolectar algunas monedas de cobre para los pobres. ¡Santas almas!
Para
cumplir su doble función social de no productor y de sobre consumidor, el burgués
debió no solamente violentar sus gustos modestos, perder sus hábitos laboriosos
de hace dos siglos y entregarse al lujo desenfrenado, a las indigestiones
trufadas y a libertinajes sifilíticos, sino también sustraer al trabajo
productivo una masa enorme de hombres a fin de procurarse ayudantes.
He
aquí algunas cifras que prueban cuán colosal es esté: desperdicio de fuerzas productivas:
"Según
el censo de 1861, la población de Inglaterra y del país de Gales comprendía
20.066.224 personas, de las cuales 9.776.259 eran del sexo masculino y
10.289.965, del sexo femenino. Si se restan aquéllos que son demasiado viejos o
demasiado jóvenes para trabajar, las mujeres, los adolescentes y los niños
improductivos, más las profesiones ideológicas como el gobierno, la policía, el
clero, la magistratura, el ejército, los eruditos, artistas, etc., luego las
personas exclusivamente dedicadas a comer del trabajo de otros, bajo la forma
de renta de la tierra, de intereses, de dividendos, etc., y finalmente, los
pobres, los vagabundos, los criminales, etc., quedan aproximadamente ocho
millones de individuos de los dos sexos y de todas las edades, incluyendo a los
capitalistas ocupados en la producción, el comercio, las finanzas, etc. Entre
estos ocho millones, se cuentan:
Trabajadores
agrícolas (incluyendo pastores, criados y criadas que habitan en el establecimiento
agrícola) 1.098.261;
Obreros
de las fábricas de algodón, de lana, de worsted, de lino, de cáñamo, de seda,
de encajes y otros 642.607;
Obreros
de las minas de carbón y de metal 565.835;
Obreros
empleados en las fábricas metalúrgicas (altos hornos, laminados, etc.) y en las
manufacturas de metal de todo tipo 396.998;
Clase
doméstica 1.208.648
Si
sumamos los trabajadores de las fábricas textiles y los de las minas de carbón
y de metal, obtenemos la cifra de 1.208.442; si sumamos los primeros y el
personal de todas las fábricas y de todas las manufacturas metalúrgicas,
tenemos un total de 1.039.605; es decir, en ambos casos un número más pequeño
que el de los esclavos domésticos modernos.
He
aquí el magnífico resultado de la explotación capitalista de las maquinas (16).
A
toda esta clase doméstica, cuya extensión indica el grado alcanzado por la
civilización capitalista, debe agregarse la numerosa clase de los infelices
dedicados exclusivamente a la satisfacción de los gustos dispendiosos y fútiles
de las clases ricas: tallado res de diamantes, encajeras, bordadoras,
encuadernadores de lujo, costureras de lujo, decoradores de mansiones de
placer, etc. (17)
Una
vez acurrucada en la pereza absoluta y desmoralizada por el goce forzado, la burguesía,
a pesar del mal que le acarreó, se acomodó a su nuevo estilo de vida. Considera
con horror todo cambio. La visión de las miserables condiciones de existencia
aceptadas con resignación por la clase obrera y de la degradación orgánica
engendrada por la pasión depravada por el trabajo aumentaban también su
repulsión por toda imposición de trabajo y por toda restricción del goce.
Es
precisamente entonces que, sin tener en cuenta la desmoralización que la burguesía
se había impuesto como un deber social, a los proletarios se les puso en la
cabeza infligir el trabajo a los capitalistas.
Los
ingenuos tomaron en serio las teorías de los economistas y de los moralistas
sobre el trabajo y se empeñaron en imponer la práctica a los capitalistas. El
proletariado enarboló la consigna "el que no trabaja, no come"; Lyon,
en 1831, se rebeló por "trabajo o plomo"; las guardias nacionales de
marzo de 1871 declararon a su levantamiento la Revolución del Trabajo.
A
este arrebato de furor bárbaro, destructor de todo goce y de toda pereza
burgueses, los capitalistas no podían responder más que con la represión feroz;
pero sabían que, si habían podido reprimir esas explosiones revolucionarias, no
habían ahogado en la sangre de sus masacres gigantescas la absurda idea del
proletariado de querer imponer el trabajo a las clases ociosas y mantenidas, y es
para evitar esta desgracia que se rodean de pretorianos, policías, magistrados
y carceleros mantenidos en una improductividad laboriosa. Ya no se puede
conservar la ilusión sobre el carácter de los ejércitos modernos. Ellos son
mantenidos en forma permanente sólo para reprimir al "enemigo
interno"; es así que los fuertes de París y de Lyon no fueron construidos
para defender la ciudad contra el extranjero, sino para aplastar una revuelta.
Y si fuera necesario un ejemplo irrefutable, podemos mencionar al ejército de
Bélgica, ese paraíso del capitalismo; su neutralidad está garantizada por las
potencias europeas, y sin embargo su ejército es uno de los más fuertes en
proporción a la población. Los gloriosos campos de batalla del valiente
ejército belga son las planicies de Borinage y de Charleroi; es en la sangre de
los mineros y de los obreros desarmados que los oficiales belgas templan sus
espadas y aumentan sus charreteras. Las naciones europeas no tienen ejércitos
nacionales, sino ejércitos mercenarios, que protegen a los capitalistas contra
la furia popular que quisiera condenados a diez horas de trabajo en las minas o
en el hilado.
Entonces,
al ajustarse el cinturón, la clase obrera desarrolló con exceso el vientre de
la burguesía condenada al sobre consumo.
Para
ser aliviada de su penoso trabajo, la burguesía retiró de la clase obrera una
masa de hombres muy superior a la que permanece dedicada a la producción útil,
y la condenó a su vez a la improductividad y al sobre consumo. Pero este rebaño
de bocas inútiles, a pesar de su voracidad insaciable, no basta para consumir
todas las mercancías que los obreros, embrutecidos por el dogma del trabajo,
producen como maníacos, sin quererlas consumir y sin siquiera pensar si se
encontrará gente para consumirlas.
Ante
esta doble locura de los trabajadores -matarse de sobre trabajo y vegetar en la
abstinencia-, el gran problema de la producción capitalista ya no es encontrar
productores y duplicar sus fuerzas, sino descubrir consumidores, excitar sus
apetitos y crearles necesidades artificiales. Puesto que los obreros europeos,
tiritando de frío y de hambre, se niegan a vestir los tejidos que producen ya
beber los vinos que elaboran, los pobres fabricantes, rápidos como galgos,
deben correr a las antípodas para buscar a quien los vestirá y beberá: son las
centenas y miles de millones que Europa exporta todos los años, a los cuatro
rincones del mundo, a pueblos que no las necesitan (18). Pero los continentes
explorados no son lo suficientemente vastos; se necesitan regiones vírgenes.
Los
fabricantes de Europa sueñan noche y día con el África, con el lago sahariano,
con el ferrocarril de Sudán; siguen con ansiedad los progresos de los
Livingstone, de los Stanley, de los Du Chaillu, de los de Brazza; escuchan las
historias maravillosas de esos valientes viajeros con la boca abierta. ¡Cuántas
maravillas desconocidas encierra el "continente negro"! Los campos
están sembrados de dientes de elefante; ríos de aceite de coco arrastran
pepitas de oro; millones de culos negros, desnudos como la cara de Dufaure o de
Girardin, esperan las telas de algodón para aprender la decencia, las botellas
de aguardiente y las Biblias para conocer las virtudes de la civilización.
Pero
todo es inútil: burgueses que comen en exceso, clase doméstica que supera a la
clase productiva, naciones extranjeras y bárbaras que se sacian de mercancías
europeas; nada, nada puede llegar a absorber las montañas de productos que se
acumulan más altas y más enormes que las pirámides de Egipto: la productividad
de los obreros europeos desafía todo consumo, todo despilfarro. Los
fabricantes, enloquecidos, no saben ya qué hacer, ya no pueden encontrar la
materia prima para satisfacer la pasión desordenada, depravada, de sus obreros
por el trabajo. En nuestros departamentos laneros, se destejen los harapos
sucios y a medio podrir para hacer paños llamados" de renacimiento",
que duran lo que duran las promesas electorales; en Lyon, en vez de dejar a la
fibra suave su sencillez y su flexibilidad natural, se la sobrecarga de sales
minerales que, al agregarle peso, la vuelven desmenuzable y poco durable.
Todos
nuestros productos son adulterados para facilitar el flujo y reducir las existencias.
Nuestra época será llamada la "edad de la falsificación", como las
primeras épocas de la humanidad recibieron los nombres de edad de piedra, edad
de bronce, etc., a partir del carácter de su producción. Los ignorantes acusan
de fraude a nuestros piadosos industriales, mientras que en realidad el
pensamiento que los anima es el de proporcionar trabajo a los obreros, que no
pueden resignarse a vivir de brazos cruzados. Si bien esas falsificaciones
-cuyo único móvil es un sentimiento humanitario, aunque brindan enormes
beneficios a los fabricantes que las practican-, son desastrosas para la
calidad de las mercancías y constituyen una fuente inagotable de despilfarro de
trabajo humano, prueban el filantrópico ingenio de los burgueses y la horrible
perversión de los obreros que, para saciar su vicio de trabajo, obliga a los industriales
a ahogar los gritos de su conciencia e incluso violar leyes de la honestidad
comercial.
Y
sin embargo, a pesar de la sobreproducción de mercancías, a pesar de las falsificaciones
industriales, los obreros invaden el mercado de manera innumerable, implorando:
¡trabajo!, ¡trabajo! Su superabundancia debería obligarlos a refrenar su
pasión; por el contrario, la lleva al paroxismo. En cuanto una oportunidad de
trabajo se presenta, se arrojan sobre ella; entonces reclaman doce, catorce
horas para lograr su saciedad, y la mañana los encontrará nuevamente arrojados
a la calle, sin nada para alimentar su vicio. Todos los años, en todas las
industrias, la desocupación vuelve con la regularidad de las estaciones. Al sobre
trabajo mortal para el organismo le sucede el reposo absoluto, durante dos a
cuatro meses; y sin trabajo, no hay comida. Puesto que el vicio del trabajo
está diabólicamente arraigado en el corazón de los obreros; puesto que sus
exigencias ahogan todos los otros instintos de la naturaleza; puesto que la
cantidad de trabajo requerida por la sociedad está forzosamente limitada por el
consumo y la abundancia de la materia prima, ¿por qué devorar en seis meses el
trabajo de todo el año? ¿Por qué no distribuirlo uniformemente en los doce
meses y obligar a todos los obreros a contentarse con seis o cinco horas por
día durante todo el año, en vez de indigestarse con doce horas durante seis
meses? Seguros de su parte cotidiana de trabajo, los obreros no se celarán más,
no se golpearán más para arrancarse el trabajo de las manos y el pan de la
boca; entonces, no agotados su cuerpo y su espíritu, comenzarán a practicar las
virtudes de la pereza.
Atontados
por su vicio, los obreros no flan podido elevarse a la comprensión del hecho de
que, para tener trabajo para todos, era necesario racionarlo como el agua en un
barco a la deriva. Sin embargo, los industriales, en nombre de la explotación
capitalista, desde hace tiempo demandaron una limitación legal de la jornada de
trabajo. Ante la Comisión
de 1860 para la enseñanza profesional, uno de los más grandes manufactureros de
Alsacia, el señor Bourcart, de Guebwiller, declaraba:
"Que
la jornada de doce horas era excesiva y debía ser reducida a once horas, que se
debía suspender el trabajo a las dos el sábado. Aconsejo la adopción de esta
medida aunque parezca onerosa a primera vista; la hemos experimentado en
nuestros establecimientos industriales desde hace cuatro años y nos encontramos
bien, y la producción media, lejos de haber disminuido, aumentó".
En
su estudio sobre las máquinas, F. Passy cita la siguiente carta de un gran industrial
belga, M. Ottavaere:
"Nuestras
máquinas, aunque iguales a las de las hilanderías inglesas, no producen lo que
deberían producir y lo que producirían estas mismas máquinas en Inglaterra,
aunque las hilanderías trabajan dos horas menos por día. [H'] Nosotros
trabajamos dos largas horas de más;
Tengo
la convicción de que si no se trabajara más que once horas en vez de trece, tendríamos
la misma producción y produciríamos en consecuencia más económicamente.
Por
otro lado, el señor Leroy-Beaulieu afirma que "un gran manufacturero belga
observa que las semanas en las que cae un día feriado no aportan una producción
inferior a la de semanas comunes" (19).
A
lo que el pueblo, engañado en su simpleza por los moralistas, no se atrevió
jamás, un gobierno aristocrático se atreve. Despreciando las altas
consideraciones morales e industriales de los economistas, que, como los
pájaros de mal agüero, creían que disminuir en una hora el trabajo en las
fábricas era decretar la ruina de la industria inglesa, el gobierno de
Inglaterra prohibió por medio de una ley, estrictamente observada, el trabajar
más de diez horas por día; y como antes, Inglaterra siguió siendo la primera
nación industrial del mundo.
Ahí
está la gran experiencia inglesa, ahí está la experiencia de algunos
capitalistas inteligentes, que demuestran irrefutablemente que, para potenciar
la productividad humana, es necesario reducir las horas de trabajo y
multiplicar los días de pago y los feriados; pero el pueblo francés no está
convencido. Pero si una miserable reducción de dos horas aumentó en diez años
cerca de un tercio la producción inglesa (20), ¿qué marcha vertiginosa
imprimirá a la producción francesa una reducción legal de la jornada de trabajo
a tres horas? Los obreros no pueden comprender que al fatigarse trabajando,
agotan sus fuerzas y las de sus hijos; que, consumidos, llegan antes de tiempo
a ser incapaces de todo trabajo; que absorbidos, embrutecidos por un solo
vicio, no son más hombres, sino pedazos de hombres; que matan en ellos todas
las facultades bellas para no dejar en pie, lujurias a, más que la locura
furibunda del trabajo.
Como
los loros de la Arcadia,
repiten la lección de los economistas:
"Trabajemos,
trabajemos para incrementar la riqueza nacional". ¡Idiotas! Es porque
ustedes trabajan demasiado que la maquinaria industrial se desarrolla
lentamente. Dejen de rebuznar y escuchen a un economista; no es un águila, no
es más que el señor L. Reybaud, que hemos tenido la alegría de perder hace
algunos meses: "La revolución en los métodos, de trabajo se determina, en
general, a partir de las condiciones de la mano de obra. En tanto que la mano
de obra brinde sus servicios a bajo precio, se la prodiga; cuando sus servicios
se vuelven más costosos, se busca ahorrarla" (21).
Para
obligar a los capitalistas a perfeccionar sus máquinas de madera y de hierro,
es necesario elevar los salarios y disminuir las horas de trabajo de las
máquinas de carne y hueso. ¿Las pruebas que apoyan esto? Se las puede
proporcionar por centenares. En la hilandería, el telar intermitente (self
acting mule) fue inventado y aplicado en Manchester porque los hilanderos se
rehusaron a seguir trabajando tanto tiempo como hasta entonces.
En
Estados Unidos, la máquina se extiende a todas las ramas de la producción agrícola,
desde la fabricación de manteca hasta la trilla del trigo: ¿por qué? Porque el
estadounidense, libre y perezoso, preferiría morir mil veces antes que vivir la
vida bovina del campesino francés. La actividad agrícola, tan penosa en nuestra
gloriosa Francia, tan rica en cansancio, en el oeste americano es un agradable
pasatiempo al aire libre que se hace sentado, fumando negligentemente la pipa.
A
una nueva melodía, una nueva canción
Si
al disminuir las horas de trabajo, se conquistan para la producción social
nuevas fuerzas mecánicas, al obligar a los obreros a consumir sus productos, se
conquistará un inmenso ejército de fuerzas de trabajo. La burguesía, aliviada
entonces dé: La tarea de ser consumidora universal, se apresurará a licenciar
la legión de soldados, magistrados, intrigantes, proxenetas, etc., que ha
retirado del trabajo útil para ayudarla a consumir y despilfarrar. A partir de
entonces el mercado de trabajo estará desbordante; entonces será necesaria una
ley férrea para prohibir el trabajo: será imposible encontrar ocupación para
esta multitud de ex improductivos, más numerosos que los piojos. Y luego de
ellos, habrá que pensar en todos los que proveían a sus necesidades y gustos
fútiles y dispendiosos. Cuando no haya más lacayos y generales que galardonar,
más prostitutas solteras ni casadas que cubrir de encajes, cañones que
perforar, ni más palacios que edificar, que imponer a los obreros y obreras de
pasamanería, de encajes, del hierro, de la construcción, por medio de leyes
severas, el paseo higiénico en bote y ejercicios coreográficos para el
restablecimiento de su salud y el perfeccionamiento de la raza. Desde el
momento en que los productos europeos sean consumidos en el lugar de producción
y por lo tanto, no sea necesario transportarlos a ninguna parte, será necesario
que los marinos; los mozos de cordel y los camioneros se sienten y aprendan a
girar los pulgares. Los felices Polinesios podrán entonces entregarse al amor libre
sin temer los puntapiés de la Venus
civilizada y los sermones de la moral europea.
Hay
más aun. A fin de encontrar trabajo para todos los improductivos de la sociedad
actual, a fin de dejar la maquinaria industrial desarrollarse indefinidamente,
la clase obrera deberá, como la burguesía violentar sus gustos ascéticos, y
desarrollar indefinidamente sus capacidades de consumo. En vez de comer por día
una o dos onzas de carne dura como el cuero -cuando las come-, comerá sabrosos
bifes de una o dos libras; en vez de beber moderadamente un vino malo, más
católico que el papa, beberá bordeaux y borgoña, en grandes y profundas copas,
sin bautismo industrial, y dejará el agua a los animales.
Los
proletarios han resuelto imponer a los capitalistas diez horas de forja y refinería;
allí esta la gran falla, la causa de los antagonismos sociales y las guerras
civiles. Es necesario prohibir el trabajo, no imponerlo. A los Rothschild, a
los Say se les permitiría probar haber sido, durante su vida, perfectos
holgazanes; y si juran querer continuar viviendo como perfectos holgazanes, a
pesar del entusiasmo general por el trabajo, se los anotara y, en sus
ayuntamientos respectivos, recibirán todas las mañanas veinte francos para sus
pequeños placeres. Los conflictos sociales desaparecerán. Los rentistas, los
capitalistas, etc., se unirán al partido popular una vez convencidos de que,
lejos de querer hacerles daño, se quiere por el contrario desembarazarlos del
trabajo de sobre consumo y despilfarro, por el que han estado oprimidos desde
su nacimiento. En cuanto a los burgueses incapaces de probar sus títulos de
holgazanes, se les dejara seguir sus instintos: existen bastantes oficios
desagradables para ubicarlos. Dufuare limpiara las letrinas publicas; Galliffet
matara a puñaladas a los cerdos sarnosos y a los caballos hinchados; los
miembros de la comisión de gracias, enviados a Possy, marcaran los bueyes y
carneros a ser sacrificados; los senadores serán empleados de pompas fúnebres y
enterradores. Para otros, encontraremos oficios al alcance de su inteligencia.
Lorgeril y Broglie taparan las botellas de champaña, pero se les cerrara la
boca para evitar que se emborrachen; Ferry, Frecinet y Tirard destruirán las
chinches y los gusanos de los ministerios y los otros edificios públicos. Será
necesario, sin embargo, poner los dineros públicos fuera del alcance de los
burgueses, por miedo a sus hábitos adquiridos.
Pero
dura y larga será la venganza se lanzara a los moralistas que han pervertido a
la naturaleza humana, a los santurrones, a los soplones, a los hipócritas “y
otras sectas semejantes de gente que se ha disfrazado para engañar al mundo.
Porque dando a entender al pueblo común que se ocupan solo de la contemplación
y la devoción, de ayunos y de la maceración de la sensualidad, y que comen solo
para sustentar y alimentar la pequeña fragilidad de su humanidad, por el
contrario, se cagan. Curios simulant sed Bacchanalia vivunt (22). Se lo puede
leer en letra grande e iluminada de sus rojos morros y vientres asquerosos, a
no ser que se perfumen con azufre”
En
los días de las grandes fiestas populares, donde, en vez de tragar el polvo
como el 15 de agosto y el 14 de julio burgueses, los comunistas y colectivistas
harán correr las botellas, trotar los jamones y volar los vasos; los miembros
de la Academia
de Ciencias Morales y Políticas, los curas con traje largo o corto de la
iglesia económica, católica, protestante, judía, positivista y librepensadora,
los propagadores del maltusianismo y de la moral cristiana, altruista,
independiente o sumisa, vestidos de amarillo, sostendrán la vela hasta quemarse
los dedos y vivirán hambrientos junto a mujeres galas y mesas llenas de carnes,
frutas y flores, y morirán de sed junto a toneles desbordantes. Cuatro veces al
año, en el cambio de estación, como los perros de los afiladores de cuchillos,
se los encadenará a grandes ruedas y durante diez horas se los condenará a
moler el viento. Los abogados y los legistas sufrirán la misma pena.
En
el régimen de pereza, para matar el tiempo que nos mata segundo a segundo,
habrá espectáculos y representaciones teatrales todo el tiempo; será el trabajo
adecuado para nuestros legisladores burgueses.
Se
los organizará en grupos recorriendo ferias y aldeas, dando representaciones
legislativas. Los generales, con botas de montar, el pecho adornado con
cordones, medallas, la cruz de la
Legión de Honor, irán por las calles y las plazas, reclutando
espectadores entre la buena gente.
Gambetta
y Cassagnac, su compadre, harán el anuncio del espectáculo en la puerta.
Cassagnac, con gran traje de matamoros, revolviendo los ojos, retorciéndose el
bigote, escupiendo estopa encendida, amenazará a todo el mundo con la pistola
de su padre y se precipitará en un agujero cuando se le muestre el retrato de
Lullier; Gambetta discurrirá sobre política extranjera, sobre la pequeña
Grecia, que 10 adoctrina y que encendería a Europa para estafar a Turquía;
sobre la gran Rusia que le tiene harto con la compota que promete hacer con
Prusia y que anhela conflictos en el oeste de Europa para hacer su negocio en
el este y ahogar el nihilismo en el interior; sobre el señor de Bismarck, que
ha sido lo bastante bueno como para permitirle pronunciarse sobre la
amnistía...; luego, desnudando su gran panza pintada a tres colores, golpeará
sobre ella el llamado de atención y enumerará los deliciosos animalitos, los
pajaritos, las trufas, los vasos de Margauxy de Yquem que ha engullido para
fomentar la agricultura y tener contentos a los electores de Belleville. · En
la barraca, se comenzará con la
Farsa electora! Ante los electores, con cabezas de madera y
orejas de burro, los candidatos burgueses, vestidos con trajes de payasos,
bailarán la danza de las libertades políticas, limpiándose la cara y el trasero
con sus programas electorales con múltiples promesas, y hablando con lágrimas
en los ojos de las miserias del pueblo y con voz estentórea de las glorias de
Francia; y las cabezas de los electores rebuznarán a coro y firmemente: ¡hi ho!
¡Hi ha!
Luego
comenzará la gran obra: El robo de los bienes de la nación.
La
Francia
capitalista, enorme hembra, con vello en la cara y pelada en la cabeza, deformada,
con las carnes fláccidas, hinchadas, débiles y pálidas, con los ojos apagados,
adormilada y bostezando, está tendida sobre un canapé de terciopelo; a sus
pies, el capitalismo industrial, gigantesco organismo de hierro, con una
máscara simiesca, devora mecánicamente hombres, mujeres y niños, cuyos gritos
lúgubres y desgarradores llenan el aire; la banca, con hocico de garduña,
cuerpo de hiena y manos de arpía, le roba rápidamente las monedas de cobre del
bolsillo. Hordas de miserables proletarios flacos, en harapos, escoltados por
gendarmes con el sable desenvainado, perseguidos por las furias que los azotan
con los látigos del hambre, llevan a los pies de la Francia capitalista montones
de mercancías, toneles de vino, bolsas de oro y de trigo. Langlois, con sus
calzones en una mano, el testamento de Proudhonen la otra y el libro del
presupuesto entre los dientes, se pone a la cabeza de los defensores de los bienes
de la nación y monta guardia.
Una
vez descargados los fardos, hacen echar a los obreros a golpes de bayoneta y culatazos
y abren la puerta a los industriales, a los comerciantes y a los banqueros. Se
precipitan sobre la pila en forma desordenada, y devoran las telas de algodón,
las bolsas de trigo, los lingotes de oro y vacían los toneles; cuando ya no
pueden más, sucios, repugnantes, se hunden en sus inmundicias y sus
vómitos...Entonces el trueno retumba, la tierra se mueve y se entreabre, y
surge la Fatalidad
histórica;
Con
su pie de hierro aplasta las cabezas de los que titubean, se caen y no pueden
huir, y con su larga mano derriba la
Francia capitalista, estupefacta y aterrorizada.
Si
la clase obrera, tras arrancar de su corazón el vicio que la domina y que
envilece su naturaleza, se levantara con toda su fuerza, no para reclamar los
Derechos del Hombre (que no son más que los derechos de la explotación
capitalista), no para reclamar el Derecho al Trabajo que no es más que el
derecho a la miseria), sino para forjar una ley de bronce que prohibiera a
todos los hombres trabajar más de tres horas por día, la Tierra, la vieja Tierra,
estremecida de alegría, sentiría brincar en ella un nuevo universo... ¿Pero
cómo pedir a un proletariado corrompido por la moral capitalista que tome una
resolución viril?
Como
Cristo, doliente personificación de la esclavitud antigua, los hombres, las mujeres
y los niños del Proletariado suben penosamente desde hace un siglo por el duro
calvario del dolor; desde hace un siglo el trabajo forzado destroza sus huesos,
mortifica sus carnes, atormenta sus músculos; desde hace un siglo, el hambre
retuerce sus entrañas y alucina sus cerebros... ¡Oh, pereza, apiádate de
nuestra larga miseria!
¡Oh,
Pereza, madre de las artes y de las nobles virtudes, sé el bálsamo de las angustias
humanas!
Apéndice
Nuestros
moralistas son gentes muy modestas; si bien inventaron el dogma del trabajo,
dudan de su eficacia para tranquilizar el alma, regocijar el espíritu y
mantener el buen funcionamiento de los riñones y otros órganos; quieren
experimentar su uso sobre el pueblo, in anima vili, antes de volverlo contra
los capitalistas, cuyos vicios tienen la misión de excusar y autorizar.
Pero,
filósofos a cuatro centavos la docena, ¿por qué se exprimen así los sesos para
elucubrar una moral cuya práctica no se atreven a aconsejar a sus amos? ¿Quieren
que se burlen de vuestro dogma del trabajo, del que tanto se ufanan: ¿Quieren
verlo escarnecido: Veamos la historia de los pueblos antiguos y los escritos de
sus filósofos y de sus legisladores.
"Yo
no sabría afirmar", dice el padre de la historia, Heródoto, "si los
griegos han tomado de los egipcios el desprecio hacia el trabajo, porque
encuentro el mismo desprecio establecido entre los tracios, los escitas, los
persas, los lidias; en una palabra, porque en la mayoría de los pueblos
bárbaros, los que aprenden las artes mecánicas, e incluso sus niños, son vistos
como los últimos de los ciudadanos...Todos los griegos han sido educados en
estos principios, particularmente los lacedemonios (24)
"En
Atenas, los ciudadanos eran verdaderos nobles que no debían ocuparse más que de
la defensa y de la administración de la comunidad, como los guerreros salvajes
de los cuales provenía su origen. Como debían entonces disponer de todo su
tiempo para velar, debido a su fuerza intelectual y corporal, por los intereses
de la república, cargaban a los esclavos con todo el trabajo. También entre los
lacedemonios, las mismas mujeres no debían hilar ni tejer para no rebajar su
nobleza" (25).
Los
romanos conocían sólo dos oficios nobles y libres: la agricultura y las armas;
todos los ciudadanos vivían por derecho a expensas del Tesoro, sin poder ser
obligados a proveerse de su subsistencia por ninguna de las sórdidas artes
(llamaban así a los oficios) que correspondían por ley a los esclavos. Bruto el
antiguo, para sublevar al pueblo, acusó sobre todo a Tarquino, el tirano, de
haber convertido a ciudadanos libres en artesanos y albañiles (26).
Los
filósofos antiguos discutían sobre el origen de las ideas, pero se ponían de
acuerdo si se trataba de aborrecer del trabajo.
"La
naturaleza", dice Platón, en su utopía social, en su República modelo,
"la naturaleza no ha hecho ni zapateros ni herreros; ocupaciones
semejantes degradan a quienes las ejercen, viles mercenarios, miserables sin
nombre que son excluidos por su estado mismo de los derechos políticos. En
cuanto a los comerciantes acostumbrados a mentir y a engañar, sólo se los
soportará en la ciudad como un mal necesario. El ciudadano que se envilezca por
el comercio será perseguido por ese delito. Si es convicto, será condenado a un
año de prisión. El castigo será doble cada vez que reincida" (27).
En
su Económica, Jenofonte escribe:
"Las
personas que se entregan a los trabajos manuales no son jamás elevadas en sus
cargos, y con mucha razón. La mayoría, condenados a estar sentados todo el día,
algunos incluso a soportar el calor de un fuego continuo, no pueden dejar de
tener el cuerpo alterado y es muy difícil que el espíritu no se resienta".
"¿Qué
puede salir de honorable de una tienda?", dice Cicerón, "¿y qué puede
producir de honesto el comercio? Todo lo que tenga que ver con el comercio es
indigno de un hombre honesto [...], los comerciantes no pueden obtener
ganancias sin mentir, ¿y qué es más vergonzoso que la mentira? Entonces, debe
considerarse como bajo y vil el oficio de todos los que venden su trabajo y su
industria; porque el que da su trabajo por dinero se vende a sí mismo y se
coloca en la categoría de los esclavos" (28).
Proletarios,
embrutecidos por el dogma del trabajo, escuchen las palabras de estos
filósofos, que se las ocultan con tanto celo: un ciudadano que entrega su
trabajo por dinero se degrada a la categoría de los esclavos, comete un crimen,
que merece años de prisión.
La
hipocresía cristiana y el utilitarismo capitalista no habían pervertido a estos
filósofos de las repúblicas antiguas; hablando para hombres libres, expresaban
ingenuamente su pensamiento. Platón, Aristóteles, estos grandes pensadores -a
los cuales nuestros Cousin, Caro, Simon no les llegan ni a la suela de sus
zapatos poniéndose en puntas de pie-, querían que los ciudadanos de sus
repúblicas ideales vivieran en el más grande ocio; porque, agrega a Jenofonte,
"el trabajo ocupa todo el tiempo y con él no hay ningún tiempo libre para
la república y los amigos". Según Plutarco, el gran mérito de Licurgo,
"el más sabio de los hombres", para admiración de la posteridad, fue
el de haber brindado ocio a los ciudadanos de la república prohibiéndoles todo
oficio (29).
Pero,
responderán los Bastiat, Dupanloup, Beaulieu y demás defensores de la moral
cristiana y capitalista, estos pensadores, estos filósofos preconizaban la
esclavitud. Perfecto, pero ¿podía ser de otro modo, dadas las condiciones
económicas y políticas de su época? La guerra era el estado normal de las
sociedades antiguas; el hombre libre debía consagrar su tiempo a discutir los
asuntos del estado y a velar por su defensa; los oficios eran entonces
demasiado primitivos y demasiado toscos para que, practicándolos, se pudiera
ejercer a la vez el oficio de soldado y de ciudadano; para tener guerreros y
ciudadanos, los filósofos y legisladores debían tolerar a los esclavos en las
repúblicas heroicas. Pero los moralistas y los economistas del capitalismo ¿no
preconizan el trabajo asalariado, la esclavitud moderna? ¿Ya qué hombres la
esclavitud capitalista proporciona ocio? A los Rothschild, a los Schneider, a
las Madame Boucicaut, inútiles y perjudiciales, esclavos de sus vicios y de sus
criados.
"El
prejuicio de la esclavitud dominaba el espíritu de Pitágoras y de
Aristóteles", ha escrito alguno desdeñosamente; y sin embargo Aristóteles
preveía que "si cada herramienta pudiera ejecutar por sí misma su función
propia, como las obras maestras de Dédalo se movían por sí mismas, o como los
trípodes de Vulcano se ocupaban espontáneamente de su trabajo sagrado; si, por
ejemplo, las lanzaderas de los tejedores tejieran por sí mismas, el jefe del
taller ya no tendría necesidad de ayudantes, ni el amo de esclavos".
El
sueño de Aristóteles es nuestra realidad. Nuestras máquinas con aliento de
fuego, con miembros de acero, infatigables, con fecundidad maravillosa e
inagotable, desempeñan dócilmente ellas mismas su trabajo sagrado; y sin
embargo el genio de los grandes filósofos del capitalismo permanece dominado
por el prejuicio del trabajo asalariado, la peor de las esclavitudes. Todavía
no comprenden que la máquina es la redentora de la humanidad, el Dios que
liberará al hombre de las sórdidas artes y del trabajo asalariado, el Dios que
le dará el ocio y la libertad.
[Traducción:
María Celia Cotarelo]